La casa de la memoria

Seudónimo: La hechicera

                          

    Desde la primera vez que llegué a este lugar supe que regresaría, y algún día, aquí viviré para siempre.

Camino entre sus pasillos interminables en mi espíritu; la calidez de su aroma seco me cobija seduciéndome; cierro los ojos, escucho respiraciones que de su interior manan incitándome a respirar, tan profundo que a mi regreso a casa me siento avergonzada por haber penetrado, dejándome penetrar la intimidad.

 Cada inicio de año comienzo a escribir una historia nueva que, con el mismo a su fin envejece muriendo sin final, o tal vez, soy yo quien muere.

 Es tan helado el frío de diciembre que carcome mi piel dejándola como un velo lánguido y raído. Hiela cada uno de mis cabellos que rígidos pesan en mi cabeza; y a mis huesos, cala agrietándolos; en mis sueños cuelgan siendo estalactitas interminables, diluyendo gota, a gota. Razón por la cual cavé bajo mi cama un osario en donde los guardo oscura cerrando mi alma. Cada año es más lenta la espera del siguiente equinoccio que con su calidez me entibia el cuerpo y abre mi alma, por ello elegí un día claro de primavera para casarme.                                                                                                        

 Mañana salgo de viaje, regresaré el primero viernes de enero para continuar los preparativos para mi entrega; es el mismo día que habré cumplido diecinueve años de edad. Esta vez no iniciaré a escribir la historia de soledad como sucede cada año ya que muy pronto, ante Dios quedaré atada para siempre. Viajo a la playa escapando del frío invierno que me amortaja, no quiero descender al osario por temor a que queden rastros de oscuridad en mi piel, dientes y huesos cuando tan solo faltan escasos tres meses para vestirme de blanco.

La costurera ya está hilvanando el vestido para mi boda religiosa, pero aún falta la tela para lo más importante: mi velo de novia. Será largo para velarme el rostro sin dejarme ver; en mi cuerpo rígido serán alas que me llevarán ligera; y así mismo, velará los pasos que van quedando atrás en mi tránsito por el pasillo de las novias, en mi camino al altar. Es tan grande el miedo de atravesarlo que de no estar velada no podré avanzar. La vieja costurera que vive en el cuarto de la azotea del edificio me aseguró que encontraría uno a mi gusto en el “Callejón de las Muertas”. La buena mujer cosía las ropas de mi abuela, también bordó la espesa sábana con la que envolví el cuerpo de mamá para sepultarla, y desde el día del entierro todas las noches subo a la azotea para arroparme en ella.                     Hoy, poco antes del amanecer, la anciana me mostró la ruta en las líneas de la palma de mi mano izquierda. Me aconsejó apresurarme para visitar distintas tiendas y salir de las callejuelas antes del anochecer: “Cuentan que siglos atrás ese lugar fue un cuartel de guerra. Bajo el pavimento yacen enterradas las mujeres que enloquecieron de dolor por la muerte en batalla de los soldados esposos, hijos y amantes. La anciana también me dijo que en las noches frías se les escucha aullar bajo la luz de la luna. Posterior a la derrota del país, el sitio sepultado con piedras y cadáveres quedó abandonado.

Años después, a finales del año 1958 el gobierno del estado mandó construir ahí mismo una casa, hogar de los olvidados que perdieron alma, esperanza y memoria. El recinto fue construido sobre los escombros, y si acaso algún recuerdo de muro sobrevivió, fue respetado en recuerdo a los soldados”.                                                                                                                                      Una mañana, los dementes y monjas cuidadoras amanecieron muertos; con ellos el apiadado jardinero con su pala y pico que bajo los árboles les dio descanso eterno”.                                                                                                                                 

Dice la costurera que algunas mujeres sobrevivieron, y en algún lugar queda rastro de ellas. En el año 1838 derrumbaron el lugar dejándolo en el olvido. Setenta y tres años después se reconstruyó en el sitio un mercado, y detrás del mismo, un largo y angosto corredor que lleva por nombre “El Callejón de las Muertas”. A la entrada y salida venden flores blancas, y a pesar de su angostura, en ambas ceras levantan tiendas con anchos aparadores vestidos de gasas, mantillas, y velos ligeros para arropar a las novias jóvenes; y espesos y roñosos para cubrir los cuerpos las viejas. En medio de las calles hay puestos ambulantes vendiendo azares, monedas de la suerte, ramos, aras, amuletos, ensoñaciones y conjuros; y cada día llegan más artesanos de pueblos aledaños a vender las bondades y tristezas de su historia tejida a mano.

La anciana para protegerme de los malos espíritus me dio un puñado de ruda envuelta en manta roja atada con hilo negro, un ojo de venado, y dos dientes de ajo macho a los que tejió un nido; después musitó en mis oídos una oración que escondió bajo mis ropas y antes de encaminarme la prendió en mi pecho haciendo latir mi corazón.

Llegué al callejón poco antes del amanecer y esperé sentada en el borde de una fuente de piedra. Cuando por fin abrieron las tiendas caminé durante largo tiempo buscando mi velo. Me probé los bordados con perlas, de encaje, transparentes, de tul, satín, con tiara de flores para la frente, o atados a una corona de reina… pero ninguno era el mío. No quise regresar sin tenerlo, pero ya no me quedaba tiempo. Oscureció y caminaba de prisa cuando de pronto me di cuenta que se habían desprendido de mi pecho, la oración, los ajos y latidos de mi corazón. Ya no quedaban puestos ni gente en las calles. Los aparadores se ocultaron en velos oscuros y no quedaba una sola tienda abierta.                                                                                                           La oscuridad y vacío me confundieron, no sabía a dónde dirigirme. Busqué la salida en las finas líneas de la palma de mi mano derecha, pero se desvanecieron dejando mi piel plana mientras que las de la izquierda palpitaban engrosándose toscas. Aturdida no sabía si hacia atrás era la entrada, o salida; no comprendía si estaba caminando de frente, o de espaldas, y era tanto el frío que me penetró en los huesos y entumeció mis venas y cabellos. Dejé de respirar. O tal vez, empecé a hacerlo.

 A cada paso la calle crecía larga, oscura, y estrechándose tanto que ni el mismo aire podía pasar. Me asustó alguien caminando a mis espaldas, era un jardinero que con su pala y pico acercaba a mí cuerpo. Apresuré mis pasos y él también, llegamos a una esquina en donde dio vuelta el tiempo. El hombre con su pico y pala abrió un ancho boquete y atravesamos: en un cuarto iluminado por la luz de una veladora había en una de las paredes, un pequeño ventanal con barrotes; en otra, una puerta de metal asegurada con una barra que el jardinero forzó con su pico y abrió; salió a un jardín lleno de árboles en donde descansaban cadáveres. Me senté en un taburete frente a un viejo tocador, frente a mi colgaba un espejo,  al mirarme recordé a la mujer de la historia que escribía cada inicio de año y nunca podía terminar: “Una novia a quien pocos días antes de su boda mataron a su prometido en la guerra. La joven habiéndole prometido amor eterno a su amado  vistió de velos blancos y con su ramo de flores entre las manos llegó a la iglesia el día acordado para su matrimonio. Caminaba por el pasillo de las novias  cuando a la mitad comenzó a envejecer, sus manos flácidas dejaron caer el ramo, y sus largos cabellos de raíz a puntas encanecieron  tan fríos de dolor que entretejieron con sus cabellos.

Mirándome desenredo mis cabellos uno a uno hasta liberar el velo. Lo doblo cuidadosamente y me lo llevo tan ligera como el viento.

Apenas llego al edificio subo corriendo a la azotea para enseñárselo a la veja costurera. Abro la puerta pero no hay nadie.  Bajo corriendo las escaleras para que el portero me dé razón de la anciana. El hombre me responde: “Señorita, aquí no vive ninguna anciana, nadie podría vivir en ese boquete. Por favor saque sus pertenencias del cuarto, usted solamente lo rentó por tres días, y ya pasaron cuatro.

No me casé sino hasta siete años después y con un hombre a quién amé de verdad y seguiré amando hasta que la muerte me regrese a él, que con tanto amor cobijó mi soledad.                                                                                                                                                        Hoy cumplo noventa y tres años y después de que me visitaron mis hijos, bisnietos y nietos, una de mis nietas, la que tanto se parece a mí, me trajo al lugar en donde viviré: La Casa de la Memoria.

Camino lenta entre sus pasillos interminables en mi espíritu, los recuerdos vagan en mi mente y ando sigilosa, escucho respirar el aroma viejo y cálido que emana de muy dentro. En esta biblioteca también está mi libro, lo envuelve una suave pasta de piel que envuelve mí historia, misma que tejí con hilos del velo de novia que destejí de mis cabellos, e hilazas de sangre que colgaban de mi corazón.

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