La libertad

Seudónimo: Stich

Cuatro paredes, las mismas cuatro paredes que veo cuando me despierto y cuando me voy a dormir. Las mismas que he visto tantos años que ya no me acuerdo de cómo es el mundo afuera.

            Una mañana estaba sentado en mi cama mirando la pared como cualquier otro día y de pronto escuché un golpe que provenía desde atrás de la pared. Inmediatamente después, un rayo de luz cruzó el cuarto. Me sentí intrigado sin saber de dónde venía.

            Busqué con la mirada por toda la habitación el posible origen de ese rayo de luz hasta que vi una grieta en la pared. Me acerqué a donde estaba y parecía que alguien la había hecho con un martillo o con algo parecido. Le di un golpe a la pared justo donde estaba la grieta y, para mi sorpresa, vi cómo la pared se desmoronó.

            De un momento a otro me encontré rodeado de árboles, un pequeño lago que se veía a lo lejos y la luz del sol brillando en mi cara. Esa luz que no veía desde hace tanto.

            Dudé por algunos minutos si debía dar un paso afuera de mi habitación pero finalmente lo hice. Sentí el pasto bajo mis pies porque estaba descalzo.

            Busqué con la mirada si había otra persona ahí. Tal vez la persona que rompió una de las paredes estaría cerca todavía. Pensé que no había nadie hasta que vi una silueta a lo lejos que estaba corriendo, no lo dudé y corrí hacia ella.

            Cuando ya la había perdido de vista por completo, al lado de un enorme árbol, reconocí la silueta. Era un niño pequeño, sentado a la orilla del lago. Me acerqué despacio y me senté a su lado.

—¿Tú rompiste la pared?— le pregunté —¿Me liberaste?

—Mejor dicho: tú lo hiciste, yo sólo te ayudé— me contestó.

—¿En dónde estoy?

—Una mejor pregunta es si te sientes feliz de estar aquí— Me dijo todavía sin voltear a verme.

—Claro que sí, ya soy libre.

—¿Estás seguro de eso?— Me dijo por fin viéndome a la cara,.

Yo no entendí muy bien lo que había dicho hasta que puse atención.

            Abrí los ojos y vi el techo que conocía muy bien, las mismas cuatro paredes, y entonces me sentí más encerrado que nunca.

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