En su mal humor, destruía

Seudónimo: Andanti

No eran las cincuenta primaveras,

pues aún no las cumplía.

No eran los maltratos de la vida,

pues nunca le tocaron en demasía.

Nadie, ni ella, sabía bien qué era;

pero en su mal humor, destruía.

Sus arranques, ya legandarios,

a seres queridos y a extraños herían.

Mas al final de día, cuentan sus diarios,

ella también sufría.

La primera víctima por las mañanas:

su propia madre, a quien mucho amaba.

Pronto a su hermana, abuela y abuelo,

a primera provocación, con su ira verbal atacaba.

¡Es que me domina el corazón! se decía.

Más al final del día, éste también le dolía.

¡Tal vez nací en el signo equivocado!

Pero estas excusas, ni a ella, ni al doctor, convencían.

“Es su amígdala, señorita” “Es la sentinela en su cerebro, que le quiere ayudar.”

Detecta peligros, y la hace atacar, sin a su razón consultar.”

¿Hay remedio o alguna operación para retirarla?

¡No! ¡A la guardiana interna no debe nunca extirparla!

¡Es de vital importancia! ¡Para develar riesgos la podemos necesitar!

Para que la fuerza del trueno y la calma del mar, puedan en paz cohabitar.

Pero he tratado el trote, la copa y la meditación.

¡Ahora qué haré,  si ya no hay más solución!

¿Quién dijo que no?, preguntó sorprendido el doctor.

Le daré una pócima que a mi, con este dilema, me ayudó un horror.

Pero al momento que ya se la iba a entregar,

¡Derramó un poco y, en su coraje, el doctor mismo, la hizo estrellar!

Convencida de que ni la ciencia, ni los signos, le darían solución,

Se dio al camino de la exploración.

Tras duda, angustia y reflexión: ¡Algo muy nuevo su cerebro experimentó!

¡Y fue la respuesta que siempre que siempre anheló!

Regresando a su hogar, no sabiendo si todavía la podían amar,

buscó la peor situación, en la que su familia más la hacía rabiar.

Pero ésta vez no los atacó, ni pataleó ni violentó,

¡Su cabeza, un vacío, amígdala o no! Con valentía, enfrentó la cuestión.

Descendió sobre ella una gran claridad: Q ella era ella...los otros o no.

Nada en este mundo ya le podía afectar.
Tranquilo su cerebro, por fin pudo empatar:
La fuerza del trueno y la calma del mar.

Dicen las lenguas que suelen contar, que hasta su amígdala se pudo calmar;

y con voz nueva pero antigua, fuerte pero clara y asertiva pero en paz,

comenzó una nueva vida de armonía, que ni la ciencia pudo explicar.

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