Un café en el precipicio

Seudónimo: Borbollón

Después de llorar durante días, me lavé la cara y me fui a caminar a un parque, necesitaba sumergirme en colores más alegres, descartando el gris que había estado saboreando mi alma estos últimos momentos. Me sentía perdida en el sentido figurado y literal de la palabra; el mundo giraba ignorando mi tragedia, desconociendo lo difícil que me resultaba respirar, caminando a ciegas hacia la negra incertidumbre.

Recorrí las calles hasta que mis recuerdos chocaron con un Café a la orilla de una calle adoquinada, la calle “X”; las mesas y las sillas eran verdes; me senté en una mesa que daba a la calle a mirar las almas de la gente: alegres, enigmáticas, melancólicas, ocultas… Me acompañaba Soledad, tan íntima amiga, que conversábamos. El café caliente y de aroma intenso recorría mi sangre y enervaba mis ideas.

Voces agudas, voces graves, risas, carcajadas, cubiertos chocando, aromas de piel perfumada, besos en el aire, como el polvo de las hojas que levanta octubre, sueños que sofocan palabras que se oyen, pero no se escuchan. Sólo el grito pálido de la utopía anhelante, esa que se posa en el recuerdo. El recuerdo de su voz, de una presencia cada vez más ausente, mientras tomaba conciencia de que todo se había terminado, la desesperanza absoluta de una memoria sin cuerpo ni aroma; una angustia hirviente guarecía mis entrañas de todo temple. La melancolía se empoderaba sobre mis fuerzas, como si algo extraño me jalara hacia abajo para sacarme del mundo y enterrarme en un silencio mediocre e inconsistente, que se quedara tambaleando para siempre entre el bullicio y el silencio, en un limbo pernicioso e insipiente.

 Días enteros con dos mordidas de algo en el estómago, llamaban al sistema inmune a rescatar mis resquicios, las papilas gustativas sudaban el aroma de algún guiso de la mesa de junto, me decidí por unos bocadillos sin averiguar mucho de qué se trataban, avisándole al mesero que me trajera lo mismo que a los otros comensales. Cuando llegó mi platillo, en el paladar se me enredaba el placer de degustar; el exceso de condimentos me provocaba una sed desquiciante, bebí agua mineral con bastante hielo, cuando me interrumpieron unos deseos infinitos de recuperar mi energía, porque días antes me invadía la culpa, entonces había estado llorando hasta quebrarme, ayunando hasta que se me vieran los huesos y sintiendo un miedo despavorido a estar sola después de haber roto con aquella relación desmedidamente intensa, que se me antojaba infinita. Poco a poco el sufrimiento se iba alejando, mientras la indiferencia hacía su entrada triunfal, dando paso a la vida, a una nueva vida, mientras los ruidos exteriores se iban convirtiendo en palabras, los aromas tristes eran reconfortantes, los perros inmundos, seres tiernos y llenos de esperanza, mis pensamientos se acostumbraban al aburrimiento nostálgico, a la nostalgia aburrida y entonces comencé a respirar hondo, a sentir que despertaba de un tremendo letargo, sin importarme si el café estaba frío, si una paloma defecaba en un costado de la mesa. El cielo estaba nublado, mientras la gente me incluía otra vez en su escenario. La nueva yo, se acomodó en frente de mí, al lado de Soledad. Ahora éramos tres y discutíamos plácidamente, sólo esperaba que ellas supieran el camino a casa.

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