Los miedos de Ariela

Seudónimo: Lola

Había una vez, hace mucho mucho tiempo, nació una niña que se llamaba Ariela. Ariela creció y creció hasta que tenía 5 años.

Ariela siempre se imaginaba muchas cosas, ella era una imaginadora. Pero un día Ariela estaba en su cuarto con las luces apagadas porque ya era hora de dormirse y se imagina una cosa horripilante, se imagino una bruja volando en su escoba. Se asusto tanto pero tanto pero tanto, que grito: ¡papá, mamá!, sus papas llegaro corriendo a su cuarto y su papa le pregunto: ¿que paso Ariela? Y Ariela contesto ¡la bruja!, su mamá le dijo: aquí no hay nada Ariela, es solamente tu imaginación, ya no tengas miedo, contesto el papá. Ariela ya no tuvo más miedo ese día.

La noche siguiente Ariela se imagino un terrible fantasma que tenia lentes y audífonos. Se asusto tanto pero tanto pero tanto, que grito: ¡papá, mamá!, sus papas llegaro corriendo a su cuarto y su papa le pregunto: ¿que paso Ariela? Y Ariela contesto ¡el fantasma!, su mamá le dijo: aquí no hay nada Ariela, es solamente tu imaginación, ya no tengas miedo, contesto el papá. ya no tuvo más miedo ese día.

Al otro día, Ariela ¡ya no podía dormir! Porque estaba en su cama con las luces apagadas y se imaginó algo muy muy horrible, se imagino se imagino una bruja volando en su escoba con un fantasma que tenia lentes y audífonos. Se asusto tanto pero tanto pero tanto, que grito: ¡papá, mamá!, sus papas llegaron corriendo a su cuarto y su papa le pregunto: ¿que paso Ariela? Y Ariela contesto ¡la bruja y el fantasma!, su mamá le dijo: aquí no hay nada Ariela, es solamente tu imaginación, ya no tengas miedo, contesto el papá, y Ariela pregunto: ¿Cómo le hago  para ya no tener miedo? Y su papá le contesto: concéntrate, cierra tus ojos e imagina algo bonito, algo que te guste mucho como una flor o una princesa o un vestido muy bonito. Ariela se concentro, cerro sus ojos y empezó a imaginar cosas bonitas que ella le gustaban, porque Ariela era una imaginadora  y dijo: aaa eso es lo que se tiene que hacer.

Esa noche Ariela aprendió que ella podía controlar su imaginación y Ariela ya nunca más tuvo miedo.

Fin.

Vivir… sin vida

Seudónimo: Chayotito

Era el 7 de Julio del 2011, cuando primero vi la vida, la luz, el inicio y objetivo de cualquier ser vivo en la tierra: nacer, crecer, reproducir y morir, el ciclo de la vida. ¿Porque? ¿Cual es el motivo por una parte el instinto y por otra, el tratar de darle significado y motivo a la vida. El día que nací, pude encontrar a mis 9 hermanos y mi madre, una hermosa Goldendoodle. El perro más decente que he tenido el honor de conocer. Los primeros meses de mi vida fueron bastante increíbles. Visitar el bosque, jugar con mis hermanos, comer cosas que encontraba en la calle y otras experiencias. Yo siempre he sido un perro bastante curioso y fui un cachorro bastante travieso. En las noches me escapaba con mi hermana Daniela al lago y nos quedamos horas jugando. Claro, luego mi madre nos regañaba y castigaba, pero son momentos que nunca olvidaré.

Después de 3 meses de experiencias inolvidables, y momentos increíbles con mis hermanos y hermanas, pasó algo horrible. Nosotros vivíamos en el bosque, era lo único que conocíamos. Nuestra madre siempre nos decía que nunca cruzaremos la “carretera”. Nosotros no sabíamos que era esta tal “carretera”, pero sabíamos que era el borde de donde deberíamos estar. Muchas veces, Daniela y yo íbamos al borde de la carretera para poder admirar las cajas voladoras. Eran estas estructuras de colores que, de manera mágica avanzaban. Mucho después, me enteré que estas cosas son llamadas coches y pasaban a una velocidad excepcionalmente rápida; tan rápidamente, que probablemente, podrían lastimarte gravemente, o hasta matarte. Un día, pasó un coche muy cerca de mi hermana y de mí. Casualmente, mi madre estaba justo buscándonos para cenar. Al pasar tan rápido, el impulso y la corriente del coche jalo a mi hermana, dejando a mi hermana en la carretera, indefensa, con cualquier posibilidad de que un coche la atropelle. Mi madre al verla, salió corriendo y en ese instánte, un camión estaba pasando por de lado de mi hermana, por lo cual mi madre empujó a mi hermana, salvándola. Vio cómo su vida, su propósito, su luz, se apagó, al frente de sus ojos, como una vela de cumpleaños. Es verdad, lo fácil que tu vida puede terminar, en un abrir y cerrar de ojos. Mejor dicho… solamente con un cerrar de ojos. Urgidos se bajaron del coche dos humanos, una hembra, y un macho, para checar a mi madre. Mid hermanos se reunieron alrededor y ahí fue donde toda mi realidad y mi vida había cambiado. Ya no existía la persona más importante de mi vida. Mi madre, mi creadora, mi fe, mi amor, mi razón por vivir. Este fue el momento en el que vi la cara aterrorizada de mis hermanos. El cadáver de mi madre, en medio de la carretera…donde mi corazón se quedó. 

La oscuridad tiene fin?

Seudónimo: Alexandra

¿Realmente la vida es tan bella como nos la cuentan?

Mi vida ha sido muy difícil, tener que ver todos los días un agujero de luz cuando estoy en la oscuridad es desgastante. 

Mi nombre es Hannah Grosz, tengo 12 años vivo en Varsovia, Polonia. Soy hija única, soy afortunada de ser judía y escribo estas palabras para que valoremos lo que tenemos antes de perderlo.

Toda mi vida era perfecta, iba y venía sin miedo ni peligro. En las mañanas iba a la escuela, jugaba con mis mi amigos, iba al cine con mis papás, paseaba, me encantaba bailar ballet, me encantaban los cumpleaños junto a mis papás, me encantaba leer y sobre todo disfrutaba mi vida. Pero comenzó a cambiar cuando un día no me dieron los boletos en la taquilla para ver mi película favorita. Una noche se empezaron a escuchar balazos y el caer de los vidrios rotos. A esa noche le llamaron la ”noche de los cristales”. Desde entonces los nazis empezaron a tratarnos tan mal, que yo, como los cristales, me sentía hecha pedazos.

Siempre me había sentido orgullosa de ser judía, amaba mis costumbres; mi religión y mi comunidad. También amaba el país donde vivo y aunque soy judía, también soy hondamente polaca. Ahora no entiendo porqué tanto odio, esa estrella de David que siempre fue nuestro símbolo de identidad, la tenemos que llevar cosida en nuestras ropas como símbolo de vergüenza.

Después de esa noche todo cambió, mi papá comenzó a quedarse sin trabajo. Sentimos el hambre y el frío, desplazando la vida cómoda y feliz que teníamos. Aquellos que se hacían llamar amigos fueron desapareciendo; es más, ya ni podía ir a la escuela. Mi mamá siempre decía que teníamos que tener fe que todo iba a mejorar pero yo, la perdí.

Con el tiempo, las calles de mi querida Polonia se fueron llenando de soldados y comenzó la guerra. Ahora habían alemanes en nuestra ciudad y a ellos no les gustaban los judíos. Un día mi papá llegó a casa y nos dijo que metiéramos en una sola maleta lo más valioso y necesario ya que, nos íbamos a mudar a una casa más pequeña. ¿Cómo empacamos toda una vida en una sola maleta? Era muy triste …     

La nueva casa era muy pequeña, mucho más que mi casa anterior. Ahí debíamos vivir con 10 familias más. Cada vez había menos comida, más pobreza y muchas enfermedades… quizás en sus rostro, eso a lo que aún llamaban fe.           Intentábamos seguir con nuestras vidas lo más normal posible. Pero a veces era muy difícil porque poco a poco íbamos perdiendo nuestra libertad; nuestra dignidad; nuestra salud, todo. La comunidad judía vivía así, a eso le llamaban gueto, había una pared muy grande que dividía a la comunidad judía del resto de Polonia. Pasaron los días, los meses y los años cada día venía al gueto un tren que se llevaba familias enteras, no sabíamos a donde se las llevaban o cuando volverían, lo único que sabíamos era que el hambre y la enfermedad estaban matándonos. 

Yo tenía mucho miedo de separarme de mi familia y no quería que llegara ese día, pero ese día llegó, nos subieron a un vagón con muchísima gente más, era un vagón de ganado, íbamos parados, sin poder respirar; sin poder descansar. No nos dieron ni comida, ni bebida y llegamos a un lugar mucho peor que el gueto. Ahí nos separaron de papá. 

Mi mamá y yo caminamos hacia unas rejas por donde se asomaban cabezas rapadas y unos lánguidos cuerpos cubiertos en telas a rayas. Nos veían con lástima. Claro, ahora lo entiendo, apenas llegábamos a la pesadilla de vivir en un campo de concentración.

Nuestros días en el campo fueron aún mucho peores, no sé bien cómo logramos sobrevivir, sólo recuerdo muy bien el día que nos liberaron a mi mamá y a mí. Recuerdo haber llorado mucho, pero no me acuerdo si de tristeza o alegría al salir. Nos esperaba la fatal noticia: papá no había sobrevivido. Nosotras muertas en vida por la noticia, intentamos comenzar la vida de nuevo y con la familia incompleta. 

Hoy que escribo la historia de mi vida muchos años después, sigo sintiéndome orgullosa de ser judía, de poder decirle a todos aquellos que se dejaron llevar por el odio injustificado a un pueblo: que estamos vivos. Que no nos dejamos vencer, que seguimos adelante y que la vida puede llenarnos de dolor, pero al final lo que importa es luchar, mantener la alegría de seguir vivos y no rendirse. 

Por último, retomando un poco la pregunta del principio, yo creo que la vida buena se busca, claro que hay tropiezos en el camino, pero nosotros construimos la felicidad, nosotros somos la llave.

Desayuno en tacones

Seudónimo: Churubuzco

En una gran ciudad, inundada de cultura, donde en cada rincón hay luces de colores que dan un toque mágico al follaje de edificios y calles llenas de taxis, se escuchan conversaciones en idiomas de orígenes desconocidos y vendedores ambulantes se acercan a todo el que se detenga. En la calle Maddison, caracterizada por su estilo lujoso y exclusivo, vive Tiffany, una mujer de carácter peculiar quien nunca permite que alguien la vea comer. Siempre porta una manicura con barniz de color rojo y no sale de su casa en zapatos que no sean de tacón, se diría que es la personificación de una Femme Fatale, el personaje de las películas cuyo objetivo es destruir al hombre a través de su femeninidád, sin embargo, ella gustaba cuidar y nutrir a su marido Robert, desde pequeña, de hecho.

Su afinidad por cuidar a sus queridos comenzó con su padre cuando enfermó, ella sólo tenía 11 años y tomó el rol de su cuidadora hasta su muerte repentina. Mamá no dio muchos detalles sobre cómo sucedió.

Cuando conoció a Robert en la escuela, siempre le llevaba comida para el recreo, lo acompañaba a clases y lo ayudaba en las materias que se le dificultaban. Llegó el momento de casar, ella supuso que ese hombre la iba a cuidar y amar sin importar la circunstancia. A pesar de ser un hombre privilegiado y exitoso, nunca ha dado las gracias por su taza de café en las mañanas, llega tarde a la cena y se va temprano al trabajo sin despedirse siquiera. Él nunca le pregunta a Tiffany cómo se siente, cómo le fue en el día o siquiera qué hizo, sólo se preocupa si la cena está hecha, y aún así, aunque Tiffany la mantiene caliente y servida cuando Robert llega, él encuentra algo de que quejarse: “Es demasiada, ¿cómo esperas que me acabe todo esto?”, “Es muy poca, ¿acaso me quieres matar de hambre?”, “Te he dicho que ya no quiero cenar esto”. No obstante Tiffany lo ama y mantiene la fachada de una mujer perfecta de la femeninidad ante la sociedad.

Un día como cualquiera, un martes, para ser exactos, Tiffany se levantó a las 6:00 am, una hora antes que Robert, se puso un vestido que acentuaba su silueta, se aplicó maquillaje finalizado por su labial rojo rubí y peinó su pelo con ondas perfectamente esculpidas. No faltan, como siempre, sus tacones favoritos, los primeros que le regaló su madre. Eran rojos, al igual que su labial y su manicura,  tenían un tacón tan delgado y filoso que uno se preguntaría cómo los puede usar por más de 10 minutos. Se dirigió a la cocina donde preparó una taza grande de café, sin azúcar y sin leche, sólo café, amargo y fuerte, una vez hecho subió a su habitación, eran las 7:00 am. Él, apenas despertando, fue recibido con su café y un beso en el cachete, Robert, apático como siempre solamente le contestó con un esbozo de sonrisa, rápidamente se vistió y como siempre se fue sin decir adiós.

Ella sabe que Robert no la merece, está bien enterada de que esta fachada, la de la esposa perfecta que pone todas las mañanas, la está matando por dentro. Robert la hizo así, él es quien la domesticó, antes de él, Tiffany disfrutaba de cuidar a las personas, pero él ha hecho que ella viva como una ayudante de casa. Le tiene que poner un alto a su abuso.

Tiffany se dirigió hacia el edificio donde trabaja Robert, un rascacielos en el centro de la ciudad, en el elevador en camino a su oficina, se repetía a ella misma una y otra vez lo que le iba a decir a Robert. Sólo planea confrontarlo pero el momento en el que se abren las puertas, quedó paralizada al ver a Robert sentado en su escritorio, ella nunca lo había confrontado, no se pudo armar de valor y cobardemente decidió regresar a su casa. Quedó perpleja, no sabía lo que acababa de hacer así que llamó a su madre y le comentó la situación. Su madre, Lilly, siempre sabe qué decir, es su consejera más confiable.

Todos dicen que Tiffany y Lilly son como gemelas, no es extraño. Lilly desde pequeña implementó un régimen de belleza muy estricto y al tener a su hija se lo pasó como una reliquia familiar. Lilly, durante su conversación, mencionó los tacones que le regaló a Tiffany, se los dio unas semanas después de la muerte de su padre: 一Esos tacones me ayudaron en uno de los peores momentos一, dijo con un tono de voz más serio de lo usual. Tiffany no le prestó mucha atención ya que vio una foto de su padre enmarcada en su buró, ella levanta la foto viéndola con nostalgia y le dijo a Lilly cuánto lo extrañaba.

El reloj marcaba las 3:00 pm, Tiffany se dirigía a la comida de cumpleaños de su amiga Sonia, quien se encontraba en un bar de rooftop con un grupo de mujeres a quienes Tiffany apenas había visto. Tomaron asiento al lado de una mujer alta, de  carácter dominante e intimidante pero que, a la vez, le invocaba un sentimiento de  seguridad. Su nombre es Índigo, lo dice la carta a un lado derecho de su plato. Tres horas y media después de su llegada, Tiffany e Índigo estuvieron juntas en todo momento, para ellas, segundos. Índigo inexplicablemente, como un hechizo, logró abrir la jaula donde Tiffany había estado aprisionada tanto tiempo. Nunca en su matrimonio con Robert se había sentido así; antes se había creído invisible pero por fin encontró a alguien que la hace sentir importante. Después de tanto tiempo, Tiffany finalmente se sintió visible dentro de una gran ciudad.

Otra mañana como cualquiera, un miércoles, para ser exactos, Tiffany se levanta a las 6:00 am, una hora antes que Robert. Tiffany se dirige a la cocina donde prepara una taza grande de café, sin azúcar y sin leche, sólo café, amargo y fuerte. Son las 6:40 am, Robert permanece dormido mientras Tiffany lo mira con resentimiento, ella sabe que Robert no la merece, le tiene que poner un alto a su abuso.

Tiffany se siente entumecida esta mañana, voltea abajo hacia sus pies adornados por sus tacones de aguja, se quita uno y se dirige hacia Robert, quien permanece dormido en su lado de la cama. Le tiene que poner un alto a su abuso. Le tiene que poner un alto a su abuso. Le tiene que poner un alto a su abuso. Tiffany calza su tacón y se apresura hacia el cuarto de  lavado. Bien le había enseñado su madre que las manchas de sangre no son nada fáciles de quitar si no se lavan de inmediato.

La razón del dolor

Seudónimo: Tigresa

A veces uno se pregunta ¿por qué? ¿por qué todo lo malo me tiene que pasar a mi?, ¿por qué hay tanto dolor en mi vida? Es por eso que en esta historia Isabella y Jack te cuentan de su vida y del dolor emocional.

Todo empieza cuando Daniela una simple adolescente de 19 años se fue de viaje con su novio Max, en el cual se dejaron llevar a la luz de las estrellas. 

Unos días después del regreso, Daniela —quien cursaba el primer semestre de arquitectura— sufrió los mareos de lo inesperado. Asustada y angustiada, parecía imposible, pero no lo fue. Daniela cayó llorando,  diciendo “no sé que voy a hacer”. 

Daniela tenía razón, es imposible entender los misterios del amor. 

Cuando Max se enteró reaccionó de la mejor manera. Sin embargo, sólo hubo apoyo por parte de la familia de Daniela, pero al final lo único que necesitaban era tenerse el uno para el otro. 

A los 4 meses del embarazo compraron un departamento en España. Max —en contra de la petición de Daniela— abandonó sus estudios, más adelante tomó la decisión de pedirle matrimonio. La boda fue un evento íntimo donde solo estuvo presente la familia de Daniela. La luna de miel fue apresurada, debido a los 8 meses de embarazo. Hasta que finalmente llegó el día en el que Isabella llegó al mundo. 

Isabella, una niña de aquellas que todos quieren ser, con una vida muy feliz,pero eso acabó con la tragedia de su vida. 

A los 3 años nace Sofía —la nueva hermana de Isabella— quien más adelante tiene un accidente de coche, donde su corazón dejo de latir, mientras que el de Isabella se destrozó al enterarse. Después de muchas lágrimas y llantos cuando creyó superarlo, vino lo peor. 

Una falta de aire sintió Isabella, cayó en la cama del hospital después de un desmayo. Estudios mencionaron lo inexplicable, cáncer de pulmón muy avanzado, a lo que procedió mucho llanto y desesperación. Sin embargo, una bella noticia: el doctor confirmó que hay un donante disponible. La operación salió bien, Isabella superó lo que ha matado a tantos, o al menos eso pensó. A partir de ahí, le tuvo un gran respeto a la vida, hasta que un año después de vivir feliz, amanece de nuevo en el hospital. Salió a la luz la verdad que nadie sabía. “El mundo te toma por sorpresa” fue lo último que dijo antes de dejar de luchar. Se fue preguntándose a sí misma:
—¿por qué no lo supere, por qué se esparcía en mi cuerpo más y más mientras yo creía superar la muerte? y la pregunta del millón ¿por qué vivió con tanto dolor?.—

Comienza la vida de Jack, el niño conocido como el que perdió a toda su familia en aquel incendio. El huérfano que terminó en la calle y nadie lo ayudó. Hasta que llegó su “ángel” o más bien su “diablo” porque llegó a salvarlo de la calle pero a convertir su vida, en su peor pesadilla. Fue sacado del orfanato, donde Gabriel un hombre muy amigable, pero terrible por dentro lo adoptó. El infierno comenzó. Alcohol, golpes, hambre, sed y maltrato. Jack, sólo sobrevivió los siguientes siete años con lo más importante, con el recuerdo de una niña en el hospital. Se escondía y corría para ver a Lilian, una amiga que era el amor de su vida. La conoció yendo por el alcohol de Gabriel y al segundo lo desvió de su camino. Desde  entonces se veían todos los días, ella imploraba que se escapara, pero él se negaba. Hasta que un día los golpes fueron extremos, Gabriel estaba tan enfadado que los golpes fueron terribles, ahí es cuando la decisión es tomada y Jack se escapó, pero antes se encontró con la muerte. En el momento de la huida apareció Gabriel. 

Jack con mucho miedo tartamudeó —¿no fuiste a trabajar?—.

Gabriel lo golpeó y gritó —¿a dónde pensabas ir?— 

Jack enmudeció y Gabriel ¡sacó un arma! Jack vio su vida pasar. Le vinieron más recuerdos en el hospital, imágenes todos de esta misma niña, recuerdos como si fuera su propia vida, una de una niña rubia de ojos verdes llorando en su cama, otra imagen viene… ella en su cama, a punto de morir. Todas estas visiones lo hicieron reaccionar que esa fue su vida pasada y se preguntó ¿por qué, porque en mis dos vidas sufrí tanto? ¿Por qué no pude vivir una vida feliz? ¿por qué hay tanto dolor en mi? Al abrir los ojos recordó que está a punto de morir, empezó a correr más rápido que nunca, mientras corría le vinieron más visiones de la misma niña pero, ahora son momentos en los que está sonriendo. De ahí provienen visiones de él mismo de los momentos buenos con su familia. 

Por fin encontró a Lilian, la besó, la abrazó y por un momento miró al cielo, como buscando algo, pensó en su familia y en Isabella. Así se dio cuenta de algo revelador: por más miserable que fueron sus vidas, es imposible rendirse. 

Ahora tengo 72 años y soy yo, Jack. Vivo con Lilian, mi esposa, mi ángel y mis dos hijas. Contándoles a ustedes mi historia para que se inspiren a seguir adelante siempre, a nunca rendirse. Si hoy me preguntaran, te arrepientes de algo, yo les contesto: no. Cada paso en mi vida me ha llevado a lo que soy hoy y eso no lo cambio por nada. Aprendí que la razón del dolor no es gracias a las cosas que pasan, si no es por cómo reaccionas, puedes convertir la muerte de familiares en un dolor insoportable o en un recuerdo infinito y yo, ese día que miré al cielo decidí irme por el recuerdo infinito. Así que recuerda, la única razón del dolor eres tú. 

Obsesion

Seudónimo: Orquídea

Estaba obsesionada,

la «imagen perfecta», 

busqué en el mundo, 

por dentro,  y por fuera, 

por un momento pude decir:

de eso se trata la vida, mi vida ha pasado 

a través de cámaras y filtros. 

Mi cámara, usada con orgullo, 

Lo captado: lo veo y lo celebro…

los momentos que siempre guardaría dentro.

Pero me detengo, miro hacia atrás.

No puedo recordar cómo me sentía.

¿Qué había en el momento?  

No recuerdo el calor o el olor del aire,

No recuerdo cómo era el día,

ni siquiera, qué día era.


Lo único que tengo 

                        ahora es de la foto

 una foto vacía.

Dejo mi cámara de lado

Comienzo a usar mis ojos. 

Comienzo a usar mi memoria

—en lugar de la galería—

Ahora,

la vida es mucho mejor cuando no la veo a través de un lente. 

Frente al espejo

Estoy fea, estoy gorda, soy asquerosa, tengo que dejar de comer…

Estoy parada frnete al espejo, veo a alguien a quien ya no reconozco, a quien que ya no es como antes. Me veo al espejo y lloro.

Hola, soy Andrea, tengo una hermana con anorexia nerviosa, se llama Lily. siempre se está criticando y no se quiere a sí misma, tengo miedo por mi hermana, a mis papás les dijeron que si no se cuida, puede morir.

Hace un año que empezó a dejar de comer bien, mis papás se dieron cuenta. La llevaron a hacer estudios y la diagnosticaron con anorexia nerviosa. Visitamos una psicóloga y una nutrióloga. Lily, cada vez que come, es vigilada.

¿Cómo llegamos aquí? Cuando ella era pequeña, siempre le hicieron comentarios sobre el cuerpo, la comida. Escuchaba a las personas comentar sobre otros cuerpos; de hacer dietas; de ejercicios y ensaladas.

No faltaron los amigos y familiares que criticaban a Lily… ¿que estaba gorda? Así que, Lily lo guardó y lo dejó crecer. Cada vez que comía se sentía culpable, por lo que iba al baño, se metía el dedo a la boca para provocarse el vómito. A escondidas, con la ducha abierta para disimular los ruidos de su sufrimiento.

Todos los días se pesaba, quería ser perfecta, contaba sus calorías, sus pasos sus rutinas, ella era su peor enemiga.

Cada vez que comía iba anotando las calorías que llevaba, si algún día se pasaba de 800 calorías lloraba, se culpabilzaba, se mataba toda la noche haciendo ejercicio.

Le encantaba bailar y en esta actividad sus amigas fueron testigos de sus continuos desmayos, de su cara pálida, de su postura deslavada y la transparencia de sus huesos. Confesó a su amiga más cercana:
—Me he provocado el vómito, por un año continuo.

Su amiga, lamentablemente, compartía el mismo mundo.

Mi Lily, mi hermana… su salud empeoró, la llevaron de urgencia al hospital porque se puso grave. Se desmayó en su clase de baile y se pegó en la cabeza.

Cuando despertó en el hospital su mamá le dijo que no quería decirle sus últimas palabras. Un infierno más comenzó para ella: le tuvieron que meter suero por las venas, se le hincharon todos los brazos, se le pusieron todos morados porque todos los días la torturaban agujas para poder alimentarla.

Pudo salir adelante, le costó mucho trabajo. Sin ella, nuestra madre hubiese muerto…pero de puro dolor.

Para poder pagar todo los gastos del hospital, de la terapia, la nutrióloga y los estudios, nuestros padres tuvieron que vender la casa y el coche. Lo cual era nada, a lado del valor de salvar la vida de Lily, quien poco a poco se fue recuperando.

Su amiga, quien vivió el mismo infierno, no pudo contar la misma historia. Falleció.

Hoy en dia Lily es nutrióloga, especializada en desórdenes alimenticios. Con la intención  de poder ayudar a las personas que tienen casos como el que tuvo ella. La manera más efectiva es curar es desde dentro, valorar que la vida y las de todos es muy importante. Que los cuerpos no nos definen y que no debe importar lo que otro piensen. Ahora Lily también da conferencias sobre porqué y cómo le hizo para salir adelante, así sobre cómo prevenir un transtorno alimenticio

Lily, en una de sus conferencias, recordó a su amiga en un discurso conmovedor

Querida Carla, te quiero mucho, fuiste muy importante en mi vida, me pongo triste porque no pudiste salir adelante. Sin embargo, gracias por lo que me enseñaste, por las aventuras, experiencias, chismes, risas, por todos los momentos que tuve contigo, felices y tristes. Por haberme ayudado en todos mis momentos, te extraño y me hubiera gustado, ahorita, en este momento, estar contigo dando esta conferencia. Me hubiera gustado que pudieras venir a mi boda, verme con mi vestido de novia, conocer a mis hijos y me hubiera gustado que tus hijos y mis hijos fueran amigos. Me hubiera encantado haber pasado más experiencias importantes juntas, fuiste y siempre seras una de las personas más increíbles e importantes en mi vida. No te puedo agradecer de ninguna forma, porque no hay manera de agradecerte por todo, es demasiado. Espero desde el cielo me estés escuchando.

Ella continuó…

Mamá, papá, les quiero agradecer por todo lo que hicieron por mí. Por haberme salvado la vida incluso aunque no tuvieran dinero, les agradezco por haber dado todo por mi tratamiento. Les agradezco que me dieran la vida, me mostraron el camino indicado para vivirla y mirar hacia adelante, siempre juntos.

Fue impactante lo que le siguio…

A la anorexia, bulimia y a la vida:

Les quiero decir que de verdad no la pasé nada bien, tenía miedo, tenía ansiedad, no podía dejar de llorar, no podía dormir, hay veces no iba con mis amigos para compensar las calorías extras que, según yo en ese momento, comía de más. Sintiéndome incómoda, insultándome y lo más triste es que veía a la comida como mi enemiga, y no encontraba un sentido para vivir. Ya no quería vivir ya no encontraba razones por las cuales vivir, pero gracias a las personas increibles que me rodearon, pude combatirles. Las derroté, anorexia y bulimia.

Finalmente se dirigió al presente…

A mis pacientes y a mis hermosas niñas:

Les quiero decir que valoren su vida, que tienen una vida por delante increíble, que piensen en sus papás, en sus amigos, en lo que más les gusta hacer. Todo eso, lo están perdiendo por querer tener un cuerpo perfecto y en realidad no hay un cuerpo perfecto. Todos los cuerpos son perfectos, quiéranse y ámense a ustedes mismas, ustedes son su propio templo.

Lily destinaba parte de sus ganancias en donativos a programas para personas con desórdenes alimenticios, para poder salvar vidas.

Bueno, de verdad estoy agradecida que mi hermana pudo salir adelante, ella fue todo para mí, mi compañera, mi mejor amiga, mi persona de confianza, mi ayudante. Mi ejemplo a seguir…. Y lo que imagino al verme, mientras lloro, frente al espejo.

Una visita “inesperada”

Seudónimo: Hineni

Hoy no hubo comida familiar. Es ya el tercer domingo que no hay comida familiar, pero este domingo se siente “raro”, pues no sabemos cuántos domingos más no podremos reunirnos, cuántas cenas más de Shabat no podremos compartir. No se sabe cuánto tiempo más estaremos en confinamiento… De hecho, se sabe muy poco todavía sobre el virus que parece haber detenido la rotación del planeta…

La casa se siente sola. Estoy sentada en el sofá del estudio, sintiéndome rara y con un hoyo en el estómago, pero no es hambre… No sé qué es. Recorro el callado espacio con la mirada y al observar el otro lado del sillón, me sorprendo al ver sentada muy cómodamente a Incertidumbre. Me devuelve la mirada y no sé si solo se está burlando de mí o si me observa con la certeza de que lo que siento es la ansiedad que me causa su presencia no anunciada.

—A ti, ¿quién te invitó? —le pregunto molesta.

—Nadie tiene que invitarme, todo el tiempo llego de visita, lo que pasa es que siempre prefieres no verme.

Me le quedé mirando desconcertada, pensando que, tal vez, tenía razón. Desde la noticia de la contingencia sanitaria, todo giraba en torno a la incertidumbre y, en ese momento, viéndola frente a mí, tan tangible y concreta, ya no podía ignorarla.

Incertidumbre se estiró sobre el sofá y me dijo:

—Hazte un tecito para calmar tu ansiedad y, de paso, ¿me haces uno a mí, por favorcito?

Su cinismo me indignó y sentí cómo la cara se me ponía roja y caliente de enojo.

—¿Te parece gracioso que, por tu culpa, por no tener certeza de qué pasará mañana, en una semana o varios meses ya no podamos hacer planes o tengamos que cancelar los que ya teníamos? —le grité furiosa.

Por toda respuesta, ella levantó los hombros.

Sin saber por qué, seguí su consejo y me encaminé a poner agua para el té.

Entré a la cocina y vi las cajas de matzá sobre el mostrador, sentí que el corazón se me apachurraba. Más seguro que incierto, ya tampoco podríamos celebrar Pesaj todos juntos en familia.

Me di cuenta de que ya no sentía enojo, sino mucha tristeza. Los desayunos de los miércoles, compartidos entre amigas desde hacía 30 años, también cancelados; tal vez, también tendría que cancelar el viaje que había planeado desde hacía meses ilusionada en ver a familiares y amigas…

De pronto, me pareció que, en esas tres semanas, el mundo se había hecho tan chiquito como el espacio de la cocina.

Con desilusión, guardé la matzá en la alacena, diciéndome en silencio: “Sí, qué bueno que puedo hablar con mis hijos, nietos y toda la gente que quiero por teléfono, por videollamada o videoconferencia, porque verlos y escucharlos me reconforta, pero me hace falta olerlos y tocarlos. Me hace falta abrazar y acompañar en su duelo a quien ha perdido a un ser querido y compartir mi propia tristeza, si se trata de alguien que yo también amaba”.

¿Será que el confinamiento es la manera adecuada para cuidarnos, cuando las circunstancias del encierro intensifican o sacan a la luz (o a la oscuridad) problemas en la pareja que ya existían, pero que estaban amortiguados por la seguridad de tener un sustento y la certeza del ir y venir de la rutina diaria? ¿Realmente el confinamiento será la forma indicada para no enfermarnos, cuando muchas relaciones familiares se han deteriorado, tanto a causa de las preocupaciones y pérdidas económicas, como de las fricciones que surgen con la interacción ininterrumpida, sin los espacios individuales de convivencia que brindaban los lugares de trabajo, la escuela y otras actividades, y sin los hábitos y la disciplina que daban sentido al día a día?

¿La sana distancia será tan sana, cuando ese metro y medio nos separa kilómetros del afecto y la familiaridad que nacen y se refuerzan a través del contacto físico y las experiencias compartidas en vivo y en directo?

¿Será que con la sana distancia y el confinamiento la familia pierde familiaridad?…

Mientras caminaba con el té de regreso al estudio, dejé las preguntas colgadas en el aire, pues no tenía respuestas y tratar de encontrarlas me estaba haciendo sentir más ansiosa.

A mi paso, el comedor y la sala vacíos se llenaron de un profundo sentimiento de nostalgia… Me vi poniendo el mantel sobre la mesa, los cubiertos, los vasos, las servilletas y yendo y viniendo de la cocina al comedor con la salsa, los limones, el chile, los aguacates… “Ahora, no se me va olvidar cortar la jícama ni pelar las tunas”, pensé percibiendo en mi imaginación los olores de la comida y sentí la alegre expectativa de ver llegar a mis hijos y nietos a casa de pá y de má, de zeide y bobe. “A lo mejor, no en Pesaj, pero, tal vez, alguno de los siguientes domingos”, me dije, tratando de consolarme.

—¿Otra vez ya haciendo planes?

La voz de Incertidumbre me arrancó de golpe el frágil consuelo. Triste y desanimada me tumbé en el sofá. Ella tenía razón, de nuevo, ya estaba haciendo planes que no sabía si, de nuevo, tendría que cancelar…

—Todas estas circunstancias te han obligado a reconocer mi presencia, pero la verdad es que siempre, con virus o sin virus, entre tus planes y el momento de llevarlos a cabo, estoy yo.

Por más que me chocara su actitud un tanto soberbia, no podía negar que tenía razón. Todos los días, cuando vamos a acostarnos, planeamos levantarnos a la mañana siguiente, sin tener ninguna certeza de que despertaremos ni que todos los demás planes que tenemos para ese día, esa semana o ese mes sucederán. Imprevistos de todo tipo, problemas inesperados, accidentes, enfermedades graves o no graves, tráfico, temblores, inundaciones, etc., Todo el tiempo, sin darnos cuenta, evadimos el malestar que nos causa la incertidumbre, pues nos gusta la seguridad que nos hace sentir la certeza, aunque no exista más allá de nuestra cabeza. 

—No lo había pensado, pero tienes razón —le respondí rindiéndome a la verdad de sus palabras y hasta sintiendo algo de simpatía por ella. —En este mundo, tal vez lo único que no cambia es que podemos estar totalmente seguros de que nada es seguro totalmente.   

Incertidumbre ni me escuchó, se quedó dormida y así permaneció durante las siguientes semanas. De vez en vez, la escuchaba roncar, volvía a sentir el hoyo en el estómago y de la ansiedad, pasaba al miedo, un poco o un mucho como todos, quienes lo admitían y quienes no. Miedo ante la posibilidad de contagiarnos, de contagiar a otros; miedo de enfermar y enfrentar la probabilidad de morir o perder seres queridos… Pero el miedo se calmaba al verla acomodarse y oírla respirar, otra vez, suave y acompasadamente, mientras recordaba sus palabras y pensaba que, tal vez, solo era miedo a aceptar que, efectivamente, la única certidumbre en esta vida es la incertidumbre que nos acompaña siempre.

Sin embargo, verla ahí acostada todo el tiempo no dejaba de inquietarme e incomodarme… ¿Hasta cuándo seguiríamos así?, ¿cuándo podríamos regresar a la cómoda vida de las certezas posibles, aunque no siempre seguras?

Eventualmente, medio me acostumbre a tenerla en casa, a veces, ya ni cuenta me daba de que, a pesar de que ya había terminado el confinamiento, Incertidumbre seguía ahí, tirada en el sillón.

Un año después, ya también medio acostumbrada a la “nueva normalidad”, llegó el gran domingo inaugural: el día del padre en el que, por fin, todos nos reuniríamos en casa a comer y festejar a los papis de la familia

Todos estábamos felices, pues aunque ya nos habíamos visto durante ese tiempo, la comida del domingo, todos juntos en nuestra casa, no se había dado… ¿Porqué no se había dado?, ¿por la cuarentena, las vacunas o solo por esos imprevistos que usa Incertidumbre para recordarnos que entre lo que deseamos hacer y hacerlo, siempre está ella?

Después del postre, los adultos hicimos una alegre sobremesa y los nietos se sentaron a platicar en el estudio.

Estaba llevándoles algo de fruta, cuando encontré a Abigal parada en el pasillo, pensativa y como dubitativa.

Me le acerqué. Estaba a punto de preguntarle qué hacía ahí paradita, cuando ella me tomó de la mano y me preguntó confundida:

Bobe, ¿dónde está el baño al que siempre iba cuando venía a tu casa?

Esta nena de apenas cuatro años había pasado el 25% de su vida sin pisar la casa de sus abuelos y había perdido el mapa de la certeza sobre hacia dónde caminar en un espacio que ya no le era familiar.

Por unos instantes, me puse en los tenis rosas de la pequeña Abigal, cuyo mundo también se había vuelto chiquito. Ubicarla de nuevo en la casa, fue fácil, pero ¿cómo explicarle que yo también me sentía desorientada, que llevaba meses tratando de encontrar un Waze que me diera indicaciones confiables y certeras, sin recalcular una y otra vez la ruta, antes de decirme que estaba en la calle correcta, a 100 metros de dar la vuelta para llegar a la avenida certidumbre?

Incertidumbre me guiñó un ojo desde el sofá, el cual, ahora, compartía con mis demás nietos.

Recobrada la certeza del camino, Abigal entró al baño, y yo me quedé pensando en que, como ella, no necesitaba un Waze, sino volver a familiarizarme con el mundo conforme volvía a su tamaño original, entendiendo que en él, chico o grande, las certezas solo llegan a ratos, en el presente, en el instante mismo en que toda la familia está sentada a la mesa, durante los minutos que disfrutamos un desayuno con las amigas, cuando arribamos al destino del viaje tan anhelado, cuando encontramos el camino al baño y en el momento que damos la bienvenida en nuestra casa a la certeza de la incerteza, a certidumbres e incertidumbres, ambas parte de la vida, con pandemia o sin pandemia.

Y aunque comprenderlo no nos brinda la certeza de que la visita “inesperada” de la incertidumbre no nos causará malestar, siempre podemos considerar tomarnos un tecito con ella, para calmar la ansiedad.

Bicicleta

Seudónimo: Tamara

Cuando empiezo a pedalear otra vez
Una sensación que me lleva a otro nivel
La memoria me transporta a otra forma de ser Alguien que me cae bien

Pedalear es avanzar, es crecer
Me hace viajar y me dan ganas de volver a creer
No puedo pedalear hacia atrás así que ni para que voltear Mientras tenga esta sensación todo es paz

Tantos recuerdos y todos sonriendo
En ruedas me mantengo
El equilibrio se sostiene del movimiento Y la velocidad me da aliento

Mi vida se mide en pedaleadas,
ya que cada una en distintas tierras ha logrado grandes rodadas