El misterio de la cabaña

Seudónimo: Packer         

Una tarde de otoño de 1953, soplaba el viento, las hojas de los árboles caían, hacían ruido y se revoloteaban en la tierra seca. Nimbus pasaba por ahí cuando de pronto escuchó un crujir proveniente de un metal, volteó a su alrededor, pero no encontraba nada, continuó su camino hasta descubrir una pequeña cabaña. Era de madera de cedro, vieja, su olor era penetrante y los cristales de las ventanas estaban rotos; la rodeó para intentar descubrir el origen de ese zumbido que cobraba su atención. Una veleta, oxidada en la teja, tenía destruida el clásico gallo que la caracterizaba, giraba de manera constante. Las botas de lluvia que traía Nimbus eran color amarillo, sucias de lodo, desgastadas de la punta, eran talla 23 y medio, su pantalón de mezclilla tenía unos orificios que se le habían hecho un día que jugaba en el bosque y cayó a un acantilado. En el quinto bolsillo de su vaquero, guardaba un reloj antiguo que su abuelo le había regalado. Siempre le decía que en el año de 1880 se había creado ese quinto bolsillo para que los mineros guardaran ahí su reloj. Sacando la antigüedad, se dio cuenta que ésta desprendía una luz luminiscente en tonos azules, muy brillantes y las manecillas giraban sin encontrar un punto estático. El chico no sabía si sostener el reloj en su mano o volverlo a poner en su sitio. Ya pasaban de las 6 de la tarde y Nimbus emprendió su regreso a casa. Con un poco de lluvia en su impermeable finalmente llegó y de inmediato subió a su dormitorio. En el cajón izquierdo de su escritorio guardaba hojas y lápices. Sacó una hoja y un lápiz 2B. Intentó recrear su inusual experiencia en el papel, su dibujo de la cabaña era casi real. Alrededor de las 9 de la noche, se recostó en su cama y recreaba en su mente las escenas vividas en el día. Pensaba si sería bueno volver al día siguiente o no. Finalmente, concilió el sueño. Los árboles se movían por el intenso viento de la noche, las ramas golpeaban las ventanas y las hojas volaban como si tuviesen alas creando círculos a un metro de distancia del pavimento; las estrellas se veían, iluminaban la noche, permitían un descanso confortable. Al sonido de los pájaros al amanecer, el chico despertó con mucha prisa queriendo regresar al bosque y volver a la cabaña, a ver si en esta ocasión tenía la oportunidad de ingresar. Rápidamente se puso unos vaqueros que sacó del armario, una camisa de franela a cuadros y sus botas de lluvia amarillas sobre los calcetines, quiso cubrir de inmediato el orificio que permitía lucir su dedo pulgar. Emprendiendo su camino a la cabaña, pensaba si sería posible que entre el reloj y la cabaña existiera algún tipo de relación o vínculo. La penumbra caía sobre la cabaña dejando visibles las gotas de rocío que habían caído al amanecer. En cuanto Nimbus se acercó a la puerta, sin abrirla aún, su reloj desprendió nuevamente la misma luz luminiscente azulada como el día anterior, conforme más se acercaba, las manecillas giraban tan rápido que parecía que escaparían del aparato. Se abrió la puerta antes de que el chico lo intentara hacer, el rechinido lo ensordeció por un momento. Decidió entrar y poner un pie del otro lado de la cabaña, sintió un ambiente tranquilo, de paz y decidió cruzar la puerta. Las paredes, cubiertas de polvo, apenas dejaban lucir las fotografías soportadas por marcos opacados por la suciedad. Recorriendo las paredes con su mirada, logró contemplar las imágenes que tanto llamaron su atención, fotos de su abuelo; continuó su recorrido y vio un reposet de tela, verde oscuro, a un costado había una mesita de noche, decidió sentarse y colocar el reloj antiguo en ella para que alumbrara un poco con su luz luminiscente. Un marco de latón revelaba una fotografía de su abuelo junto con un científico muy importante, Tesla. De pronto, la luz del reloj se tornó verde, Nimbus, sorprendido sabía que algo había ahí. Recorrió toda la cabaña, no encontró nada más, pensaba ya en regresar a su casa y de camino a la puerta, vio que, en el piso de madera, había una irregularidad. Se acercó para revisar bien y se dio cuenta que era una puerta secreta, había un sótano oculto en la pequeña cabaña. Mientras bajaba las escaleras, pensaba en su abuelo, en las pocas historias que su madre le había narrado, en que no sabía a profundidad qué había hecho el abuelo y por qué vivió ahí prácticamente solo. Llegando al sótano misterioso, la luz que irradiaba el reloj de Nimbus era sumamente poderosa, muy deslumbrante, iluminaba todo el sótano, las manecillas se tranquilizaron, quedaron en la posición de 12 y 3, estáticas; el chico pensaba ¿por qué estará ocurriendo esto?, se sentó un momento en el piso tratando de resolver esa gran duda. De pronto, abrió los ojos, como si se le hubiese ocurrido algo y dijo en voz alta, ¿será que las manecillas se detuvieron tratando de indicarme algo?, ¿podrán ser unas flechas?, sí, efectivamente las manecillas eran flechas, pero ¿estarán apuntando una dirección? Se paró en el punto medio sur de la cabaña, sacó su antigüedad, la miró y trató de dirigir sus ojos a esa dirección. Efectivamente, había algo. Caminó hacia un bulto, grande, cubierto con una sábana blanca. Sus piernas temblaban, tenía un sentimiento entre emoción y nervio. Notó que el reloj se comportaba de esa manera ya que recibía una carga eléctrica por medio de inducción, pero ¿qué había bajo la sábana? Una máquina tubular, la parte que soportaba el tubo era metálico y el tubo transparente, posicionado de manera horizontal; en momentos, desprendía la misma luz que el reloj antiguo de Nimbus, solo que color naranja. Una bobina giraba sobre su propio eje a grandes revoluciones liberando una cantidad de energía inigualable. El chico se acercó a ver si había alguna conexión o cable que la hiciera activarse y notó que no la había. Caminó alrededor del artefacto pensando en cómo habría hecho eso su abuelo. En la parte trasera de la máquina, encontró una especie de pantalla, transparente, llena de color y muchos botones. Activar, decía uno en rojo. Nimbus pensó en la utilidad y poder que tenía esa tecla. Inseguro de presionarlo, pensó que parecía que el sótano había estado ocupado por alguien en ese momento, la pulcritud y limpieza que había era exagerada. Se preguntó si en verdad su abuelo había muerto o simplemente desaparecido. No sabía qué pensar ya que desconocía la historia real. Tenía mucha curiosidad y al mismo tiempo, tenía en mente el deseo de platicarle todo lo visto a su madre. Se dio la vuelta, dejando atrás la máquina y de pronto, una explosión de luz azul lo atrajo y sin presionar el botón de activación, lo arrastró. Nimbus desapareció, el cuarto quedó vacío, sin máquina, sin nada alrededor. El chico fue el detonador para que la máquina funcionara, para que ahora él terminara el invento que había planeado y estudiado tanto su abuelo.

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