4 Colors

Seudónimo: Rose

Bajo las escaleras en silencio y solo veo pasar a gente a mi alrededor, no suelo ser de las personas que viajan en el metro, soy más conservadora. Con cada escalón que bajo siento más calor, escucho un zumbido en mis oídos por todo el ruido situado en este lugar, voy con mucha prisa ya que llego tarde a mi primer día de trabajo. 

            Paso mi ticket de viaje y me dirijo hacia el vagón que se acaba de parar frente a un grupo de personas, siento su mirada en mí pero no volteo a verlas, me adentro al vagón y me siento junto a una señora mayor de edad que está dormida. No puedo dar muchos detalles sobre el metro ya que tengo un trastorno que solo me deja ver cuatro colores: negro, blanco, gris y rojo. Es un caso único en el mundo, eso es lo que le dijeron los doctores a mi madre cuando era niña, tres días antes de morir. Y se preguntarán por qué, pero es algo que no pienso contarles porque lo descubrirán, o no. Ese es mi problema. 

            Hemos llegado a la parada Piccadilly Circus, avisó el conductor. Me levanto y salgo lo más rápido que puedo, pero al salir a la calle choco con un cuerpo robusto, grande y fuerte, haciendo que mis cosas se caigan al piso. No levanto la vista para verlo, recojo mis cosas y me pongo lista para seguir mi camino, pero al dar un paso siento el tacto de una mano fría que me aprieta fuertemente el brazo. 

            No seas cobarde y discúlpate, dijo una voz gruesa, grave y pesada detrás de mi espalda con un tono frío y enojado. Me doy la vuelta, levanto el mentón para enfrentarlo, es un hombre como ya lo describí: alto, de torso grueso, tiene la mandíbula marcada, el pelo largo y le cae sobre la frente, me observa con una mirada pesada e intimidante.

No tengo que disculparme si fuiste tú el que se metió en mi camino, contesto con algo de fastidio. El hombre no hace ningún gesto y no me suelta. Yo alcanzo a decir: ¡Tengo prisa!

¡Qué ridícula! bufó el hombre y me hizo rodar los ojos.

Ni hablemos de lo dramático que eres, le dije antes de intentar salir de su agarre. 

No tengo tiempo para tu show, contestó. Por fin me suelta, aunque ya se me había olvidado su fuerza. Veo mi brazo y la marca roja que dejó; no duele, pero no se siente como si nada hubiera pasado. 

No tengo tiempo que perder, checo nuevamente mi reloj y veo que ya es tarde, ya voy demasiado retrasada al primer día de trabajo, la primera impresión que voy a dar no será tan  buena como quería.

Espero a que las puertas del elevador se abran, y cuando lo hacen, éstas dejan ver un escritorio con letras rojas que dicen el nombre del periódico. Dos chicas están detrás de el letrero, echo un vistazo a la oficina. Una de las chicas nota mi presencia, pero no parece agradarle, me manda una sonrisa forzada. 

            ¿Amelia? pregunta la chica, asiento con la cabeza lentamente y ésta voltea a ver a la otra mujer. Sigue su camino a una oficina con una puerta de vidrio que no permite ver completamente lo que pasa dentro. La puerta se abre dejando ver a un hombre de espaldas viendo el paisaje.

“Amelia Anderson, llega tarde”. Lo puedo ver: es el mismo hombre del metro y sabe que lo reconozco porque también está sorprendido. No es una buena impresión insultar a tu nuevo jefe el primer día de tu nuevo trabajo. 

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