Mattias y el misterio del señor de los hexágonos

Seudónimo: Glotis

¡Oye, tú! Sí, te hablo a ti. Soy Mattías con doble “T”. Espero que estés listo para que te cuente una de mis grandiosas y divertidas historias. Pero antes de empezar me voy a presentar, ya me conoces, al menos por mi nombre, me llamo Mattías (recuerda que es con doble “T”, odio que lo pongan con una. Me enojo tanto que dentro de mí explotó).

Cuando mis papás se van de viaje y me dejan en casa de mis abuelos, hago muchas travesuras.  Una de ellas fue cuando le puse al salero azúcar en vez de sal, y mi abuelo no sabía porque su spaghetti a la bolognesa, cada vez sabía más dulce. Tengo un don, tengo el sentido del olfato y del gusto muy desarrollados, puede oler cuando están cocinando un pastel, o saber que va a hacer mi mamá de comer. Hasta sé cuando se aproxima una tormenta y cuanto va a durar. 

Por fin había llegado el día, ¡ya era verano! El último día de escuela había terminado, no más tareas, no más exámenes, ¡era el mejor día del año! Un mes entero de vacaciones, acababa de empezar. La única tarea que me quedaba pendiente era comer.

¿Sabías que yo recolecto latas?  Es más por mi seguridad.  Siempre se me olvida donde se encuentra mi casa, entonces cada lata que voy recolectando se la amarro a mi triciclo.  Y así es como mi mamá siempre me encuentra y sabe dónde estoy.  En una ocasión, me fui muy muy lejos a un lugar que nunca antes había visitado.  Era algo parecido a un paraíso.  En este lugar había árboles de una forma extraña que pensaba reconocer, pero no me acordaba dónde los había visto antes. 

Sabía que se aproximaba una tormenta, pero esta tormenta iba a ser diferente.  Tenía curiosidad y un poco de miedo, pues nunca había pasado algo así.  Esperé bastantes horas, y mientras pasaba el tiempo, se empezó a enfriar el lugar.  Me empecé a preocupar. Como era verano traía shorts y me estaba congelando. Ay, ¿qué pasa? Empezó a nevar.  Seguro pensarás que era una nevada normal, pero no. Era una nieve morada. Sabía delicioso. Como un raspado de uva.

Luego me di cuenta de que ¡era un paraíso de dulces! Los árboles sabían a algodón de azúcar de diferentes sabores, la tierra era pastel de chocolate, las piedras eran gomitas y las flores eran caramelos de colores ¡era el mejor día de mi vida! 

Me quedé ahí hasta que me empalaga y manejé mi triciclo a toda velocidad a casa de Diego para contarle todo.  Diego no lo podía creer, seguramente pensaba que era una de mis golosas fantasías.   A la semana siguiente, convencí a Diego de que vaya, pero para mi sorpresa se encontró con un lugar común y corriente, no había nada de lo que le había contado.  En ese momento supe que yo era especial y era el único que podía entrar a este paraíso.

Otro día de verano.  Después de todo el día de jugar con Diego, llegó la hora de irme a bañar, después a cenar y finalmente a dormir.  Cuando acabé de cenar un delicioso pan francés con mucha miel, estaba muy cansado pues ya no aguantaba mis pies después de todo el día estar corriendo, así que me fui a dormir. 

¡Ay, qué miedo!  ¿Qué se escucha?  Era un ruido que venía del ático.  Saqué mis M&M`s del cajón de mi buró, y me los empecé a comer (entenderán que los M&M´s ayudan a tranquilizarme). Temblando de miedo subí a ver qué pasaba. Obviamente me llevé mis chocolates.

A la mañana siguiente ya era hora de que mis papás se vayan a trabajar, y de que empiece a buscar pistas.  Abrí los álbumes de mi familia.  De repente cayó una foto al piso, ¡era el mismo hombre del cuadro!  Él estaba enfrente de una casa. ¡Era la casa abandonada en el número 666 de la Sexta Avenida, una cuadra después del departamento de la señora Thompson!  Empaqué en mi mochila de Cars, unos M&M`S por si me ponía nervioso, mis palomitas de queso naranja (porque era jueves) y un par de cosas más.   Me subí a mi triciclo y rápidamente manejé hacia allá.

El lugar era escalofriante.  Justo antes de entrar, había unas escaleras en forma de hexágono. Espera un momento ¡acabo de encontrar una pista!: en la foto, el señor traía un sweater con hexágonos y las escaleras de su casa son de hexágonos… ¡A este hombre le encantan los hexágonos!  Entré a la casa y de repente otra foto cayó en mis manos.  En la parte de atrás decía una fecha: 6 de junio de 2020, justo la fecha de hoy ¿por qué dirá la fecha de hoy?

 ¡Ay no!, ¿dónde está el libro? Está ahí flotando ¡qué miedo! Comencé a comerme mis M&M`s mientras perseguía al libro. Hasta que lo atrapé. Frente a mi estaba la persona del cuadro, era un fantasma con pantalones de hexágonos.

-Soy tu abuelo. Llevo muchos años preparando esto para ti- me dijo.

- ¿Preparando qué?- pregunté.  -Este mismo día hace veinte años, fallecí en un accidente dejando a tu papá de trece años. Siempre quise volver a ver este libro. Yo provoqué todo: asusté al perro para que tirara la caja, para que encontrara el libro y de paso mi foto, y así pudieras llegar a mi-. - ¿Por qué te gustan tanto los hexágonos?- le pregunté. -Porque mi número de la suerte es el seis, el hexágono tiene seis lados y por eso vivo en la casa 666 de la Sexta avenida. Pero lo más importante es que te conocí, porque para mi era muy importante conocer a mi nieto. Pero volvamos al tema, necesito ese libro. Se que no me lo vas a negar, es un favor de nieto a abuelo- terminó diciendo. - ¡Ah no! Ahora es mío, así que no te lo voy a dar- le dije a regañadientes. -Por favor Mattías, te lo ruego- dijo el fantasma que decía ser mi abuelo. - ¡No! - grité. -Pues me harás quitártelo por las malas- me dijo. - ¡No te lo daré! - contesté mientras se me llenaban los ojos de lágrimas.

El papá de mi papá me lo quitó y desapareció.    Me quedé parado sin saber qué hacer.  Agarré mis cosas y salí corriendo de la casa aterrorizado.  Tenía que encontrar a mi papá para contarle lo que acababa de suceder.

Salí corriendo de la casa abandonada y me tropecé de los nervios. Me di un golpe en la frente que hasta me sentí mareado.  No estuvo tan grave pero igual no pude aguantar las lágrimas.  Seguí corriendo pues tenía que encontrar a mi papá.  Pasé velozmente frente a la casa del Sr. Michaels, que estaba recogiendo el periódico, pisé un charco y lo empapé.

-¡Mattías!- gritó. - Lo siento Sr. Michaels, fue un accidente- le grité de vuelta mientras corría. Al llegar a mi casa busqué a mi papá por toda mi casa.  Pensé que también había desaparecido, pero me acordé de que seguramente seguía trabajando.  Sentía la cara mojada, pensé que era sudor, pero cuando pasé por delante del espejo del cuarto de mis papás vi la sangre que escurría de mi frente.  Era una cicatriz que se me iba a quedar marcada de por vida. Cuando llegó mi papá le platiqué todo, le platiqué sobre el ático, sobre la casa abandonada, sobre el extraño libro que encontré y sobre el que se decía ser mi abuelo, pero él no me creyó. 

Ya tenía el libro, ¿no me podía dejar en paz? Inmediatamente podía sentir su presencia.  ¿Sabes por qué yo lo podía reconocer y mi papá no? Una noche de tormenta, mientras estaba comiendo unos Cheetos, alguien me tomó del hombro. Pensé que era uno de mis papás y me asusté porque si me cachan comiendo porquerías en la noche me castigan horrible.  Cuando volteé era mi abuelo, me pregunté qué quería.

- Hola, Mattías perdón por lo que pasó hace unos días en la casa.  Yo no quería asustarte- Me dijo. - Descuida me puse a pensar y me di cuenta de que sólo querías el libro, no es gran cosa- contesté. - Te quiero contar la razón por la que te he estado buscando todo este tiempo.  El libro que encontraste en el ático contiene la historia de tu familia, las recetas mágicas de la abuela y un listado de lugares especiales escondidos en la ciudad, como lo es el paraíso de los dulces.  Me costó mucho trabajo haberte llevado ahí la primera vez.  Siempre estaré en esos lugares, pero me tendrás que encontrar.  Habrán veces que no me encuentres, pero sabes que estaré ahí. - Gracias por haberme guiado hasta el libro.  Seguramente viviremos muchas aventuras- le dije. - Sólo te pido que sea un secreto entre tú y yo…- me pidió mi abuelo. - Te prometo que no le contaré ni a Diego, ni a Olivia, ni a mi papá.  Será nuestro secreto- cerré el pacto. En ese instante mi abuelo desapareció, pues sabía que ya estaba cansado y me quería dormir. 

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