Punta Allen, en busca del jaguar.

Seudónimo: Punta Allen 2021

Puse los limpiadores cuando empezó una lluvia caribeña de esas que duran ocho minutos. Me dirigía a Punta Allen. El Punta Allen de hace quince años, no el de hoy. 277 habitantes, escasa agua potable, pescadores, jungla, marginación y plagas estacionales. De vez en vez me las arreglo para hacer un viajecito de esos. Busco lugares naturales especiales. Busco reflexionar y tratar de poner mis ideas en orden. Casi siempre termino más marcado por las personas que me topo que por los lugares que visito.

Llegué ya noche y sin reserva al Sol Caribe, un hotelito de cuatro cabañas propiedad de Mike y Diane. A los tres minutos de conocerlos ya los sentía como mis tíos adoptivos. Mike me organizó un paseo en lancha por la reserva de Sian Kaan. Mi lanchero era Andrés, nativo de Punta Allen. Un chico amable y callado. Tenía una especie de vendaje que le cubría un ojo y media cabeza. Durante varias horas Andrés, con su único ojo, señaló una cantidad de especies marinas y aves que los cinco integrantes de la embarcación nunca habríamos visto sin su ayuda.

Mi dosis de morbo personal me obligó en algún momento a juntar la desfachatez necesaria para preguntar con fingido tono de preocupación que le había pasado. Andrés me miró a los ojos, gesto que no pude devolver y con toda seriedad contestó “Den sexión”.... ¿Disección? No, Den sexión... fin de la dosis.

Al terminar el paseo, me pareció que era oportuno buscar algún guía que pudiera llevarme a la selva al otro lado del mar. Quería colmar la memoria de mi cámara digital con jaguares, ocelotes, monos saraguatos y pumas en su hábitat natural. Pregunté por

todos lados pero no encontré a nadie dispuesto a hacerlo. Así que terminé en “El sereque”, el único bar del lugar. Ahí abrí conversación de mesa a mesa con el Capitán Tabasco.

El Capitán era un hombre cuya complexión, ademanes y promesas me parecieron muy familiares. A veces encuentras a un conocido en alguien que nunca habías visto. Me recordaba un poco a mi papá. Lo persuadí de modificar su plan del siguiente día para improvisarme una visita al “monte alto”.

A las seis de la mañana del día siguiente estábamos en su lancha, con “su chavo” y un par de bicicletas destartaladas cruzando dos kilómetros de mar hacia el playón en donde comenzaría la aventura. “Mi chavo se ofreció a llevarnos, así ya no tomamos el taxi marino de ida, sólo de vuelta y nos sale más baras” “Ahí le das luego pal chesco”

Antes de bajar del bote el capitán desmenuzó un cigarrillo, mojó el tabaco con agua de mar y se untó la mezcla en las piernas. “Pa las culebras”, me advirtió. ¡Nos subimos a las bicis listos para la acción!...

Fuera de que durante seis horas no vimos animal alguno, mi bicicleta perdió la llanta trasera y fui el platillo central del evento anual del sindicato local de tábanos, avispas y mosquitos. Fuera de que pisé caca fresca de vaca, perdí mi botella de agua, me llené todo de lodo y tuve que escuchar por horas porque el Capitán Tabasco es el hombre más sagaz de Punta Allen. Fuera de eso, el paseo estuvo bien.

La verdadera aventura comenzó cuando logramos regresar al muelle, no gracias a las bicicletas, sino a pesar de ellas. No estaba el taxi marino, ni el cuidador del muelle. Nos sentamos a esperar.

Un largo rato después mi escaso sentido común me indicaba que si yo estaba preocupado por la situación y el capitán no, entonces no había problema. Pero cuando me percaté que el caso era el contrario, me pareció que tendría que empezar a preocuparme. Pero claro, no lo hice. Yo estaba en modo observador.

La frustración que la situación generaba al capitán comenzaba a notarse en la vena que sobresalía de su frente. Entonces empezó lo interesante... Pinche lanchero huevón, debería estar cruzando gente, sólo se amafia pa que le den el puesto y luego no cumple. ¡Les voy a decir que estuvimos aquí desde las diez esperando! - Desde las doce y media capitán. ¡No importa! les voy a decir que desde las nueve.

Qué raro que mi hijo no les ha llamado pa que vengan por nosotros. Nunca me gustó ese tipo. ¿Su hijo? ¡No, el del taxi! Ha de andar cogiendose una vieja, ha de estar jetón en su choza esa, ¡o ha de andar cuidando a su puta vieja que es reputa!, ¿pues entonces pa que agarra compromisos? ¡que se traiga a su vieja en la lancha si no la quiere dejar sola! Yo mañana me vengo aquí con mi lancha a cruzar a la gente ¡y que se me avienten si quieren él y su chingada cooperativa! Les voy a decir que vinieron cuatro personas pero como se cansaron de esperar se fueron de regreso.. ¡y la lana que se perdieron! ¿Quién se las va a dar? Pa que aprendan, hijos de la chingada. Lo que pasa es que no hay compromiso, por eso el pueblo sigue igual de jodido que hace

treinta años que llegué sin este bigote mira. Y el pinche cuidador del muelle, pinche viejo huevón, debiera estar aquí, aquí, aquí, aquí. Nomás se la pasa sentado. Ya era lo mismo que se siente aquí o allá. Y acá por lo menos sirve de algo que igual ni sirve pa nada la momia esa. Ese otro hijo de puta que va pasando ahí en su lancha de seguro nos ve pero como me tienen rabia que yo si trabajo nos dejan aquí y no le avisan al taxi marino, ¡que se chingue dicen!, aunque traiga turismo. Por eso ellos siguen de chalanes y yo ya tengo mi lancha y a mi chalán que es mi hijo. Pero yo sólo veo un puntito capitán, no creo que nos vean. Aunque sea que vengan por el turismo y me dejen a mí. Y mi pinche hijo pendejo cerebro de cochino, ahí sta paseando a miiiiiis turistas era pa que agarre el radio y cheque si ya llegamos o nos mande al taxi marino. Les vale madre que traigo turismo. Y tú con esa pinche gorra de militar seguro por eso nadie viene por nosotros. Ya perdí mi pinche encendedor, estaba muy chiquito el pendejo. ¿Tienes un cigarro? ¿De qué te ríes? Le voy a destrozar su mierdera caseta de vigilancia al tarado viejo ese y que se la cobre a su madre que ya está muerta y voy hacer una balsa y me cruzo ¡y me vale madre!, Pa que valore su trabajo igual la tiene como porqueriza. Yo staría aurita dando mi tur a mis turistas. Desde que mi pinche hijo pendejo cabeza de calabaza trabaja conmigo todo me sale mal. Pero va a ver el imbécil ese, aurita voy a ir a agarrarme otra vieja pacerle dos hijos pa que me quiera el pendejo. Y va a ser la vieja del taxista y me la voy a venir cogiendo en la lancha mientras cruzo a los cinco que se fueron y les cobró esa lana ¿Quién me la va regalar? Oiga capitán ¿y no será que es Domingo?... Silencio. Quedamos sentados en silencio en la orilla del muelle. Una hora después cuando empezaba a entretenerme con la

cuidadosa observación del oleaje noté que el capitán se quitaba la ropa y empezaba a nadar hacia el otro lado sin decirme nada. Me pareció que si no habíamos visto cocodrilos hasta ese momento, está sería la única oportunidad. Pero tampoco en esa ocasión la naturaleza nos favoreció.

El capitán comenzó a alejarse. El agua se ponía brava, como si le hubiera resultado descortés su decisión de cambiar el status quo. Cuando ya casi no lo veía, logré ver cómo interceptaba una lancha que pasaba. Unos minutos después la lancha se dirigía hacia mí.

La expresión triunfal en la cara del capitán en la punta de la lancha difícilmente se me va a olvidar, supongo que se parecía a la mía. Se preocupó ¿verdad capitán? Pues es que si no me preocupaba que ibas a decir. Yo invité las cervezas.

Por cierto.. Antes de su tormenta personal, el Capitán Tabasco me contó la historia de Andrés el lanchero del vendaje.

Al año de casado, su vieja se andaba tirando con un vato, era bien sabido. Cuando le fueron con el chisme agarró la escopeta de su hermano, los siguió al zaguán y les aventó tres plomazos por una rendija, luego se acomodó la escopeta en el pescuezo y disparó. Sólo mató a la vaca.

Lo hizo por desexión, dijo el capitán. Desexión, pensé, es dispararle a tres (tu incluído) en una sola noche y abrir los ojos en una clínica con la cabeza partida en dos. Andrés sigue en el pueblo, igual que su señora, su hijo y el vato. La única que ya no está es la vaca.

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