Azul Esperanza 

Seudónimo Sailor Scout

Déjà vu. Déjà su. Déjà vécu.

Ya visto. Ya conocido. Ya vivido.

Dicen que cuando vas a morir ves pasar toda tu vida ante tus ojos, momentos malos y buenos, recuerdas a las personas que influyeron en tu vida y a tus seres queridos; al final la vida siempre se acaba un segundo antes de que estés preparado. Ver todo tu vida funciona como un recordatorio de qué lograste y cómo viviste, al menos eso me pasó a mí.

Todos los que me rodeaban esperaban que triunfara en la vida, ser la número uno en mi carrera y la número uno en mi trabajo, tenía tanta presión sobre mis hombros que olvidé vivir por mi misma y comencé a vivir por los demás, solamente para satisfacerlos y que estuvieran orgullosos de mí. Mi vida estaba llena de problemas, problemas que sólo yo veía, era infeliz, pero cada día me obligaba a levantarme, poner una sonrisa falsa en mi cara y seguir como si todo estuviera bien. Hice esto durante años y nunca nadie notó que por dentro cada vez me rompía más y me iba olvidando de quién era.

Hoy me despidieron de mi trabajo, llegué a mi casa buscando consuelo y en cambio me recibieron con tal decepción, que sentí que me sofocaba, no podía respirar y salí corriendo buscando algo de aire, nadie vino detrás de mí.

Era una noche zurumbática, una de esas noches sombrías en las que no hay nadie afuera porque se siente un mal presagio en el aire; calles vacías, tiendas cerradas y bruma que no te deja ver dónde pisar. Corrí, intentando huir de mis problemas por no ser lo suficientemente fuerte para afrontarlos. Así, perdida en mis pensamientos, no vi a dónde me dirigía o dónde pisaba y de un momento a otro me encontraba cayendo en un hoyo oscuro y sin fin.

Sin dejar de caer, la oscuridad dio paso a la luz y me di cuenta que no estaba sola, estaba rodeada de libros, cientos de libros que caían conmigo, todos ellos de color negro. Tomé uno, lo abrí y comencé a leer: “Era mi 5o cumpleaños, mis padres me regalaron un kit de doctor y me dijeron que así podía empezar a practicar para la universidad, lo único que yo quería era una muñeca, pero cuando se los dije me mandaron a mi cuarto castigada con mi nuevo regalo”.

Cerré el libro de golpe, con el recuerdo todavía vívido ante mis ojos. Sobresaltada, intenté convencerme a mi misma que sólo era una coincidencia y así agarré un nuevo libro: “Tenía 10 años, mi sueño era ser diseñadora de modas, pero mis padres querían que fuera doctora y me habían comprado un microscopio, en vez de usarlo me pasaba las tardes dibujando atuendos extravagantes y escondiendo los bocetos debajo de mi cama. Un día llegué de la escuela y vi a mi madre con mis diseños, los estaba quemando, intenté arrebatárselos, pero me encerró en mi cuarto y me dijo que era por mi propio bien”.

Solté el libro y abrí otro: “Tenía 15 años, mi perrita acababa de morir, lloraba mientras veía cómo se la llevaban. Mi padre me agarró del brazo y me dijo que era un simple perro y que ya estaba lo suficientemente grande para seguir llorando. Esta vez yo solita me encerré en mi cuarto, sintiendo que nadie me entendía y que no pertenecía aquí”.

No sabía cuándo había empezado a llorar, pero entre más libros agarraba más desdichada me sentía. Toda mi vida me rodeaba en este momento, cada libro era un recuerdo y como el color lo decía, ninguno era bueno o feliz. Normalmente la mente deja marchar el pasado para hacer hueco al futuro, pero la mía no, yo vivía atrapada en el pasado y en lo que los demás soñaban para mí. Estaba rodeada de errores, errores que yo sola había cometido y estaba reviviendo cada uno de ellos; sumida en la desesperanza, dejé que los libros negros me consumieran y seguí cayendo.

No sé cuanto tiempo pasó, pero entre las nubes negras vi un pequeño libro a lo lejos, un libro de color azul, un rayo de esperanza. Me hice espacio moviendo los libros negros hasta poder alcanzar el pequeño azul, lo sostuve con cuidado esperando que de un momento a otro se deshiciera en mis manos y cuando estuve segura de que eso no iba a ocurrir lo abrí. La primera página tenía escrita una sola palabra: Deseo; con cuidado hojeé el resto de las hojas, estaban llenas de las ideas y deseos que alguna vez tuve en mi vida, todos los que tuve que someter y ocultar en el fondo de mi corazón. Alguna vez leí que las ideas son mucho más indómitas que los recuerdos, ya que anhelan y buscan formas de arraigarse en nosotros; este pequeño libro contenía mi corazón y esta vez no dejaría que se volviera a perder en mi interior.

En ese momento, con mis deseos en mis manos supe qué tenía que hacer, no puedo seguir huyendo de mis problemas, mi vida es mía y depende de mí, tengo que encontrar mi propio camino y seguir mis sueños, no los de los demás y si mi familia no puede aceptarlo, es su problema, ya que estoy cansada de vivir en la sombra de otros y ser alguien que no soy. Después de todo, la vida puede parecer muy larga a veces, pero se pasa volando y no hay que perderse ni un segundo.

¿Cómo puedo encontrar mi propio camino? ¿Cómo puedo formar mi propio futuro? Paso a paso y confiando en mí misma. Así es como dejé todas esas manchas negras atrás y comencé a subir, alejándome de una vida que no me pertenecía y acercándome a una segunda oportunidad, para volver a construir mi vida, pero dependiendo de una única persona, de mí; puede sonar algo egoísta, pero llega un momento en el que tienes que pensar por ti y seguir tu propio camino. Con una nueva esperanza creciendo en mi interior y lista para empezar mi vida, abrí los ojos.

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