La rosa y la daga

Seudónimo: Príncipe

Es como una droga.

Es como un metal caliente en el estómago.

Es como una rosa.

Es como una daga.

Es un sentimiento.

Es una pasión.

Habían pasado ya dos semanas desde que te fuiste. Aún te extraño tanto. Me siento mal, me siento culpable. Siento, sé, que las personas a mi alrededor están como están, porque yo estoy así. A veces quisiera que me abrigases en tu chaqueta. Y me mantuvieses allí.

Como si fuera 1954. Una época distinta. Tan cerrada, pero tan abierta a la vez.

Aún recuerdo esa tarde de agosto, llevaba un suéter gris que me quedaba grande, me gustaba, era una sensación de sentirse rodeado, aunque sea por un trozo de tela.

El cielo estaba gris, pero al final, podrías ver leves destellos de un hermoso naranja degradado con morado. Todo era hermoso, pero allí, te vi.

Te vi con esa mirada verde que tanto me enloquece, tus leves rizos cayendo como una cascada por tus hombros, pintados de un divino color chocolate que te daba ese toque tan fresco que me encanta. Tu piel bañada por el sol en un tono dorado que adoro mirar.

En tu cuello, colgaba un collar de una daga, en ese momento no entendí lo importante que era para ti al final del día. Pero lo que más me llamó la atención, era que estabas llorando, perlas incoloras caían a mares de tus ojos, tus sollozos de tristeza intentando ser acallados por una mordida de tu labio inferior.

Léntamente, me acerqué, me senté en el espacio sobrante que había en la banca en la cual reposabas. Con la delicadeza con la que se toca un cristal, encamine mi mano a tu espalda en una leve caricia, pude sentir la exaltación en tu piel al tocarla, dirigiste tu mirada esmeralda a mis ojos, y lo vi, lo pude ver, vi la tristeza, el sufrimiento, la melancolía, fue la primera vez que pude ver, sentir, lo que es el verdadero dolor.

Siempre fuiste una persona tímida, jamás hablaste en exceso, y siempre te expresaste con tanta educación. Pero ambos sabemos que es solo una fachada, solo te ocultas, te ocultas del pasado, te ocultas de ti, y te ocultas de mí. Siento tu mano temblar bajo la mesa si alguien habla con fuerza, siento los nervios de tus piernas cuando se habla de ese tema, siento tu preocupación, cuando crees que alguien descubrió tu secreto.

Ese día en la banca, con tu mirada perdida y triste, las palabras no fueron necesarias, no importaba que fuéramos completos extraños, no importaba que no supiéramos ni los nombres del otro, solo importábamos tu, yo, y el hermoso atardecer a nuestras espaldas.

Ha pasado un mes desde que te fuiste, aún busco a tu padre, quien en un acto de cobardía después de sus acciones, escapó, y nos ha dejado con el corazón en la mano, y a clavado una daga, en la flor, mi flor.

Siento la hipocresía de las palabras, siento el dolor de las acciones. En estos días de reflexión, me di cuenta que amarte, era como una metal caliente en el pecho, pero sinceramente, no me molestaba esa sensación…

Nos levantamos de aquel banco, te tendí la mano, y comenzamos a caminar, no sabíamos a donde íbamos, pero no importaba, si estaba contigo.

En los libros, siempre leí ese momento en donde hay un silencio cómodo, donde no hacen falta las palabras, pero al ser una persona que habla en exceso, jamás entendí a que se refería, hasta aquel día, en donde las palabras eran como un cuchillo y nosotros estábamos flotando en una burbuja.

Llegamos hasta donde supuse que era tu casa, ya que te detuviste y te despediste, sabía que era tiempo de irme, pero antes de darme la vuelta, sentí una cálida mano en mi hombro, volteé para encontrarme con tus hermosos orbes verdes, que ahora solo expresaban paz y tranquilidad, me relajé por completo con tu simple toque, solo me pediste mi número telefónico, accedí y lo apunté, me dijiste que me ibas a llamar. Asentí y me despedí con un leve gesto de mano, pero no fue suficiente, así que me acerqué para envolverte en un abrazo, sentí tus manos rodear mi cintura, y automáticamente rodeé tus hombros con mis brazos. Fue un momento tan sencillo, pero a la vez, tan íntimo.

Nos encontramos otra vez, pero en esta ocasión, me llamaste para vernos en un café, entablamos una conversación de manera inconsciente y mientras más te conocía, más nos parecíamos. Compartías aquel gusto tan raro de Oreo con mantequilla de maní, nos gustaba el mismo tipo de música, éramos tan parecidos, que hasta pensé que éramos parientes.

Me dejaste entrar, un poco solamente, pero me dejaste entrar, me explicaste que tu madre había muerto en cuanto naciste y tu padre era un borracho abusivo desde entonces. No tuviste que decir más. Todos los puntos se unieron. Entendí por qué llorabas aquel día en el banco.

Quedamos en vernos todos los viernes en ese mismo banco en el que nos conocimos, cada semana esperaba con ansias para verte, la semana era como una tortura. Pero cuando el día llegaba, el tiempo parecía detenerse. Como si no existiera nadie más en el planeta tierra.

Hasta aquel viernes, un 24, no llegaste, te esperé y te esperé. Mas no apareciste.

Fui a tu casa. Nadie abrió. Toque miles de veces. Y nadie contestó.

En un acto de desespero, rompí la puerta al tumbarme en ella. No podía creer lo que mis ojos veían.

Estabas en el suelo.

La vida se había ido de tus ojos.

La muerte, te había alcanzado…

Porque éramos una rosa y una daga. Te clavaste en mí. Pero no eras una daga cualquiera. Porque nos rompimos juntos. Te fuiste tú. Me fui yo.

No podría seguir.

No quería una boca, si no era para hablarte.

No quería oídos, si no eran para escucharte.

No quería sentir, si no era para sentirte.

No quería vivir, si no podía vivirte.

Dicen las leyendas que el alma va directo al cielo, si primero pasa por el agua.

Allí legué, a aquel mar. En un día como en el que nos conocimos. Caminé por horas. Esperando el atardecer como el de hace tanto tiempo.

Llegaron aquellos destellos rojos con puntas moradas.

Lo sabía.

Era el momento.

Con la rosa en mi mano izquierda, y la daga en la derecha, me hundí a las profundidades.

No quería vivir, si no era contigo.

Y en mis últimos momentos.

Pude ver unos hermosos ojos verdes esmeralda.

Mirándome como la primera vez.

Es como una droga.

Es como un metal caliente en el estómago.

Es como una rosa.

Es como una daga.

Es un sentimiento.

Es una pasión.

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