Lagrimas de unicornio

Seudónimo: NaoNao

Había una vez un unicornio que quería salir a jugar al bosque, pero su mamá no lo dejaba. Le empezó a rogar tanto, que al final le dieron permiso. Se puso a jugar con la pelota, sin embargo, esta salió volando y se fue muy lejos. El pequeño unicornio corrió tras ella, pero se perdió en el camino. Estaba muy asustado, tenía hambre y por más que buscó la salida, no la encontró.  

Mientras buscaba el camino de regreso a casa, se encontró con un lobo. El pequeño unicornio estaba más que espantado, cuando de repente, el lobo le preguntó:

—¿Qué haces acá?

—Me perdí y no sé el camino de regreso a casa —dijo el unicornio tristemente.

—¡Yo te ayudaré! Pero con una condición.

—¿Cuál?

—Que me des comida. Pero tienes sólo de aquí a que se quite el sol, sino te comeré yo a ti.

El unicornio salió corriendo muy espantado a buscar comida para el lobo y a la mitad del camino se encontró con la bruja del bosque. Esta le preguntó:

—¿Qué haces aquí?

—E… e… e… estoy consiguiendo comida para un lobo —dijo tartamudeando el pequeño unicornio.

—¡Yo te ayudaré! Debes traer dos ramas de un árbol, un poco de pelo de oso panda, cuatro granos de cacao mágicos y un poco de leche, así podré preparar la comida. Sólo tienes dos horas para conseguir los ingredientes, porque sino, los ingredientes se echan a perder.

El unicornio empezó a buscar lo que le pidió la bruja; se encontró a un oso panda y con mucho cuidado le cortó el pelo, después llegó a una cabaña y entró en silencio, tomó la leche; luego salió y cortó las ramas del árbol. Sólo no encontraba los granos de cacao mágicos. Empezó a buscarlos en la tierra, buscó y buscó hasta que se cayó y pasó algo terrible: su hermoso cuerno dorado se atoró entre las ramas de un árbol caído. Por más que trató de zafarse, el pequeño unicornio no podía salir, hasta que pasó algo aún más feo: su cuerno se quebró con el esfuerzo.

Cuando se dio cuenta que su cuerno estaba roto, también sintió cómo sus alas desaparecieron. Nunca se había sentido tan triste y espantado. Lo único bueno fue que encontró el cacao mágico, así que fue con la bruja ya que tenía todos los ingredientes y le pidió que le ayudara a recuperar sus alas y su cuerno. La bruja le dijo que ella no sabía hacer eso, pero que le ayudaría con la comida para el lobo.

Al terminar la bruja con la comida, el unicornio corrió para entregárselo al lobo y él cumplió con su promesa. Lo llevó al pueblo donde vivía, pero como ya no tenía sus alas y su cuerno, no lo reconocieron y tampoco lo dejaron entrar. El unicornio se sintió aún más triste, sin embargo, caminó y caminó hasta que encontró un pueblo muy extraño con seres de dos patas. Recordó que su mamá le había contado un cuento sobre unos seres llamados humanos que eran idénticos a los que estaba viendo.

A lo lejos, el señor Juan vio al unicornio y le pareció muy hermoso, aunque no tuviera cuerno ni alas.

—¡Qué hermoso caballo —dijo el señor Juan.

“¡Cómo que caballo!”, pensó el unicornio, él no era eso que había dicho el señor, pero le pareció tan lindo que dejó que lo montara.

Cuando llegaron al establo, el pequeño unicornio vio a más unicornios como él sin cuernos y alas, así que cuando el señor Juan se fue, pensó: “¡Pobres, les pasó lo mismo que a mí! Comenzó a convivir con los caballos por muy poco tiempo ya que Juan lo vendió en el mercado del pueblo. El nuevo dueño se llamaba Matías.

Matías era muy lindo con el unicornio, pero unicornio sólo quería una cosa: escaparse e irse con su mamá, así que una noche en donde todo estaba silencioso, huyó del rancho de su nuevo amo. Matías al darse cuenta, comenzó a buscarlo desesperadamente, hasta encontrarlo en un lago, lo regresó a su casa, le dió comida y de beber.

Al anochecer siguiente, el unicornio decidió nuevamente escapar, pero esta vez no pudo ya que Matías le había puesto llave a la puerta. Al escuchar los ruidos, el señor se levantó, fue hacia dónde estaba el unicornio, le abrió la puerta y le dijo:

—Si no eres feliz aquí, puedes irte.

Unicornio no entendía por qué le decía eso. A veces en los cuentos que le relataba su mamá, se decía que los humanos eran poco amables con los animales. Unicornio pudo ver en los ojos de Matías mucha tristeza y se acordó también cuánto extrañaba a su mamá. Unas lágrimas salieron de los ojos de unicornio y Matías lo limpió, pero se dio cuenta de que eran lágrimas diferentes: ¡eras doradas!

Matías agarró un botecito y guardó algunas lágrimas en él. Cuando llegó a su casa, miró la foto de su hija y esposa que habían muerto en un accidente, tomó unas cuantas gotas y las embarró sobre su pecho. Parecía magia y el dolor dejó de ser tan fuerte.

Como eran bastantes gotas que guardó, las ocupaba cuando se volvía a acordar de su familia o cuando en la siembre se lastimaba. Las gotas eran un milagro.

—Caballito, tus lágrimas son un milagro, ojalá pudiéramos curar a muchas más personas.

Unicornio comenzó a llorar más, pero sin sentirse mal, y Matías supo que el que creía su caballito le había entendido, así que rápidamente fue por más botecitos y los llenó. Cada que alguien en el pueblo se sentía mal, Matías corría para ayudar junto con su caballito.

Unicornio se sentía amado por el pueblo, poco a poco fue sintiendo menos tristeza por lo de su mamá. Todos lo querían y respetaban. Así fue como ese poblado estuvo protegido por un caballito que en realidad era un unicornio, ¿o será que todos los caballitos son unicornios? 

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