La oscuridad tiene fin?

Seudónimo: Alexandra

¿Realmente la vida es tan bella como nos la cuentan?

Mi vida ha sido muy difícil, tener que ver todos los días un agujero de luz cuando estoy en la oscuridad es desgastante. 

Mi nombre es Hannah Grosz, tengo 12 años vivo en Varsovia, Polonia. Soy hija única, soy afortunada de ser judía y escribo estas palabras para que valoremos lo que tenemos antes de perderlo.

Toda mi vida era perfecta, iba y venía sin miedo ni peligro. En las mañanas iba a la escuela, jugaba con mis mi amigos, iba al cine con mis papás, paseaba, me encantaba bailar ballet, me encantaban los cumpleaños junto a mis papás, me encantaba leer y sobre todo disfrutaba mi vida. Pero comenzó a cambiar cuando un día no me dieron los boletos en la taquilla para ver mi película favorita. Una noche se empezaron a escuchar balazos y el caer de los vidrios rotos. A esa noche le llamaron la ”noche de los cristales”. Desde entonces los nazis empezaron a tratarnos tan mal, que yo, como los cristales, me sentía hecha pedazos.

Siempre me había sentido orgullosa de ser judía, amaba mis costumbres; mi religión y mi comunidad. También amaba el país donde vivo y aunque soy judía, también soy hondamente polaca. Ahora no entiendo porqué tanto odio, esa estrella de David que siempre fue nuestro símbolo de identidad, la tenemos que llevar cosida en nuestras ropas como símbolo de vergüenza.

Después de esa noche todo cambió, mi papá comenzó a quedarse sin trabajo. Sentimos el hambre y el frío, desplazando la vida cómoda y feliz que teníamos. Aquellos que se hacían llamar amigos fueron desapareciendo; es más, ya ni podía ir a la escuela. Mi mamá siempre decía que teníamos que tener fe que todo iba a mejorar pero yo, la perdí.

Con el tiempo, las calles de mi querida Polonia se fueron llenando de soldados y comenzó la guerra. Ahora habían alemanes en nuestra ciudad y a ellos no les gustaban los judíos. Un día mi papá llegó a casa y nos dijo que metiéramos en una sola maleta lo más valioso y necesario ya que, nos íbamos a mudar a una casa más pequeña. ¿Cómo empacamos toda una vida en una sola maleta? Era muy triste …     

La nueva casa era muy pequeña, mucho más que mi casa anterior. Ahí debíamos vivir con 10 familias más. Cada vez había menos comida, más pobreza y muchas enfermedades... quizás en sus rostro, eso a lo que aún llamaban fe.           Intentábamos seguir con nuestras vidas lo más normal posible. Pero a veces era muy difícil porque poco a poco íbamos perdiendo nuestra libertad; nuestra dignidad; nuestra salud, todo. La comunidad judía vivía así, a eso le llamaban gueto, había una pared muy grande que dividía a la comunidad judía del resto de Polonia. Pasaron los días, los meses y los años cada día venía al gueto un tren que se llevaba familias enteras, no sabíamos a donde se las llevaban o cuando volverían, lo único que sabíamos era que el hambre y la enfermedad estaban matándonos. 

Yo tenía mucho miedo de separarme de mi familia y no quería que llegara ese día, pero ese día llegó, nos subieron a un vagón con muchísima gente más, era un vagón de ganado, íbamos parados, sin poder respirar; sin poder descansar. No nos dieron ni comida, ni bebida y llegamos a un lugar mucho peor que el gueto. Ahí nos separaron de papá. 

Mi mamá y yo caminamos hacia unas rejas por donde se asomaban cabezas rapadas y unos lánguidos cuerpos cubiertos en telas a rayas. Nos veían con lástima. Claro, ahora lo entiendo, apenas llegábamos a la pesadilla de vivir en un campo de concentración.

Nuestros días en el campo fueron aún mucho peores, no sé bien cómo logramos sobrevivir, sólo recuerdo muy bien el día que nos liberaron a mi mamá y a mí. Recuerdo haber llorado mucho, pero no me acuerdo si de tristeza o alegría al salir. Nos esperaba la fatal noticia: papá no había sobrevivido. Nosotras muertas en vida por la noticia, intentamos comenzar la vida de nuevo y con la familia incompleta. 

Hoy que escribo la historia de mi vida muchos años después, sigo sintiéndome orgullosa de ser judía, de poder decirle a todos aquellos que se dejaron llevar por el odio injustificado a un pueblo: que estamos vivos. Que no nos dejamos vencer, que seguimos adelante y que la vida puede llenarnos de dolor, pero al final lo que importa es luchar, mantener la alegría de seguir vivos y no rendirse. 

Por último, retomando un poco la pregunta del principio, yo creo que la vida buena se busca, claro que hay tropiezos en el camino, pero nosotros construimos la felicidad, nosotros somos la llave.

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