Dile que me perdone

Seudónimo: Pleamar

DILE QUE ME PERDONE

Inocencio camina monte arriba. Mira hacia el horizonte. Todavía faltan unas horas para que amanezca. Hace frío. Se sube el cuello de la pelliza y esconde sus manos en los bolsillos. Le vendría bien una copita de aguardiente. No, hay que darse prisa; hay que ganar tiempo; ¿para qué?, para pensar, para que Jacinto escape… Se sienta en una roca. Lía un pitillo. Maldice. El pulso le tiembla. Apenas acierta a prender el mechero y encender el cigarro. No los ve, pero sabe que están ahí, observándolo, escondidos, agazapados entre los arbustos, armados, apuntándole en silencio. Aspira profundamente el humo. Los conoce; son vecinos suyos; algunos, incluso, viejos amigos. Igual que Jacinto, amigos de toda la vida, desde niños, y ahora… Aquí está él, Inocencio, el Nene, como todos le llaman, en medio de la encrucijada. El cigarrillo se va consumiendo entre los labios. Y todo por la maldita guerra. Todos parecen haberse vuelto locos. Hace ya varios meses que Franco se ha alzado con la victoria, pero algunos siguen con su guerra particular. Es el momento de las venganzas, de las persecuciones.

            Un cuerpo se asoma detrás del matorral; escopeta en mano, le hace señas de continuar adelante. Es Pepe; apenas el domingo han echado juntos la partida. Inocencio piensa en Gregoria, en los niños, y se levanta. Continúa la marcha.

            “Te lo dije, Jacinto, hablas demasiado, te estabas buscando un problema. Pero, pedazo de animal, a quién se le ocurre ponerse a gritar en medio del bar que si esto no va a durar mucho, que si Franco es un tal, que si el gobierno en el exilio prepara una ofensiva, que si lo sabías de buena tinta… Y, claro, sucedió lo que tenía que suceder. Si sólo estaban buscando una excusa para llevarte a dar el paseíllo. Filo, tu mujer, nos lo contó. Te fueron a buscar en medio de la noche, y tú, animal de bellota, los recibiste a balazo limpio. Aunque, la verdad, de obrar de otra manera ya estarías en el otro barrio. Pero, para lo que te sirvió… Tú, huido por el monte, y yo, aquí, dando vueltas para ganar tiempo. Si no fuera por Gregoria y los chicos, y el que viene en camino… La pobre se quedó allí, en la puerta, viendo cómo me traían para acá, a empujones. Seguramente, ya se cree viuda… Tal vez lo sea dentro de un rato. Esto es un callejón si salida: tu vida o la mía; tu familia o los míos. Pero por qué demonios tuviste que venir a decirme dónde te escondías. Todos saben que somos amigos, casi hermanos. Alguien te vio y se fue de la lengua. Si no le hubieras dado a don Casto, quizá todo se habría olvidado. No fue nada, apenas un rozón en el brazo. Pero, mira que acertarle justo a él, uña y carne con los de arriba, y con las ganas que te tenía…”

            Un ruido. Una voz que le avisa: “¡Eh, Nene, nada de juegos! Se nos acaba la paciencia. No trates de engañarnos o acabarás como Jacinto. Ya hemos tenido demasiadas consideraciones contigo.”

            La verdad, siempre se han portado bien con él. Todo el pueblo conoce sus “ideas”, un “rojo” como Jacinto, pero “buena persona”. Se lleva bien con todos. La mayoría le debe algún favor, de cuando la guerra: ¡Nene, un puñado de alubias! ¡Nene, unas patatas! ¡Nene, escóndeme al hijo! ¡Nene, esta carta para el otro lado! Además, él es del pueblo, no como Jacinto que es de El Encinar. A veces dos kilómetros es una distancia insalvable. “Mucha consideración, pero me sacan de la cama a punta de pistola. O entregas a Jacinto o te quedas en el monte bajo cualquier encina. Sabemos por dónde anda. Tú ve por delante, para que no desconfíe, me dijeron. Gregoria está de ocho meses y el mayor de los chicos tiene diez años. ¿Qué iba a hacer yo, Jacinto? Les hago falta. Tú sólo tienes un hijo y está grande. Yo tengo cuatro y el que viene en camino… ¡Por Dios, que se haya ido, que ya no esté ahí, que siguiera mi consejo!”

            Está amaneciendo. Suenan tiros en el monte. A Gregoria, el plato se le escurre entre las manos y se estrella en el suelo, haciéndose mil pedazos. Horas más tarde, Inocencio entra por la puerta. Parece más viejo. Sin decir nada, se sienta en la banca junto al fuego. Busca en el bolsillo de la pelliza. El tabaco y los papelillos se desparraman por el suelo. “Gregoria, vete donde la Filo. Llévale algo, garbanzos, patatas, no sé, lo que te parezca… Dile que aquí estamos, para lo que se le ofrezca… Y dile… y dile… que me perdone…”

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