l’hiver

Seudónimo: Margaret Everlee

La lluvia me caía en el rostro, el frío rodeaba todo mi ser. De vez en cuando, volteaba a ver si mi esposa me seguía en el recorrido. Viendo cómo su cabello blanco volaba con el viento y su brazo cubría sus ojos morados de la lluvia. Mi esposa se dio cuenta de que la miraba y gritó: “Creo que no es muy seguro quedarnos aquí.” No podía lidiar con ella en ese momento, ella fue la que quería pasar tiempo juntos, no iba a rendirme ahora. Le di la espalda. Seguí caminando por el lodo profundo. El sonido de la brisa y la lluvia era intenso, pero prefería escucharlo que escuchar la voz de mi esposa. “¡Por favor! Ya no puedo más” Exclamó. Me detuve por un momento, dejando que mis botas se hundieran en el lodo. Alcé la mirada y busqué un buen lugar para acampar. “Debajo de esos árboles,” le exclamé a mi esposa, “nos darán un mejor refugio”. Costosamente, levanté mi pie del lodo y marché hacia el lugar, mi esposa me seguía.

Al llegar, colgué mi mochila en una rama y saqué nuestra tienda de campaña. En lo que construía, mi esposa trataba de ayudar, no la dejaba, se acercaba con tanto entusiasmo a decirme qué hacer; me molesto. En lo que clavaba una estaca, mi esposa me dijo: “¿Puedes clavar esa estaca más? Se ve muy inestable mi amor” Señaló a la estaca de a lado de mí. Cómo se atrevía a decirme que hice algo mal, si ella no está haciendo nada, trata de decirme qué hacer, pero es incapaz de hacerlo ella sola. Alcé el martillo y lo lancé a la estaca, mi enojo logró que la estaca se hundiera mucho más de lo necesario. Sin decir nada, me paré y agarré mi martillo. Miré a mi esposa y le di la sonrisa más sarcástica que pude. Me volví a hincar en donde estaba

antes trabajando y sin gesto alguno continué mi labor. Me rehusaba a hablar con mi esposa, tendré que hacer como si no existiera.

Después de un buen rato de trabajar con crítica constructiva de parte de mi esposa, la tienda de campaña por fin estaba lista. “Iré a buscar ramas para la fogata, tú ya trabajaste mucho.” Dijo. Yo no le dije nada, no tenía relevancia para mí. Se fue. Pasó media hora y no regresó, por fin pude disfrutar de mi mismo en paz y sin una voz tediosa correteándome. Pasó una hora, me empezó a dar hambre, no podía ser ¿Cuánto se puede tardar alguien en recoger palos del piso? Me comencé a enojar. Pasaron otros veinte minutos y por fin llegó. Me moría de hambre, sin embargo, seguí mi promesa de no hablarle. Saqué una olla y una lata de sopa de mi mochila y la abrí, incitando a mi esposa a prender la fogata. Fue lo que hizo. Vertí la sopa en la olla y la puse a calentar, “Qué bonito es la naturaleza, ¿No crees amor?” Mantuve mi promesa. Pase lo que pase, no le voy a contestar.

Terminé de comer, me llegó la brisa fría a la cara, sabía que iba a volver a llover. Miré a mi esposa, estaba completamente inconsciente de lo que estaba pasando. Sus ojos morados titilaban con el brillo del fuego y su pelo blanco volaba con el viento, en su sonrisa se veía su serenidad, me molestaba. Después de todo este tiempo, no entiende que estoy enojado. Me enfurecí más. Antes de que la nube llegara a flotar sobre nosotros, corrí hacia la tienda de campaña y me encerré. La lluvia empezó a envolvernos. Escuché cómo las gotas frías apagaban la luz de la fogata. También escuché los gritos de mi esposa, cómo golpeaba la tienda de campaña para que la

dejara entrar. Lloraba, “¿Qué te hice? Sé que estás enojado, pero no es para tanto” Mi enojo creció más, lo que iba a ser una simple broma se transformó en una decisión firme. No iba a entrar.

Desperté con la neblina de la mañana, la tormenta se había calmado, el llanto de mi esposa desapareció. Había silencio, un silencio más profundo de lo normal. Salí a investigar qué era lo que pasaba. Todavía medio dormido, salí de la tienda de campaña, sorprendentemente hacía más frío de lo normal. Pisé fuera de la campaña, esperaba pisar el lodo pegajoso y blando, pero me sorprendí cuando mi pie cayó en una fría y suave hoja de pelusa. En lugar de escuchar el típico sonido repugnante que hacía el lodo, hubo un crujido. Me volví para ver mis pies. El piso del bosque era blanco. Me agaché y agarré un puño de esta sustancia y la examiné, estaba fría y mojada pero suave. Al levantarme de nuevo, noté que la misma sustancia caía del cielo, como si lloviera, pero no fue así, caía más lento y con más calma. A la distancia, me percaté de una voz familiar, sin embargo el origen del sonido estaba más cerca de lo que parecía.

Era la voz de mi esposa, me llamaba y pedía auxilio. Solté el puñado de sustancia que traía en la mano, y me enfoqué a seguir su voz. Gracias a mi chiste inmaduro, mi esposa pasaba por este fenómeno sola, y con frío, seguramente más preocupada por su vida que su enojo hacia mí, y yo que había estado más preocupado sobre mi ego y orgullo. Marchaba sobre la sustancia crujiente, siguiendo la voz que ayer tanto me enfurecía. Me empecé a arrepentir por lo que hice. Mi alrededor se volvía más frío a

cada paso sin el carisma cálido de mi esposa, sin embargo el recuerdo de sus ojos morados y piel pálida me mantenían vivo. Entre más me acercaba el sonido se volvía más presente. Hasta que llegué a lo alto, detrás de un árbol. La voz de mi esposa era viva, sentía que un par de pasos más me darían la oportunidad de expresar cuánto me arrepiento de mis acciones egoístas. Di esos dos pasos, sin embargo, no encontré a mi esposa.

Continúe hacia el centro del bosque. De la nada mi pie cayó en una capa que parecía vidrio, estaba hecho de cristal, pero estaba resbaloso y era fácil de romper. Mi curiosidad me dijo que quitara la pequeña capa de la sustancia blanca del vidrio. Me agaché a hacerlo y al ver lo que estaba debajo, una lágrima cayó de mis ojos. Dejando un recorrido mojado que ahora quedaba frío. Sentí un vacío enorme en mi pecho y mi corazón se resbaló a mi estómago, empecé a sentirme mareado y con poco oxígeno. Detrás de la capa de hielo, estaba mi esposa, muerta. Todo esto gracias a mi orgullo, a mi inmadurez. Fue mi culpa, y este es mi castigo. Así fue como mi esposa se convirtió en la nieve. Y mi tratamiento, egoísta y frío, el hielo que envuelve su cuerpo.

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