La inundación

Seudónimo: G Ley

Cuando empezó a llover, subió el volumen de la televisión al máximo y resignado se dispuso a esperar los inevitables cortes de luz.

Media hora después, con el agua hasta las rodillas y alumbrado por dos velas, dejó de intentar subir el refrigerador a la mesa y en una mochila empezó a meter la computadora, teléfono, ropa y documentos personales.

A medianoche, en el techo de su vivienda, empapadas hasta las esperanzas, vació la mochila, metió a sus dos gatos, abrazó al perro, y vio cómo el agua sucia del drenaje iba cubriendo los lugares de sus peores recuerdos. Pensó en lo mucho que odiaba ese lugar y en lo extraño que era observar cómo desaparecía tan fácilmente.

Eran las tres de la mañana cuando una luz potente lo iluminó. Esperanzado, vio un ángel moreno y algo obeso, que colgado de un arnés desde un helicóptero, dejó caer una cuerda de rescate a su lado.

A la fuerza, embutió en la mochila al cachorro junto con los dos llorosos gatitos y con el corazón agradecido los observó elevarse hacia la vida.

Una ola gigantesca de mugre que avanzaba como un enorme monstruo furioso, lo sacó de su momento de ensueño.  Avanzaba devorando lo poco que quedaba: personas, casas, animalitos atrapados…

Alzó la cabeza y  miró la cara angustiada de su ángel moreno: hacía grandes esfuerzos por llegar a su lado, pero el fuerte viento, la lluvia, las ramas y objetos que lo golpeaban, lo hacían girar de una manera algo cómica sobre la cuerda.  Era muy difícil el descenso y no había manera de que los dos subieran. Fue entonces cuando vio claramente un destello del futuro: un ataúd cubierto con la bandera nacional; una viuda desconsolada y tres pequeños huérfanos que recibían lo suficiente para vivir con penurias el resto de su vida. Un representante delegacional exaltaba las virtudes de Ángel Gómez, valiente socorrista, muerto en acción intentando salvar a José Pérez, carterista de poca monta, recién liberado, que había perdido todo en la inundación.

Sabía lo que tenía que hacer.  Intentó distinguir a los tres seres que eran su corazón, pero sólo se oían sus chillidos.  Suspirando, hizo lo que nunca había podido hacer antes en su vida: sonrió a su bienhechor con el corazón lleno de paz.  Sacó una navaja del bolsillo y cortó la cuerda que le había lanzado el salvavidas.  Creyó percibir una mirada de remordimiento mezclada con gratitud en su desesperado salvador: nadie podría culparlo por no intentarlo. Después de gritarle un “!cuídalos por mí!”, se lanzó al agua donde desapareció en un instante.

Una semana después en una solitaria tumba anónima, nacía una pequeña flor amarilla. Detenido por una piedra, un recorte de periódico contaba la hazaña de Ángel Gómez cuyo arrojo durante el fatídico desbordamiento del río Lerma había salvado a ocho personas, dos gatos y un perro. El socorrista escribió “gracias” en la tierra fresca al tiempo que acariciaba a sus nuevas mascotas.

Más allá del cerro que se ve a la izquierda, los impasibles sobrevivientes removían las aguas negras convertidas en barro.  Con el corazón entumecido de impotencia buscaban los últimos vestigios útiles de su esfuerzo material ahora inútil. A lo lejos, ensopados pajarillos se calentaban bajo un sol brillante entonando algo que sonaba como una marcha fúnebre en su honor.

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