Un crimen Infinito

Seudónimo: Hermenegildo Villalobos.

¿Díganos, qué fue lo que vio usted exactamente?

Yo veía a la mujer, estaba perdida, era su expresión facial una que no había visto en toda mi carrera, esa mujer estaba verdaderamente trastornada. Mientras yo la interrogaba, sus ojos se perdían lentamente en el horizonte, como si pudiera ver algo en otra dimensión, algo fuera de este mundo. Me costaba mucho entender, y me preguntaba, ¿Qué vio esta mujer? ¿Qué es tan poderoso para dejar a un individuo tan perplejo?

La estaba perdiendo, mientras más preguntas le hacía, más se alejaba de la realidad, fuera como si se congelara, y no había forma de regresar. Salí del cuarto y dejé que ella tuviera un momento para reaccionar, para regresar. Yo la podía ver desde el otro lado del espejo, pero ella únicamente podía ver su reflejo. Fue en ese momento cuando me di cuenta que se estaba perdiendo en su propio reflejo, que se estaba embriagando de confusión en el reflejo de sus ojos. Caminé deprisa una vez más hacia el cuarto, pero cuando entré, ya se había desmayado.

Las ambulancias llegaron rápidamente a la estación de policía.

Todavía no tenía evidencia, necesitaba regresar a la escena del crimen, a esa vieja capilla que generaba tantas malas memorias de mi infancia. Fue gracias a esa vieja capilla, y a las escenas que viví ahí, por las cuales fui a terapia durante 20 años, y muy probablemente también por lo que me volví detective. No me malentiendan, me encanta mi trabajo, sin embargo, no olvido las imágenes de esa fría y oscura capilla. Nada más de pensar en lo que yo vi con mis propios ojos en ese lugar, se me pone la piel de gallina, lo más curioso, es que todavía no sé si entiendo lo que ocurrió ese día. No tenía de otra, necesitaba regresar y así lo hice.

Ahí estaba, parado frente a esta imponente y oscura capilla, a la mitad del bosque. Había un silencio total, repentinamente podías escuchar a cierto tipo de animales salvajes, lo que era aterrador. Abrí la enorme puerta de madera que chillaba mientras más la empujaba, caminé sobre los añejos trozos de madera que rechinaban aún más que la misma puerta. Podía ver todos los ornamentos que estaban completamente oxidados con el paso del tiempo, y claro, seguía ahí, la marca del collar de mi madre cuando la azotaron contra el altar. Esa fue la última vez que la vi, y nunca volví a escuchar de ella. Recuerdo ese día como si hubiera sido ayer. No podía dejar de pensar en esa horrible y traumática noche. La noche que marcó mi vida en tantos sentidos; fue esa noche la que determinó mi trabajo, mi pensamiento, mis acciones, y lo más importante, mi familia.
Una lágrima solitaria, abandonó mi ojo. Y después otra. Y una más. Ya era un llanto ahogado en lo que estaba para este momento, no podía parar. Ya no quedaba silla en la que pudiera sentarme para tomar un descanso de mi estrés y frustración, todas

estaban tan viejas y rotas que no me hubieran aguantado. Me limpié los ojos con la manga de mi chamarra, y vi borrosamente el confesionario. Caminé lentamente hacia allá, escuchando cómo rechinaba la madera en cada movimiento que hacía, finalmente me senté rodeado de paredes. Creo que ese confesionario era lo único que se conservó de toda la iglesia, la única reliquia que aún perduraba. Me acordé, que estaba en ese preciso lugar antes del caos en esa noche lejana. Deslicé mi mano por la tabla de madera que tenía enfrente. Un sonido me interrumpió. Ya no era el único en la capilla, tenía compañía. Lentamente acerqué mi mano a mi arma, la traté de sacar sin hacer un solo ruido, abrí la puerta y apunté. Quedé boquiabierto, mis pupilas se dilataron con rapidez, estaba mi madre parada en frente de mí. Corrí a darle un abrazo.

En el momento que hice contacto con ella, escuché un sonido inolvidable, un sonido que nada más había escuchado una vez y esperé no escucharlo otra vez. Volteé hacia el altar, y la marca del collar de mi madre ya no estaba. Traté de salir corriendo, tomé la mano de mi madre y le dije que teníamos que salir de ahí inmediatamente. Ella no entendía, sin embargo no se rehusaba a seguir mis pasos. Levanté la cabeza y traté de encontrar la salida más cercana a nosotros que no sea la puerta, ya que el sonido provenía de ahí. Localicé la puerta más cercana y corrí hacia ella jalando de la mano de mi madre, la abrí con rapidez y brinqué hacia afuera. Mi madre no podía salir, era un umbral, el cual no dejaba que ella saliera. Era como una pared imaginaria que la atrapaba dentro de la capilla. Entré y la traté de jalar de nuevo. Yo podía salir y entrar, sin embargo cuando jalaba a mi madre, chocaba con esta pared imaginaria y pareciera que le dolía. No había forma de sacarla. Así que corrí por afuera a encontrar otra

puerta. Después de unos minutos encontré otra salida. Le grité a mi madre que venga, corrió apresurada hacia mí, pero una vez más cuando intentó salir, no fue posible. Estaba desesperado, no sabía qué hacer. Cogí un pedazo de metal que había afuera y lo empecé a golpear contra la pared. Una vez que había hecho un hoyo, le dije a mi madre que intentara sacar su mano, y una última vez, no pudo.

De repente me sentí mareado, veía ya todo muy borroso, y me desmayé.

¿Díganos, qué fue lo que vio usted exactamente?

Yo veía a la mujer, estaba perdida, era su expresión facial una que no había visto en toda mi carrera, esa mujer estaba verdaderamente trastornada.

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