Seiscientos Metros

Seudónimo: Sigismunda

Cierro los ojos para que todo lo de alrededor desaparezca. Me concentro en el ruido del agua que llena el tanque del escusado para no oír mis pensamientos. Ya con el tanque lleno, trato de enfocarme en algún otro sonido que irrumpa en mi habitación. No lo hay. Abro los ojos y me digo “estás sola, en tu casa, disfrútalo.” Nada. Vuelvo a jalar la palanca del escusado.

Llegar a su casa a respirar su enfermedad, la espera de su muerte, presenciar su deterioro, sus conductas autodestructivas, inyectarle esperanza, sonreír, es mi quehacer de cada día… bueno, de una parte de cada día, la otra es estar en casa recuperándome y preparándome para el día siguiente.

Entre mi casa y la suya hay seiscientos metros. Salgo de una y me dirijo a la otra. En el camino leo placas de coches y números de casas como una consigna, para no sentir el pesar, tanto de llegar como de irme. En su casa me enfrento a su muerte; en la mía a mi propia mortalidad. Ambas temidas y deseadas. Mes tras mes, este pasear se ha vuelto tan parte de mi vida que se me hace difícil distinguir entre la salud y la enfermedad, entre el deseo de vida y el de muerte.

Un día que parecía tan cotidiano como el resto, pasó lo que no sabía que tenía que pasar. Ese martes empezó igual que todos los días de la semana. Me despierto, y todavía con lagañas en los ojos voy a recoger el periódico. Lo leo de cabo a rabo, sin importar el tema. Me gustaría que tuviera más secciones para seguir leyendo hasta la hora de la comida. Pero hace dos años cambié la suscripción a éste por ser compacto. Ni modo. Llego a la última hoja, que invita a un destino turístico. Leo el anuncio atentamente como si nos fueran a revelar que la cura para cualquier Covid, el 19, el delta, el 24, el épsilon.

Prendo la cafetera y voy al baño. Es el momento más animado de mi día. Antes de empezar, siempre volteo al espejo y me digo con una sonrisa velada: qué patético. Mi reto es abrir la llave y bañarme con agua fría a toda prisa antes de que empiece a salir la caliente. Mi concentración y ahínco es casi igual que el de Michael Phelps cuando le dan la salida para ganar una presea. Bajo el chorro de agua mantengo el aire, todo mi cuerpo late al unísono con mi corazón. Estiro el brazo derecho abriendo los dedos para justo alcanzar el shampoo; empiezo a apretarlo con la fuerza justa para que al llegar mi brazo a la cabeza salga la cantidad precisa; dejo caer la botella para masajear mi cuero cabelludo.  De manera sincronizada el otro brazo llega al jabón que deslizo por axilas y entrepierna. Lo dejo caer, y, cuando termino a tiempo, me imagino el momento en que alzarán la bandera y todos cantaremos el himno, yo con lágrimas en los ojos. Patético, me vuelvo a decir. Cada día lo mismo… menos cuando despojarme de la ropa me angustia y decido no bañarme. El paso de la pijama a mi atuendo lo hago de tal forma que siempre una zona de mi cuerpo está cubierta.

Llego a la cocina, me sirvo café. Saco la papaya del refrigerador, la observo y la vuelvo a meter. No tengo hambre tan temprano. Me tomo el café absorta en… nada.

Salgo y camino los seiscientos metros. Traigo llaves de su casa, me las dieron cuando cumplí 18. El doble cerrojo está puesto, nadie ha salido ni entrado, y nadie saldrá ni entrará además de mí. Ya a manera de reflejo, una sonrisa se va esbozando en mi semblante, mis pasos se vuelven ligeros, juguetones. Hago mi entrada triunfal. Saludo fuerte y claro, con algún chistorete en el que va incluido mi nombre por si las dudas no me reconoce. Todo, queriendo purificar y alegrar el denso ambiente. No falla, siempre logra levantar lo suficiente la cabeza para enseñarme que le saqué una sonrisa. Menos hoy. Hoy no. Le canto y gesticulo “Esta mañana de paseo, con la gente me encontré, al lechero, al cartero, ... ¡Viva mi madre!, está dondequiera que voy…” Fui cantando más bajito y quise imaginarme un gesto apenas dibujado en su semblante. Nada. Último intento. Me acerco, le pido que me abrace, me dé mi beso, me bendiga. Nada. Es como abrazar un costal de puro hielo. Me dan náuseas y, mientras trato de tomar aire, oigo una voz ronca y cansada que dice “Ah, ya llegaste”. Respiro.

Me siento frente a ella y espero. Con las manos temblorosas toma la taza, con dificultad y una lentitud desesperante la lleva a sus labios. Los moja y después de lo que vivo como una eternidad, deja la taza. Logra alzar la cabeza. Sus ojos parecen de vidrio, su tez grisácea. Sin la dentadura, imagino su boca succionando sus labios. Esta vez no solamente eran los labios, también su mentón, sus carrillos, su nariz, todo parecía que iba siendo devorado. Me horrorizo.

Susurra “llévame al sillón”. Este ritual lo podría hacer con los ojos cerrados: un brazo para jalar la silla, levantarla y conducirla; en el otro la cobija, el cojín, el termómetro, el celular, su botella de agua y su analgésico. No le duele nada, nadie le habla y no tiene fiebre. Es por si las dudas. Pero esta vez me ordena “deja todo”. Trato de aligerar el ambiente preguntando “¿a ti también?” Voltea lentamente. Su mentón sobresale lo suficiente para que yo guarde silencio.

Con dificultades llegamos. Me inclino para ayudarle a sentarse y, cuando me voy a reincorporar, me agarra el brazo y con una fuerza insospechable me detiene, me jala hacia ella. Me asusto, me da miedo estar con esa mujer, su pestilencia, su aliento rancio a cigarro, su presencia depresiva, todo me aterra. Las cortinas siguen cerradas, la obscuridad, el olor a encierro me paralizan.

Siento que no corre el tiempo y que empiezo a entumirme. Trato de zafarme, pero mi madre ha sacado fuerzas de lo más profundo de ella, invencibles. En cambio yo… cada momento me voy sumiendo en un abismo, me falta el aire, quiero dejarme ir y morir.

Teniendo mi cara pegada a su boca, me dice con voz clara y fuerte “no me dejes seguir así... ya no puedo pasar otro día como el de ayer, ni como el de antier, ya... eso no es vivir. Tu vas y vienes, yo aquí.  No tengo con quién hablar.  Desde que tu papá murió... y no me digas que fue hace mucho, para mi él fue todo.  Debí haberme ido con él... pero no pude, dejarte a ti.  Es lo único que pido,  sí no cargas conmigo ni yo... así qué futuro tengo. Te estoy dejando sin vida. Me pesas. Lo que me pesa es mi aliento.” Toda su fuerza se esfumó y caí de peso completo sobre ella. Me quedo ahí.

Levanto mi cara tomando aire como si hubiera estado aguantándolo bajo el agua. La  dejo caer. ¿Entendí bien? ¿No estará drogada? ¿Ya se habrá despertado la cuidadora? ¿Se tomó sus medicinas? Parece que me quiere decir algo ¿o me lo imagino? Sostengo mi respiración para escuchar; ella hace lo mismo  ¿Quiere que la mate? ¿Sigue en pijama o la tendré que cambiar? ¿En dónde nos quedamos de la novela que le estoy leyendo? Jadea.  Libero el brazo aprisionado entre su espalda y el sillón, mientras con el otro trato de impulsarme para darle un poco de espacio. ¿Qué acabe con ella? Bueno, si es un tanto fastidiosa su vida, pero... Se me olvidó traerle helado para el postre. ¿Dejó testamento? ¿Iré a la cárcel? Espero no se me olvide pagar mi teléfono, y ¿dónde dejé mi celular?  Deslizo un brazo a la bolsa trasera de mi pantalón; el otro está entumecido. Vuelvo a caer sobre mi madre. Dejo salir un suspiro. Se escucha un eco. Me hace gracia.  Oigo algo. ¿Pasos? No logró girar lo suficiente para ver quién está. Ruido. Trato de dilucidar si es que la cuidadora jaló la palanca del escusado. De un momento a otro ya no oigo nada, ni mi propia respiración. ¿Cómo hacerle?  Seguro en el Internet vienen ideas, ¿sin dolor? ¿A qué doctor le pido el acta de defunción para que no me descubran? ¿Me estoy volviendo loca?

Inhalo profundo. El olor rancio de su ser me hace toser fuertemente. Se me aclara la mente: que se muera cuando le toque morirse. Cierro los ojos. Su imagen se me vine encima, acusándome, rogándome. Trato de moverme pero estoy más que entumida. “Ni madres”, digo en voz alta… “y punto”, y con la fuerza de la última palabra me levanto.  Fijo mi mirada en ella.

Se me va el aire. La había asfixiado.

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