Ciudad un millón

Seudónimo: El reloj

Ciudad un millón , una friolenta ciudad que se cree que no ha cambiado en miles de años, todos sus habitantes simplemente asumen que solo así es, siempre ha sido, y siempre lo será. Una larga calle, todo es color gris. A lo lejos de la calle se puede observar claramente un edificio color negro. Ciudad un millón, donde las emociones no existen. Donde la gente solo actúa por actuar. Porque claro, cuando la gente no siente absolutamente nada, no existen los errores, y donde no existen los errores todo es perfecto, y así de simple son las cosas. 

Toda está ciudad es mía. Mi nombre es Malcom Sydney  y esta ciudad es el mayor logro de mi vida. Cuando era niño era diferente, tenía un defecto cerebral que me hacía revolver las palabras cuando hablaba. Durante toda mi niñez era el niño tonto, que no sabia hacer nada, el diferente, el raro. Y en un mundo donde la sociedad te critica por todo lo que haces, ser diferente y raro nunca es bien visto. Yo vengo de una familia con dinero, mi padre era un gran empresario, que le importaba más su trabajo que yo, y a mi madre le encantaba presumir su dinero e ir al club de golf con sus amigas presumidas e arrogantes igual que ella. Nadie nunca tenía tiempo para mí. Y así fue el principio de mi vida. 

Conforme fui creciendo, mis padres siempre me dijeron que el dinero resuelve todo. Odiaba ser diferente, siempre gritaba y me repetía a mí mismo, que yo era un fracaso, que mi vida no tenía propósito, así que cuando llegaron mis 16 años, tomé el destino en mis propias manos y así fue que decidí matar a mis padres para heredar toda su fortuna.

Con todo este dinero, decidí pagarle a los mejores científicos del mundo para que creen una droga, un aparato, un algo, que haga que la gente deje de sentir, que no tenga emociones, que solo haga lo mismo todos los días, que deje de juzgar a la gente por todo. Este iba a ser el nuevo propósito de mi vida.

Dos años después tuve suerte, un científico alemán, descubrió un artefacto magnético, que utiliza ondas conectadas a una computadoras, que permitía que yo pudiera controlar a quien sea. Lo sé, suena descabellado, pero en poco tiempo sería realidad.

Mi ciudad a mis ojos, mirando a los miles ciudadanos que la habitan, haciendo siempre lo mismo, así se evitan los errores. 

Todo fluía perfecto, en el edificio color negro a lo largo de la calle es donde vivo, así puedo vigilar a todos y que todo esté en orden. Mi única preocupación era cuidar el artefacto que controlaba todo y checar que no le pase nada. Perfecto, no hay una mejor palabra para describir mi experiencia del momento. 

Así pasaban los años, cada día me deslumbraba más con esta bella ciudad, que había creado yo, desde cero. Pasaron 30 años, no había ninguna falla, el artefacto seguía funcionando. Pero después de tanto tiempo las cosas dejaron de funcionar como yo quisiera. Poco a poco, empecé a detectar pequeñas fallas en el sistema, al principio eran algo insignificantes como ciertos ciudadanos empezaban a parpadear cada 5 segundos en vez de 6 segundos.  Se podría pensar que esto no es nada, que no importa. Pasaron unos cuantos meses más, las fallas empezaron a escalar. Más personas comenzaron a actuar diferente, ya no solo a la hora de parpadear, sino que empezaron a hacer cosas diferentes, empezaron a pensar distinto.

Mi peor pesadilla estaba  a la puerta de mi casa, lo que nunca hubiera esperado que pasara. El maravilloso, poderoso e increíble artefacto había dejado de servir, ¿Será porque la mente humana habrá evolucionado?, ¿O simplemente estaba defectuoso y dejó de funcionar?. La verdad es que la respuesta nunca la sabré…

            La gente se empezó a dar cuenta de lo que yo había hecho con sus vidas, que el mundo y la manera de vivir no era la normal, que la gente tenía derecho a sentir emociones y disfrutar hacer lo que en realidad les gustaba. 

Y así como era de esperarse, me querían matar, la revolución en contra de su líder tan solo tardó unas cuantas horas en formarse.  Se podía observar a lo largo de la calle como la revolución adquiría poder, cada vez más gente llegaba con rabia y sed de venganza. Yo sentía una mezcla de emociones entre miedo y angustia. Entre más se acercaba la estampida de gente enojada, frustrada, rabiosa y furiosa, con hachas y fuego, mi corazón se aceleraba más y más.  Cuando finalmente estaban a centímetros del edificio. Mis opciones se limitaban, iba a morir, yo lo sabía. Poco a poco entendí que ellos tenían razón, yo merecía morir, yo lo sabía y ellos también. Así que tome la decisión de tirarme de la ventana más alta del edificio negro a lo alto de la calle. Y en cuestión de segundos, mi historia acabó.

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