La princesa especial

Pseudónimo: Doyle

En un reino muy lejano había una joven llamada Roja que era la reina del Reino Rojo y le encantaba todo lo que fuera del color rojo, así que siempre llevaba un vestido rojo, con una corona roja, con todas las joyas rojas: anillos, aretes, collares, pulseras y lo más importante de todo una caperuza. Gracias a eso le decían la Reina Roja. También tenía un anillo rojo que hacía que todo el reino siempre estuviera en paz y armonía, y viviera feliz.

En su cumpleaños y otras ocasiones le regalaban manzanas rojas, rosas rojas, peluches rojos y muchas otras cosas que nadie, ni siquiera la propia Roja, puede recordar. En ocasiones importantes prendían grandes antorchas a los alrededores de la ciudad con fuego rojo.

Roja tenía una hija llamada Alex, que tenía trece años. Para Roja, Alex era una niña muy afortunada que tenía todo lo que ella quisiera. Tenía seis mascotas, una araña, dos perros, tres gatos, todos de color rojo. La vida de Alex era igual que cualquiera (cualquier otra princesa, claro). En las mañanas tenía cuatro doncellas que la atendían. Una le traía el desayuno, siempre lo que ella quisiera, a veces waffles, a veces crepas. Una le escogía la ropa y si no le gustaba se la volvían a escoger cuantas veces fuera necesario. Su ropa favorita siempre le quedaba bien, aunque no fuera de su talla. Una la peinaba pero no como ella quisiera y siempre discutían, y la última le hacía las tareas. Después de alistarse para ir a la escuela, se subía a su carruaje tirado por los cuatro caballos más majestuosos del reino y se dirigía a la escuela. En la tarde jugaba con sus amigos en algún castillo vecino o a veces el suyo propio.

Alex quería el anillo de su mamá, que sabía que heredaría  cuando fuera mayor.  Una mañana, Ana, la doncella que la peinaba y se quejaba de su pelo enredado, desapareció y nadie supo por qué o cuándo pasó.

Su mamá siempre salía del castillo de once a tres a visitar el reino y Alex se iba a la escuela a las nueve y regresaba al castillo a las cuatro, pero ese día le había salido todo mal. Su araña se le escapó cuando le daba de desayunar y su mamá estaba de malas porque se le había olvidado dónde estaba su anillo. Alex sabía como todo el resto del palacio, que estaba en su buró, en la caja especial del anillo. En la escuela se peleó con sus amigos porque su vestido no era del mismo color que el de ellas, así que había regresado antes a su castillo y subió muy enojada a su cuarto dando un portazo. Impaciente, se asomó por la ventana muy indignada y entonces vio a alguien intentando entrar. Se asustó y sabía que no había nadie en el castillo más que ella y entonces se acordó del anillo de su mamá. Supuso que por eso esa persona intentaba entrar y que no había nadie en el castillo. Siendo la única que podía detener al intruso, debía actuar, pero en cuanto abrió la puerta se desmayó.

Cuando despertó le contaron que el ladrón se había atorado con algo y no se podía mover. Era una telaraña gigante, pegajosa y roja. En el jardín había unas pisadas gigantes de ocho patas. Alex al instante se dio cuenta de qué había pasado, había usado un poder secreto que tenía desde su  nacimiento, que le permitía agrandar y achicar las cosas.  Así había hecho que su doncella, Ana, desapareciera, achicándola al tamaño de una hormiga, y que su ropa favorita le quedara durante años, y que su araña que había escapado se hiciera gigante y atraparon al ladrón con su telaraña. 

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