Las dos princesas

 Pseudónimo: Juglari

            Nadie se sorprendió mas que la Reina misma cuando dio a luz, no a una, sino a dos princesas.  Ya nació la princesa, declaró la partera, como era tradicional dar el anuncio a la madre.  Y minutos más tarde repitió:  Ya nació la princesa.

            Los nueve meses, la partera había escuchado un solo corazón latir durante la revisión mensual, y es que las gemelas se habían sincronizado de tal forma que no se distinguía el latir de cada una.  Lo hicieron a propósito, pues se les hacía de lo más divertido imaginar la cara de la partera cuando viera que eran dos las herederas que nacerían ese 28 de octubre.

            Les gustó octubre para nacer, aunque las esperaban para noviembre.  A decir verdad, ya estaba muy apretado ahí y no querían reñir por que una tuviera el pie de la otra enterrado en su espalda o alguna no pudiera chuparse agusto el dedo porque la otra le estorbaba para alcanzar su boca. 

            Amamantar les fue fácil, porque la Reina tenía suficiente leche para ambas, y cuando una no quería comer, podía hacerse guaje, porque nadie nunca se acordaba cuál había comido más y cuál menos.  Dado que se entretenían entre ellas, no tenían que estar riéndose de los chistes bobos del Rey, que hacía ruidos como de estornudo, esperando que una, y otra, y otra vez, esto les causara gracia;  para la cuarta vez, se puede decir que más bien lo que les causaba era lástima.  Lo bueno es que cuando él y la Reina, las nanas y otros cortesanos las veían jugando entre ellas, se relajaban y las dejaban ser, sin hacerles mil caras chistosas que, a la larga, no lo eran.  Así pasó la vida, y pudieron jugar a lo que quiseran, hablar en el idioma que fuese -sea el del reino o el inventado entre ellas –  y, a la larga, estudiar lo que les apasionara.

            Quisera decir así fue el resto de sus vidas, que hicieron lo que les vino en gana, que se casaron a su gusto y fueron felices para siempre, pero no.  No fue así, pero no por lo que ustedes se imaginan.

            Les cuento: con su adolescencia surgió el dilema de encontrarles su futura pareja.  Si el Rey normalmente tenía que pensar en un desafío para elegir al futuro consorte de su hija, ahora debía quebrarse la cabeza aún más, pues tendría que elucubrar: dos desafíos.

            Curiosamente, al Rey no se le había ocurrido anticipar dicho problema pues, desde el principio, asumió que con un desafío era suficiente para encontrar a sus dos futuros yernos.  Sin embargo, pronto le hicieron ver la Reina y sus consejeros, que de efectuarse un solo concurso, sería de muy mal gusto darle a una hija un joven de primera...y a la otra...¡Un joven de segunda! ¡Era necesario obtener dos jóvenes de primera!

            ¡Ah! Y es que para comprender la encrucijada que angustiaba al Rey tienen que comprender ciertos datos acerca de él, que son relevantes.  Uno es que padecía de jaquecas desde jóven, por lo que pensar, en general, le  provocaba fuertes dolores de cabeza.  Y el otro dato es que era tradición que el Rey, y nadie más que él, diseñara el reto para la búsqueda de novios. 

            Imaginen entonces el doble dolor de cabeza que sólo pensar en esto le generaba al monarca. Nunca había sido muy bueno para resolver acertijos, lo cuál le hacía también no muy bueno para diseñarlos.  Y,  aunque ustedes no lo crean, en carreras y desafíos, nunca había participado.   Había venido a suceder que, cómo era el hijo de los Reyes anteriores, había heredado ser realeza y no había tenido que competir para ganar una esposa.  Al contrario, había paseado por el Reino hasta elegir a la que más la gustó y punto.  Fácil y sin problemas.  Nunca se arrepintió de su buena elección, era una mujer inteligente, comprensiva y guapa.  Y como a ella sí le hacían gracia sus estornudos falsos y demás gracias, él vivía muy feliz, entre jaqueca y jaqueca.  

            Algo bueno es que si el Rey evitaba pensar, eran mucho menos sus migrañas.  Sin embargo, para el cumpleaños 21 de sus princesas, no iba a poder evitar pensar.  Se compró varias dosis extra de la poción para sus dolencias, canceló todas su actividades de la semana y se retiró a sus aposentos con pluma y pergamino a diseñar lo que decidiría el futuro de sus hijas.

            Claro, al igual que a ustedes, a nadie en el reino le sonaba como que  las princesas fuesen el tipo de jovenes mujeres que acatarían con brazos cruzados la elección ajena de sus parejas de por vida.  Pues en ese punto, ustedes y todos, erramos:  sorprendentemente, esa parte de su educación fue muy contundente y no se les ocurrió que tendrían derecho de replica, de  protesta o de rechazo ante el destino que les tocara. Aceptarían al ganador sin problema.

            Sorprendentemente, los dos desafíos fueron francamente astutos;  basta decir que uno terminaba en lograr conquistar los mares y el otro las montañas.  Mucho se publicitaron, jóvenes se presentaron y al final los dos ganadores se vistieron de gala y se casaron cada uno con su princesa.

            La historia, sin embargo, no puede terminar aquí.  ¿Cuál sería el punto de haberles recontado  esto con semejante detalle si su no tuviese un climax, un desenlace y un final, como deben tener todos los cuentos, y sobretodo los de reyes y princesas?

            Bueno, pues al principio, la vida siguió y les fue fácil estar casadas. Si, en efecto, a veces intercambiaban lugar sin que sus esposos se dieran cuenta, y así si una no quería ir de cacería con su cónyuge, la otra iba, o si una no estaba de humor para la intmidad, hacían lo mismo.  Sus esposos eran felices porque siempre había ánimo de todo, y además mucha variedad de ropa, frescura y alegría.

            El problema, me imagino que estarán ustedes ya sospechando,  fue cuando tuvieron hijos.  Lo que primero sucedió, se imaginarán ustedes, es que cada una a luz, no a uno, sino a dos príncipes.   Ya nació la príncipe, declaró la partera, como era tradicional dar el anuncio a la madre.  Y minutos más tarde se volvió a escuchar, claro, ¡lo mismo, otra vez!

            Resultó que los cuatro bebés, lloraban al mismo tiempo, comían al mismo tiempo, necesitaban cambio de pañal al mismo tiempo y no dormían para nada...al mismo tiempo, Era demasiado.  Las princesas lloraban, claro, también al mismo tiempo.

            Ustedes podrán no creer mi historia y dirán que con tanto personal de servicio en palacio para ayudarles, todo esto se podría haber evitado desde que nacieron los bebés.  Pero no, no fue así.  Les servían y asistían, pero igual la paz no cundía.

            Un día de octubre, antes de sus cumpleaños, las lágrimas de las princesas se confundieron con la lluvia, durante una tormenta que inundó al reino entero.  Las infelices madres juntaron pañaleras y bebés y corrieron a las afueras del palacio, sólo para darse cuenta de que no cabían las dos con sus consortes y bebés en la misma canoa.

            El nivel de agua subía peligrosamente y no encontraban forma de acomodarse los ocho en pequeña nave.  La corriente acarreaba tortugas, cocodrilos y demás. Los rayos amenzaban y los truenos ensordecían.  Finalmente, tuvieron que dividirse, cada princesa en una canoa, con sus gemelos y marido; cada nave sobre la corriente, arrastrada en diferente  dirección. 

            Cuando cesó la lluvia y asomó el sol, fue la primera vez que cada familia experimentó la paz, desde que habían nacido sus niños.  Les cuento que, por primera vez, los niños no lloraron día y noche, mas si amamantaron cuanto quisieron, jugaron entre ellos y hablaron los idiomas que se les antojaron. 

            Cuando por fin la corriente las trajo de vuelta al castillo, cada una navegó con su familia, sin decir palabra, hacia una torre diferente, donde desembarcaron y se instalaron cada una en otro extremo del palacio. 

            Y, en efecto, el final ahora si lo podemos decir como se debe:  ¡Vivieron felices para siempre!  El Rey con menos jaquecas, porque, ya con sus hijas grandes, y con la Reina más al mando, él no tenía que pensar tanto.  La Reina, feliz de tener mucho que hacer y de ver a sus cuatro nietos llegar, jugar y... partir a dormir a sus propias torres.             Y las princesas, ellas también felices, cada una regresaba con su familia a su propia torre, después de haber juntado a los niños por la tarde a jugar.  Y a veces muy noche, si había luna llena, se podían ver las siluetas de las hermanas reunirse al centro del palacio y, bailando con alegría, su infancia  recordar.

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