La mordida

Seudónimo:  Yenimin

Desperté y no sabía si estaba viva o muerta, no podía mover mis manos, mis piernas, pero podía respirar. Entonces comprendí que la muerte no había llegado. Fue el bombardeo de adrenalina lo que me puso cara a cara con ese reptil. Aun no comprendo cómo es que sin ninguna vacuna en mi cuerpo, puedo contar esta historia.

Todo se tornó borroso, lejano. Solo mi mente se movía al ritmo de mi respiración.

Mis ojos vieron una presencia borrosa, pero era un simple policía. Al instante mis ojos le suplicaron ayuda. Me llevó al hospital, en éste intentaron hidratarme, pero las agujas no podían perforar mi débil cuerpo; intentaron hacerme una tomografía y solo logré que la máquina explotara.

Mi cuerpo iba metamorfoseándose, mi humanidad se desvanecía; el médico jefe de urgencias decidió llamar a las autoridades, específicamente a la división de asuntos epidemiológicos. Me aislaron en un espacio especialmente construido, mejor dicho, habilitado para mí, ya que tengo a todos muy confundidos, intentaron interrogarme, pero mi boca despide un aliento tóxico y asqueroso...

Así empieza la historia de cómo una serpiente cambió mi vida y también la de la humanidad.

Mi muerte era inminente, ya que el dolor era insufrible, sentía que se me destruía el cuerpo, mi oído estaba muy agudizado, comprendí que mi presencia no solo generaba inquietud, si no también miedo. Mi cuerpo reptiliano se hacía más notorio a medida que las horas pasaban y así, de forma silenciosa pude escaparme hacia el cuarto de computación del hospital. Observando fijamente la máquina, como si pudiera hipnotizarla, obtuve la información que tanto buscaba. Yo no era el primer caso que aparecía en los registros, mi diagnóstico no era muy bueno, mi transformación era casi completa; fue entonces que mi hasta entonces ego herido me llenó de enojo y decidí que todos serían como yo, nadie me vería diferente. Me encargaría silenciosamente de transformarlos.

Comencé por el hospital ¡qué mejor lugar para contaminarlo todo! Desde medicinas, recipientes o instrumentos y de paso también la comida de los enfermos; sus cerebros comenzarían a verse afectados, sobre todo sin un diagnóstico por parte de los médicos. Las neuronas al encontrarse con la toxina de mi veneno, sufrirían cambios irreparables. Así que tendría control mental por hipnosis y un efecto neurotóxico que me daría un éxito absoluto en mi maquiavélico plan.

¿Acaso en el siglo XXI los chinos no hicieron lo mismo con un virus y pensaban que éramos tan tontos que decían que venía de los murciélagos? Entonces, ¿por qué 90 años después no se asustarían si el paciente cero era un reptil? ¿Quién lo creería? Nadie… Acaso sería una especie de matasanos, científico loco o alguien completamente desquiciado; en nombre de la ciencia se hacen muchas cosas que no son tan éticas o “buenas” para los hombres, nadie podría detenerme, hasta dónde podría llegar mi coraje, dolor o simplemente ego herido.

Me dirigí al banco de sangre del hospital y decidí contaminar hasta la última reserva, luego fui a la cocina, ¿cuántas personas, y cuántos elementos? ¿Pero qué creen? No tomé en cuenta una variable, la temperatura. Cuando mi toxina entraba en contacto con la comida y ésta era servida a más de 38 grados centígrados se desnaturalizaba y dejaba de ser efectiva. La comida no sufría cambios físicos, pero un solo cambio químico modificaba la ecuación, en definitiva, todos tenemos un punto débil.

Debía regresar a mi habitación antes que se dieran cuenta de mi ausencia.

¿Por qué el enojo me invadía? ¿Por qué era diferente?  Cada vez menos humano.

Las enfermeras me miraban con repulsión, como si fuera un grano lleno de pus. Tuve la suerte de que a la subdirectora del hospital le encantaran los helados, ¡y qué bueno! Fueron los que más contaminados quedaron. Después de comerlos cayó en mi hipnosis telepática.

¿Y qué creen? Me dió el alta.

¡El poder de la mente supera cualquier cosa! De regreso a casa decidí conquistar el mundo.

Sé que comencé con el pie derecho. El hospital me sirvió de calentamiento. ¡Ni las mentes más fantasiosas imaginarían lo que aún podía lograr!

Así que logré crear una nueva sociedad, en la cual lavaría libremente los cerebros de todos los “nuevos seres”, sin que nadie sospechara de mí. “¡Es brillante mi idea!” Mi objetivo era claro y preciso, con un fin muy específico: exterminar a los homosapiens, y así, sin notarlo conscientemente, la humanidad se extinguiría como la flama de una vela, cuando el olor a fuego desapareciera la humanidad estaría en vías de extinción sin vuelta atrás.

Con mis fieles seguidores se propagó como pólvora este genocidio. Ya no importa qué son…. ¿Son humanos? ¡A extinguirlos!

No fue ni rápido ni fácil, pero sí se extinguió el 90% de la población, me llevó casi 10 años lograrlo, tuve resistencias, algunos se alzaban en mi contra, pero los gobiernos seguían sin hacer nada. Nunca un gobierno me generó resistencia. ¡Son taaan, pero taaan fáciles de corromper con billetes verdes!

Eso sí, recuerdo al último humano que vi, era una chica que me había estado estudiando desde hacía mucho sin que yo me diera cuenta, un día me abrazó, yo no comprendí por qué lo hacía, hasta que sentí que algo atravesó mi piel, ahí fue cuando me percaté que no podría completar mi misión.

Antes de que perdiera el conocimiento, me miró con esos ojos que transmitían paz y me dijo -ser distinto no está mal-.

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