La línea naranja

Seudónimo: M1K3

Por segunda vez esta semana se cayó un rascacielos aquí en la isla. Pero, además de todo el ruido y la destrucción, no importa mucho, no había nadie en el edificio… ni tampoco en el lugar donde cayó… y en realidad tampoco hay nadie en toda la isla. De hecho soy solo yo.

Mi nombre es Neviek. Aunque en realidad no me acuerdo de mi verdadero nombre, Nivek es el nombre que me puse a mi mismo. Lo saqué del “N3V13K” que aparece en la etiqueta de mi uniforme color gris, el cual de hecho es muy cómodo. ¿Uniforme? Sí, todos usamos uno. ¿Todos, no que vivías solo? O sea sí, digo usamos porque los esqueletos siguen con el suyo, ni modo que se lo vayan a quitar. ¿Esqueletos? Sí, la isla está repleta de esqueletos, sobre todo en el puente, detrás de la línea naranja. ¿Línea naranja? ¡A ver, déjenme terminar y luego les explico todo lo que quieran! Entonces… ¿En qué estaba? Ehhhh… ya no me acuerdo pero les explico… 

Un día me desperté en medio del asfalto de una calle, solo y sin acordarme de nada. A mi alrededor solo vi que la calle estaba vacía y que me rodeaban edificios muy altos. Me levanté y mi primer instinto fue buscar a alguien, pero solo encontré esqueletos. Bueno, esqueletos y comida, almacenes llenos de mucha comida. La mayoría empaquetada y congelada, pero la suficiente para mantenerse alimentado para… pues creo que para siempre. Seguí explorando y le di la vuelta a toda la ciudad. Quise darme un panorama mejor de donde estaba, así que subí a uno de los rascacielos. Y después de 104 infernales pisos de escaleras, llegué a la cima y me di cuenta de que estaba en una isla. Al oeste, agua. Al sur, agua. Al este, todavía más agua. Al norte, un puente que se extendía a lo lejos, pero el final no se podía ver. Había mucha neblina y ya estaba oscureciendo. Así que decidí esperar hasta el día siguiente para ir.

            En la mañana, bajé del edificio y recorrí las calles repletas de esqueletos y edificios hasta llegar al puente. Desde ahí se veía aún más largo. En el puente no había ni un solo esqueleto… curioso. Pero no le di muchas vueltas al asunto y empecé a caminar en dirección a la neblina. Tardé un buen rato en recorrer el puente, pero justo antes de llegar a la parte cubierta de bruma, la vi por primera vez. En medio del camino, pintada en el suelo, apareció una gruesa línea color naranja. Y detrás… cientos y cientos de esqueletos apilados, cantidades exageradas. Me paré ahí mismo y dejé de avanzar, aturdido. Me di cuenta de que en la línea naranja estaba escrito: “Prohibido cruzar, quedan advertidos”. Ahí entendí porque había tantos muertos de ese lado e inmediatamente después me di la vuelta y me alejé, regresando a la isla. Ya en la ciudad, me puse a revisar todas y cada una de las calles, todos y cada uno de los edificios, no encontré a nadie. Ahora sí tenía la certeza de que estaba solo.

 Con el tiempo me hice una especie de rutina. Mis días consisten en comer, pasear un rato, comer otra vez, visitar las playas rocosas, ir a los supermercados abandonados para correr con los carritos, subir a los departamentos más lujosos de la ciudad, ver colapsar a los edificios cuyos cimientos se habían debilitado, finalmente subo al edificio más alto de la ciudad, veo el atardecer y luego como por última vez. Un día, mientras paseaba por el único parque que hay en la isla, sentado con una pose bastante provocativa, en una de las bancas, fue que conocí a M1K3, o como a mi me gusta llamarlo, Mike. No no, no se emocionen, Mike también está muerto. Pero digamos que Mike, a diferencia de todos los otros esqueletos, tiene unos fenomenales lentes de sol. Se me hizo algo muy simpático, así que me senté junto a él y empezamos a platicar. «¿Qué tal tu día chico», dijo (o más bien dije haciéndome creer que él lo dijo). «Algo perturbador, me encontré pilas de muertos en un puente», dije. «¿Y por qué hay una pila de muertos en un puente?», continuó. «Al parecer porque cruzaron la línea naranja», le contesté. «¿Y si la cruzas para asegurarte de que así es?», habló (o más bien hablé) en un tono retador. «¡Ah pero por supuesto que no! ¿Estás loco? Me gusta mi vida. ¡Aquí tengo todo lo que necesito para sobrevivir!», dije y me fui.

Pasaron días, semanas, meses… y hace años que no he vuelto a hablar con Mike. Sigo con mi rutina, pero cada vez se pone más monótona. La he tratado de cambiar haciendo otras cosas, pero todo es muy aburrido. Pero el aburrimiento no es lo peor, es la soledad. Claro que desde el principio supe que estaba solo, pero es muy diferente saber algo que vivir o sentir algo. Y ahora sí me siento solo. No poder hablar con nadie ni tener esa interacción social que tanto necesitamos. Es cierto que en realidad nunca he hablado con nadie, pero no sé… siento que me gustaría hacerlo, aunque no hay mucho que pueda hacer. Todo esto lo pensé mientras miraba el atardecer desde la cima del rascacielos más alto, sintiendo las ráfagas de viento empujando mi cuerpo. Y fue entonces que, viendo el color anaranjado del sol, se me ocurrió que tal vez sí había algo que pudiera hacer.

«¿Entonces vas a cruzar la línea?», preguntó Mike. «No lo sé, tal vez muera», dije. «Para empezar, en la línea está escrito “no cruzar”, no dice “si cruzas te mueres”. Así que en realidad no estás seguro de que vayas a morir», contestó. «Sí, pero de todas formas, si cruzo la línea existe la posibilidad de que muera, no puedo ignorar el hecho de que haya tantos cadáveres ahí», dije. «Te recuerdo que aquí en la isla también hay un montón de cadáveres. Tanto los que cruzaron como los que se quedaron terminaron igual, no tienes nada que perder», dijo. «¡Puedo perder la vida si voy! Mientras que si me quedo aquí tengo todo lo que necesito para sobrevivir», le contesté. «Tú mismo lo dijiste: “sobrevivir”. Tienes comida, un techo, agua, con eso puedes sobrevivir. Pero no tienes familia, amigos, una novia, experiencias, aventuras, obstáculos, amor, felicidad, tristeza, enojo. Y todos esos no te hacen sobrevivir, te hacen vivir», dijo. «Pero sí tengo libertad», dije. «¡Claro que no! Justo si algo no tienes es libertad. Todo este alboroto es porque la línea naranja te la quitó toda. Si acaso tienes algo, es miedo», continuó. «Pues sí, miedo a morir… No sé si valga la pena». La conversación se detuvo por unos instantes hasta que Mike volvió a hablar. «Chico… yo que ya estoy muerto te puedo decir una cosa: hay destinos peores que la muerte. Y tu bien sabes que ese miedo que sientes es porque, muy en el fondo, quieres y tienes cruzar esa línea. Porque si hay una pequeña oportunidad de que cruzando el puente se encuentre ese mundo que tanto ansías, entonces vale la pena. ¡Lo que sí no vale la pena es vivir sin libertad!». «En verdad no quiero terminar como tú», dije. «Con todo respeto, así como están las cosas, yo estoy más vivo que tú muchacho. Así que, ¿Quieres seguir viviendo como muerto o morir vivo?». «No lo haré», dije tratando de negar lo inevitable. «Chico, si no lo fueras a hacer, no estaríamos teniendo esta discusión contigo mismo». «Tengo miedo», contesté temblando. «No se trata de no tener miedo, se trata de enfrentarlo». Otra vez nos quedamos en silencio, viendo como finalmente las últimas luces del día desaparecían por completo, empezó a llover. Entonces fue que Mike me habló por última vez: «Es hora de que te vayas. Pero antes déjame darte algo. Si te vas a ir, que sea con estilo…»

Cuando llegué al puente la lluvia se puso mucho más intensa. No se podía ver muy bien con la poca luz amarillenta que emitían las farolas a los lados del puente. Finalmente llegué, ahí estaba la línea. Me detuve justo frente a ella, pero sin cruzarla. Todo empapado, miré hacia el frente y luego miré hacia arriba, las gotas me golpearon la cara. Finalmente miré una vez más al frente, pero no hacia atrás.”Si te vas a ir, que sea con estilo”, recordé las palabras de Mike. Así que, mientras caían los relámpagos y se oían los truenos, me puse sus fenomenales lentes de sol y caminé…

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