«La corona roja”

Seudónimo: DAKA

N/A: Se recomienda la lectura de este cuento acompañado por el Concierto para violín de Mendelssohn en E menor, Op. 64.

La sombra morada de los candelabros en las paredes rígidas. El movimiento de las largas cortinas con la brisa de la cálida noche. El olor a comida que llenaría un millón de reinos. Los sirvientes moviéndose con delicadeza a medida. Todo comenzaba a juntarse a la perfección. Todo esa noche parecía planeado por centímetro. Al fin y al cabo, sí lo estaba y Alysa lo sentía con presencia.

Sentía la furia dentro de ella florecer como una sonata llegado a su clímax. La lucha dentro de ella parecía una tormenta; una tempestad que arrasa todo con fuerza indeseable. Alysa se escondía detrás de su liso y bello rostro, con su cabello trenzado con flores dentro, y su vestido. Su vestido verde esmeralda, con un movimiento impecable que parecía burlarse del esplendor de la noche. Sus ojos. Sus ojos cálidos color miel generalmente, lo decían todo. Ahora, una indignación dentro de ellos que reflejaban el esmeralda de su capa.

La consternación de esta noche había llegado al éxtasis de Alysa. Un sentido de calma la completaba al dejar que su mente viajara al pasado, y con tan sólo un respiro, una mirada, un olor, era traída de vuelta a la noche de hoy. A la desesperación, a la ansia, a la sensación de poder interminable. Poder. El poder de Alysa era una cosa por sí solo. Indeseable por cualquiera a su alrededor, y envidiado por todos aquellos que no conocían sus verdaderos colores. Contenía una fuerza dentro de sus miradas que mataba a todo aquel que residía del lado opuesto

a ella. Una mujer que todos querían tener dentro de su lado bueno. Nadie, absolutamente nadie, quería caer víctima de Alysa.

Caminando por los pasillos largos e interminables con una precisión y determinación vista solamente por arcos tensados. Sabía a lo que venía. Esperaba una guerra, la primera pieza en la batalla; y Alysa, esta vez, venía a ganar.

El trono ya era suyo. Aún así no lo era. Ya habían pasado 9 meses desde la muerte de la reina, sin embargo, todavía no había renacido nadie suficientemente apto y capacitado para poder tomar el puesto. Era evidente que Alysa sería la siguiente en la coronación; en especial por su fuerte temperamento y a pesar de su reputación de destrucción ante toda aquella amenaza. Lo que no sabían los demás, era su promesa a ella misma de no salir de la sala principal sin un nuevo título.

Alysa, una mujer noble y racional ante todo aquello que sabía respetarla; indigna y difícil para todos los que no.

Como la dama disciplinada y dedicada que era, entró con una presencia admirable a la sala principal. La ceremonia comenzaba. ¿A quién coronarían? Nadie lo sabía. Se movió con la sutileza de un león, manteniendo todos sus sentidos atentos para cualquier cambio de movimiento, olor o sonido que indicaría el comienzo de su plan. Y fue con el brillo del reflejo dorado que le robó su mirada y así de sencillo comenzó el desenlace. La corona brillaba como nada que Alysa había visto anteriormente; joyas en cada extremo que representaban con precisión las riquezas de las tierras que pisaban. Su mirada puesta en su objetivo, siguiendo la corona con toda su presencia, se le pasó por su enfoque la lisa espada que no brillaba tan cerca como la corona lo hacía.

Enemiga de todos, y heroína de los demás. Así fue como Alysa recibió su nuevo título en su admirada lápida.

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