Alquimistas

Seudónimo: Broña

He tenido una vida con nada menos de lo que la sociedad considera necesario para llevar una existencia tranquila. Puedo decir que, de acuerdo a estas creencias, me he visto obligado a creer que no hay nada más que pueda necesitar.

Para que puedan entender el contexto de mis palabras, también deben saber que en general llevo una vida promedio. La mayoría de los hombres, con mis mismos privilegios, llamarían una vida decente, pero a decir verdad, no sé si consigo creerlo del todo. En este punto de mi vida ni siquiera yo soy capaz de saber cómo me siento acerca de la vida que llevo y creo que la mayoría de las personas se sentirán identificadas con mis palabras. Sólo me basta decir que es el vacío del sentido que no encontramos y que intentamos llenar con las acciones de nuestro día a día.

Puedo asegurar que no existe aquel que jamás haya temido el siquiera pensar que todo lo que ha creído y las bases de su vida no hayan sido más que un acto desesperado para encontrar el propósito que le falta a la humanidad. Sospecho que es eso lo que llevo a mi hermano a la muerte, aunque nunca me lo dijo con claridad que él estaba en busca de la serenidad y por tanto su felicidad, pero en la búsqueda de más, mi hermano lo perdió todo.

Hoy debo encarar uno de los grandes horrores que me ha perturbado a lo largo de mi vida, para así dar un claro ejemplo de cómo el oro hizo a un gran hombre caer desde la alta cima en la que el mismo oro lo colocó. Este relato comienza en un pasado cercano, me he convencido a mí mismo de olvidar la fecha de tan desafortunados acontecimientos, pero recuerdo los eventos con claridad. Mi hermano, o como el mundo lo conocía, Dupin, era un talentoso alquimista que, desafortunadamente, logró hacer cosas increíbles, era un hombre extremadamente sabio que, a su vez, poseía principios invaluables. Solía hablarme con gran entusiasmo acerca de sus logros y su fe en algún día encontrar la forma de hacer más oro.

Diecisiete años, eso fue lo que duró su ardua búsqueda, pero después de tantos años de investigación, Dupin ya era consciente e incluso había presenciado los horrores que el oro había causado y podría causar en un futuro. Si el mundo supiera la solución que un alquimista pasaba su carrera entera buscando, pero aún sabiendo lo cerca que estaba de encontrar el oro, Dupin no se detuvo. Para esto, he de decir que fue notable un cambio en el ser de mi hermano, se produjo durante sus años de búsqueda. Cada día parecía algo más distante y sabía cada vez menos de él, sus ojos se volvían oscuros y en ellos se reflejaba desesperación.

Unos meses antes de su desafortunada muerte, Dupin llegó a la casa con una enorme sonrisa, pero esta parecía forzada. Hermano, hoy por fin he encontrado el oro—. Fueron esas sus palabras. Me levanté de la silla en donde estaba posado y después de felicitarlo y sonreir lo abracé y él lo hizo de regreso.

Muéstrame dije con gran entusiasmo. Nos subimos a su coche, él manejaba, no paraba de hablar y de contarme de su trabajo. Llegamos al laboratorio de Dupin, era totalmente distinto a como yo lo recordaba. La última vez que lo visité, mi hermano tomó una cuchara en su escritorio. Lo recuerdo como si él siguiera vivo, procedió a tomar un gotero con un líquido que desataba un olor repugnante y con una sola gota que cayó sobre la cuchara, se empezó a tornar de arriba a abajo en un dorado puro. Mis ojos no podían creer lo que veían y una parte de mi aún no creía los hechos. Cuando la cuchara se hizo oró por completo, mi hermano me miró a los ojos. Lo hice, ¿no estás orgulloso de mí?.

Yo estaba atónito, tomé el oro y lo golpeé contra la mesa que era de mármol. Era oro puro, comencé a reír a carcajadas, ni siquiera yo era capaz de entender mi inusual actitud, pero deben entender la magnitud de los pasados acontecimientos antes de juzgarme. Supongo que mi ser simplemente no pudo procesar tan magnificas noticias.

Cometí un gran error, yo, completamente cegado por el posible futuro que el logro de mi hermano me encomendaba, tomé la cuchara de oro y sin decir una palabra me dirigí a la tienda de empeño más cercana. Detrás del mostrador de la tienda, que tenía un aspecto algo vieja e incluso lúgubre, se encontraba un anciano, mi cara se torno de absoluta felicidad al ver la suya llena de asombro, sabía que el precio que estaba dispuesto a pagar tenía que ser alto. El anciano alzó la mirada y cuando al fin se había decidido a abrir la boca, ambos escuchamos la campana en la puerta de la tienda y dirigimos la mirada hacia esta.

Era mi hermano, lo había dejado atrás. Entró para interrumpir mi felicidad, pues las siguientes palabras que salieron del anciano fueron estas: ¿Dupin? ¡Encontraste el oro!Mi hermano me miró a los ojos con gran decepción.

El anciano, que parecía dulce e indefenso, salió del mostrador. Estaba sentado en una silla de ruedas e inspiraba un profundo miedo.  Espero que no seas tacaño y le compartas un poco a un viejo amigo— y el anciano procedió a sonreír, pero en sus dientes viejos y ya marchitos podía ver colmillos afilados que parecieron aparecer en tan solo un instante.

Después de hacer una risa forzada, mi hermano se despidió del anciano cordialmente. Parecía preocupado, me tomó del brazo apresuradamente y jaló de él para marcharnos de la tienda.

Entendí lo que mi hermano temía, el anciano estiró su mano hasta abrir un cajón alargado en el mostrador, sacó una pistola, pero antes de que pudiera apretar el gatillo, mi hermano y yo estábamos ya dentro del coche. Dupin se apresuró en arrancar.

 —¡Rápido! dije histérico. El anciano, desde su silla de ruedas, le disparó al coche una y otra vez hasta que dimos la vuelta en una esquina y lo perdimos.

Existen pocas personas, que aunque no realmente preocupadas, en algún punto de su vida no se hayan parado a pensar en el peor resultado posible de una situación en la que están parados y hayan mirado a su alrededor en busca de una salida. Sólo por si acaso, este presentimiento pocas veces se marchita por completo, pero mientras el de otros disminuye, el mío sólo crecía a cada momento, desde el preciso instante en el que mi hermano entró por la puerta de la tienda hasta el día de su muerte.

Cuando llegamos a casa de Dupin, se apresuró a bajar del coche y de su cuarto tomó un maletín y alguna ropa que estaba ya empacada. Parecía que él estaba preparado para este momento desde un tiempo atrás. Yo estaba histérico, estuvimos a punto de morir hace unos minutos y ahora tenía miedo de perder a mi hermano, le reproché que todo había sido su culpa y le grité desesperado, pero contrario a mis expectativas, él no respondió a mis faltas.

Dupin me tomó de los hombros escúchame, escúchame dijo apretando los dientes, con los ojos bien abiertos y en un tono rígido, me sentí oprimido. No regreses a tu casa, hoy no, desde esta tarde me convertí en el objetivo de muchos hombres y debo escapar—.

En ese momento vi a mi hermano con otros ojos, me asustaba la idea de jamás haberlo conocido como creía, no se molestó en despedirse, salió por la puerta principal y escuché el motor del coche encenderse. De pronto me vi rodeado de dudas, todo había cambiado en una tarde  y la vida que creía estable de pronto estaba en riesgo de acabar. Hice lo que Dupin me dijo que hiciera y no volví a mi casa hasta dos días después, aunque fue difícil, segui con mi vida ignorando por completo la experiencia que había vivido.

Tiempo después, recibí una carta sellada con cera roja. Al abrirla, encontré una cuchara de oro con el nombre de Dupin grabado en ella, la misma cuchara que causó la muerte de un hombre que creía estar satisfecho respecto al estilo de vida que llevaba. Supe entonces que el cadáver de mi hermano yacía ya sin vida, pero su alma estaba muerta desde hace un largo tiempo. Y me lamenté por el hombre que había muerto, por no lograr saciar su idea de poder.

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