Representación gráfica de una cabeza ansiosa

Seudónimo: Will Herondale

Representación gráfica de una cabeza ansiosa:

Mi cabeza está rodando.

            La gente mira al suelo y la observa rodar por el pavimento, algo que claramente yo no puedo hacer porque mis ojos están en mi cabeza que sigue girando, girando, girando. Incluso, lo único que logro observar es el cielo, luego la gente, y finalmente el suelo que me golpea, para después mirar el cielo una vez más; un ciclo que se repite hasta que dejo de girar.

            Las personas me miran con desagrado a causa de la grotesca desproporción que presenta mi cuerpo en estos momentos. Gracias a la vergüenza que me causa aquello, en mi caminar hay una encorvadura profunda y depresiva, por lo comienzo a mover mis piernas y mi torso y mi ombligo bien puesto, hasta que paro al lado de mí mismo y mis manos me toman por el pelo de mi coronilla.

            Continúo con mi caminar y acomodo mi cráneo entre mis manos para mirar al frente y no caer. Las personas solo se apartan y cuchichean:

            —¿Quién es ese?

            —¿Cómo puede permitir que algo así le suceda?

            —¡Qué asco! Ese hombre debería tener por lo menos un poco de tacto.

            Las lágrimas se agolpan en mis ojos con una violencia que incrementa poco a poco, pero decido continuar con mi camino sin tropezar. Empiezo a pensar, pensar, pensar; memorias, recuerdos, lluvias y huracanes. Algo malo me podría suceder, desde un secuestro a mano armada hasta la muerte inesperada.

            Quizá necesito ir al psicólogo. No, un psiquiatra sería más eficiente. ¿O simplemente un cirujano plástico? ¡Lo que sea que me ayude a acomodar mi cabeza de regreso en su lugar!

            Me dirijo a la biblioteca que se encuentra —sorprendentemente a mi favor— en la esquina de la cuadra en donde mis síntomas comenzaron a dar a la luz. Camino por la sección de “cabezas” abarrotada de gente con un montón de incógnitas, y encuentro un libro de un poeta llamado Charles Baudelaire.

            Entonces tomo asiento, dejo mi cabeza a un lado y hago el esfuerzo para leer bien por encima de mi propio hombro:

“Denso, hormiguean, así como un millón

              de helmintos,

un pueblo de Demonios hierve en

              nuestras cabezas,

y cuando respiramos, la Muerte

              a los pulmones

baja, río invisible, con apagadas quejas” (Baudelaire, 1999: 60)

Me conecto con el poeta incomprendido, y de pronto entiendo la naturaleza de mi caso: quizá no es que mi cabeza haya sufrido la mera y precisa subordinación de mi cuerpo, sino, más bien, que a causa de la locura, la ansiedad y las simples y bellas circunstancias de la vida, de la manera más mundana posible solo he perdido la cabeza.

Lista de Referencias:

            Bibliohemerografías:

Baudelaire, Ch. (1999). Cuadernos de un disconforme. Longseller.

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