La casa del holocausto

Seudónimo El master  

Hace muchos años llegó a vivir una familia rica a una casa misteriosa. Se apellidaban los Linch. A ellos no les importaban las demás personas, se burlaban de la gente pobre y los hacían sentir mal. Pensaban que sólo debían convivir con personas que tuvieran tanto dinero como ellos y se sentían mejores que todos. 

La casa era mediana y luminosa, pero con un ambiente extraño. Hicieron muchas remodelaciones, pero nunca perdió su estilo misterioso. A veces se escuchaban ruidos, o se prendían las luces de repente; pero la familia Linch nunca hacía caso de estos extraños sucesos.

La señora Ingrid Linch era alta, tenía el pelo un poco corto, rubio y su piel blanca, era realmente hermosa, pero en su corazón no había ternura; era indiferente a todo lo que pasaba a su alrededor, sólo le importaba verse bonita, elegante, que todos los que la conocían dijera que era la más rica y la envidiaran.

El papá, el Sr. Helmut, casi nunca estaba en casa, pues atendía los negocios familiares. Él era alto y robusto, se paseaba en la ciudad en sus autos último modelo y trataba muy mal a las personas que ayudaban en su casa o en su empresa.

Hans el hijo más grande era alto, para su edad, tenía 12 años. Sus ojos eran café claro, su cabello era rojo como el fuego y su rostro era bello. Pero igual que su madre era egoísta y trataba mal a sus compañeros de clase. Organizaba a los demás para molestar a los más humildes y todos le tenían miedo.

Sus dos hermanos pequeños se llamaban Jonathan y Astrid, ellos eran traviesos, rebeldes y groseros entre ellos mismos. Siempre estaban peleando y le pedían a sus papás que les comprara más y más juguetes y ropa que casi nunca ocupaban. Cuando su mamá los mandaba llamar para comer, se negaban y se quejaban siempre de que la comida, que preparaba la cocinera, no les gustaba, preferían comer sólo chatarra, pizza, dulces y refresco.

Un día, después de la cena la Sra. Lich escuchó un fuerte ruido dentro del closet y gritó. ¿Qué pasa? preguntó el Sr. Helmut ----¡Hay algo en el closet! --- No hay nada, dijo su esposo. La Sra., se quedó nerviosa, pero no le dio más importancia y se fue a dormir.

Al día siguiente cuando se dirigían a la escuela Hans vio por la ventanilla de su coche a un niño que vendía dulces en una esquina. Su ropa estaba sucia y rota, su piel muy morena por tanto tiempo estar asoleándose y su mirada triste. Hans dijo: ---¡Miren ese pobre, que asco! y todos en el auto se rieron.

Llegando a la escuela vio al señor que barría los pasillos y le gritó ¡Pobre tonto! Una maestra que pasaba por ahí le dijo: ----¡No te expreses así!  él respondió ---- ¿Tú quién eres para decirme qué hacer? La directora mandó llamar a su mamá para contarle lo sucedido, le platicó todas las situaciones en que Hans había agredido y molestado a los maestros y compañeros. Le advirtió que si volvía a pasar lo expulsarían de la escuela. Su mamá no tomó demasiada importancia al asunto, sólo dijo: -- hablaré con él---, pero no le dijo nada. En esa familia no se hablaba de las cosas importantes, por el contrario de regreso le compró un gran helado y ella se fue al salón a arreglarse el cabello.

Por la noche cuando los niños se iban a dormir, Hans y sus hermanos estaban peleando y gritando porque cada uno quería jugar diferente videojuego, cuando de pronto. vieron una sombra que se acercaba hacia ellos y les dijo: --- ¡Por favor no griten! Los niños temblaron de miedo, y con voz temblorosa le preguntaron--- ¿Quién eres? La sombra que cada vez tomaba más el aspecto de una niña, de cabello oscuro y ojos brillantes, dijo -- soy Ana Frank--- Ese nombre se me hace conocido, pensó Hans, pero no dijo nada porque le temblaban las rodillas. Fui víctima del holocausto en la segunda guerra mundial--- continuó el espectro. Esta era mi casa hace muchos años, ahora soy un fantasma, como pueden ver, pero no les haré daño. Los niños empezaron a calmarse y pusieron atención a lo que Ana les decía.

Quiero contarles mi historia: pasé mucho tiempo escondida en esta casa, en un lugar muy pequeño, más de un año. Una señora muy amable que se llamaba Miep Gies me ayudó en 1942. Pero un día un espía de Hitler nos descubrió y nos mandaron a uno los campos de concentración, mi hermana y yo morimos ahí de una enfermedad que se llama tifus, la enfermedad me daba intensos dolores de cabeza y fiebres muy altas, así morí pues mucho tiempo no tenía que comer y pasaba frío. 

Todo esto que viví yo no lo elegí, así como los niños pobres a los cuales maltratas Hans. Se dirigió a los dos niños más pequeños---esos niños no han hecho nada malo y les ha tocado vivir así, con pobreza. Por eso ustedes deben sentirse muy afortunados y valorar lo que tienen, no desperdiciar la comida y no pedir juguetes sólo porque quieren el de moda.

La sombra se fue desvaneciendo y los tres niños se quedaron pensando. La plática de la pequeña Ana los había transformado y tocado el corazón. Al día siguiente se levantaron, en el desayuno Astrid y Jonathan le dijeron a su mamá. ---Oye mamá, ¿sabes a dónde podemos donar los juguetes y la ropa que ya no usamos? La mamá ignoró su comentario pues estaba más atenta al teléfono y los niños se quedaron pensando cómo llevar a cabo esta idea que se les había ocurrido.

En la escuela Hans fue a pedirle perdón a todas las personas que había insultado y prometió no hacerlo nunca más. Además de regreso pasó a darle comida, ropa y cobijas al niño del que se había burlado y este le agradeció. Hans se sintió muy bien y conoció el valor de dar sin esperar nada a cambio.

 Por la noche el Sr y la Sra. Linch estaban casi dormidos cuando vieron una luz y dos sombras que se acercaban a ellos eran Otto y Edith Frank, los papás de Ana. Se veían transparentes, pero con un semblante tranquilo. Helmut e Ingrid se abrazaron pues tenían miedo, pero Edith comenzó a hablarles--- No se preocupen, no somos malas personas, sólo queremos contarles nuestra historia para que aprendan a valorar lo que tienen y cuidar bien de sus hijos.

Otto les contó ---En la época del Holocausto, la segunda guerra mundial, mi familia tuvo muchas dificultades. Perdí a mi esposa y a mis hijas. No pude hacer nada por ellas. Mi esposa murió en el campo de concentración Auschwitz en Polonia en 1945. Cuando los Nazis nos capturaron nunca pensé que me iban a separar de mi familia y la perdería toda. Uno nunca sabe que va a pasar el día de mañana, antes siempre me preocupaba por cosas que en realidad no importan y quiero que ustedes lo reflexionen. 

Los dos espectros se alejaron y los papás dijeron ----¡Estamos haciendo todo mal con nuestros hijos! En ese momento fueron a sus camas y les dieron un gran abrazo y un beso. Los niños se despertaron y los abrazaron también. Hans comentó ¿Qué pasa, están bien?¡ Nunca nos habían abrazado de esa forma!

Los padres entendieron que debían cuidar más a sus hijos y no preocuparse tanto por cosas económicas. A partir de ahí la familia usó su dinero y tiempo para cuidarse, quererse y cuidar a todas las personas más necesitadas.

FIN

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