Una visita “inesperada”

Seudónimo: Hineni

Hoy no hubo comida familiar. Es ya el tercer domingo que no hay comida familiar, pero este domingo se siente “raro”, pues no sabemos cuántos domingos más no podremos reunirnos, cuántas cenas más de Shabat no podremos compartir. No se sabe cuánto tiempo más estaremos en confinamiento... De hecho, se sabe muy poco todavía sobre el virus que parece haber detenido la rotación del planeta...

La casa se siente sola. Estoy sentada en el sofá del estudio, sintiéndome rara y con un hoyo en el estómago, pero no es hambre... No sé qué es. Recorro el callado espacio con la mirada y al observar el otro lado del sillón, me sorprendo al ver sentada muy cómodamente a Incertidumbre. Me devuelve la mirada y no sé si solo se está burlando de mí o si me observa con la certeza de que lo que siento es la ansiedad que me causa su presencia no anunciada.

—A ti, ¿quién te invitó? —le pregunto molesta.

—Nadie tiene que invitarme, todo el tiempo llego de visita, lo que pasa es que siempre prefieres no verme.

Me le quedé mirando desconcertada, pensando que, tal vez, tenía razón. Desde la noticia de la contingencia sanitaria, todo giraba en torno a la incertidumbre y, en ese momento, viéndola frente a mí, tan tangible y concreta, ya no podía ignorarla.

Incertidumbre se estiró sobre el sofá y me dijo:

—Hazte un tecito para calmar tu ansiedad y, de paso, ¿me haces uno a mí, por favorcito?

Su cinismo me indignó y sentí cómo la cara se me ponía roja y caliente de enojo.

—¿Te parece gracioso que, por tu culpa, por no tener certeza de qué pasará mañana, en una semana o varios meses ya no podamos hacer planes o tengamos que cancelar los que ya teníamos? —le grité furiosa.

Por toda respuesta, ella levantó los hombros.

Sin saber por qué, seguí su consejo y me encaminé a poner agua para el té.

Entré a la cocina y vi las cajas de matzá sobre el mostrador, sentí que el corazón se me apachurraba. Más seguro que incierto, ya tampoco podríamos celebrar Pesaj todos juntos en familia.

Me di cuenta de que ya no sentía enojo, sino mucha tristeza. Los desayunos de los miércoles, compartidos entre amigas desde hacía 30 años, también cancelados; tal vez, también tendría que cancelar el viaje que había planeado desde hacía meses ilusionada en ver a familiares y amigas...

De pronto, me pareció que, en esas tres semanas, el mundo se había hecho tan chiquito como el espacio de la cocina.

Con desilusión, guardé la matzá en la alacena, diciéndome en silencio: “Sí, qué bueno que puedo hablar con mis hijos, nietos y toda la gente que quiero por teléfono, por videollamada o videoconferencia, porque verlos y escucharlos me reconforta, pero me hace falta olerlos y tocarlos. Me hace falta abrazar y acompañar en su duelo a quien ha perdido a un ser querido y compartir mi propia tristeza, si se trata de alguien que yo también amaba”.

¿Será que el confinamiento es la manera adecuada para cuidarnos, cuando las circunstancias del encierro intensifican o sacan a la luz (o a la oscuridad) problemas en la pareja que ya existían, pero que estaban amortiguados por la seguridad de tener un sustento y la certeza del ir y venir de la rutina diaria? ¿Realmente el confinamiento será la forma indicada para no enfermarnos, cuando muchas relaciones familiares se han deteriorado, tanto a causa de las preocupaciones y pérdidas económicas, como de las fricciones que surgen con la interacción ininterrumpida, sin los espacios individuales de convivencia que brindaban los lugares de trabajo, la escuela y otras actividades, y sin los hábitos y la disciplina que daban sentido al día a día?

¿La sana distancia será tan sana, cuando ese metro y medio nos separa kilómetros del afecto y la familiaridad que nacen y se refuerzan a través del contacto físico y las experiencias compartidas en vivo y en directo?

¿Será que con la sana distancia y el confinamiento la familia pierde familiaridad?...

Mientras caminaba con el té de regreso al estudio, dejé las preguntas colgadas en el aire, pues no tenía respuestas y tratar de encontrarlas me estaba haciendo sentir más ansiosa.

A mi paso, el comedor y la sala vacíos se llenaron de un profundo sentimiento de nostalgia... Me vi poniendo el mantel sobre la mesa, los cubiertos, los vasos, las servilletas y yendo y viniendo de la cocina al comedor con la salsa, los limones, el chile, los aguacates... “Ahora, no se me va olvidar cortar la jícama ni pelar las tunas”, pensé percibiendo en mi imaginación los olores de la comida y sentí la alegre expectativa de ver llegar a mis hijos y nietos a casa de pá y de má, de zeide y bobe. “A lo mejor, no en Pesaj, pero, tal vez, alguno de los siguientes domingos”, me dije, tratando de consolarme.

—¿Otra vez ya haciendo planes?

La voz de Incertidumbre me arrancó de golpe el frágil consuelo. Triste y desanimada me tumbé en el sofá. Ella tenía razón, de nuevo, ya estaba haciendo planes que no sabía si, de nuevo, tendría que cancelar...

—Todas estas circunstancias te han obligado a reconocer mi presencia, pero la verdad es que siempre, con virus o sin virus, entre tus planes y el momento de llevarlos a cabo, estoy yo.

Por más que me chocara su actitud un tanto soberbia, no podía negar que tenía razón. Todos los días, cuando vamos a acostarnos, planeamos levantarnos a la mañana siguiente, sin tener ninguna certeza de que despertaremos ni que todos los demás planes que tenemos para ese día, esa semana o ese mes sucederán. Imprevistos de todo tipo, problemas inesperados, accidentes, enfermedades graves o no graves, tráfico, temblores, inundaciones, etc., Todo el tiempo, sin darnos cuenta, evadimos el malestar que nos causa la incertidumbre, pues nos gusta la seguridad que nos hace sentir la certeza, aunque no exista más allá de nuestra cabeza. 

—No lo había pensado, pero tienes razón —le respondí rindiéndome a la verdad de sus palabras y hasta sintiendo algo de simpatía por ella. —En este mundo, tal vez lo único que no cambia es que podemos estar totalmente seguros de que nada es seguro totalmente.   

Incertidumbre ni me escuchó, se quedó dormida y así permaneció durante las siguientes semanas. De vez en vez, la escuchaba roncar, volvía a sentir el hoyo en el estómago y de la ansiedad, pasaba al miedo, un poco o un mucho como todos, quienes lo admitían y quienes no. Miedo ante la posibilidad de contagiarnos, de contagiar a otros; miedo de enfermar y enfrentar la probabilidad de morir o perder seres queridos... Pero el miedo se calmaba al verla acomodarse y oírla respirar, otra vez, suave y acompasadamente, mientras recordaba sus palabras y pensaba que, tal vez, solo era miedo a aceptar que, efectivamente, la única certidumbre en esta vida es la incertidumbre que nos acompaña siempre.

Sin embargo, verla ahí acostada todo el tiempo no dejaba de inquietarme e incomodarme... ¿Hasta cuándo seguiríamos así?, ¿cuándo podríamos regresar a la cómoda vida de las certezas posibles, aunque no siempre seguras?

Eventualmente, medio me acostumbre a tenerla en casa, a veces, ya ni cuenta me daba de que, a pesar de que ya había terminado el confinamiento, Incertidumbre seguía ahí, tirada en el sillón.

Un año después, ya también medio acostumbrada a la “nueva normalidad”, llegó el gran domingo inaugural: el día del padre en el que, por fin, todos nos reuniríamos en casa a comer y festejar a los papis de la familia

Todos estábamos felices, pues aunque ya nos habíamos visto durante ese tiempo, la comida del domingo, todos juntos en nuestra casa, no se había dado... ¿Porqué no se había dado?, ¿por la cuarentena, las vacunas o solo por esos imprevistos que usa Incertidumbre para recordarnos que entre lo que deseamos hacer y hacerlo, siempre está ella?

Después del postre, los adultos hicimos una alegre sobremesa y los nietos se sentaron a platicar en el estudio.

Estaba llevándoles algo de fruta, cuando encontré a Abigal parada en el pasillo, pensativa y como dubitativa.

Me le acerqué. Estaba a punto de preguntarle qué hacía ahí paradita, cuando ella me tomó de la mano y me preguntó confundida:

Bobe, ¿dónde está el baño al que siempre iba cuando venía a tu casa?

Esta nena de apenas cuatro años había pasado el 25% de su vida sin pisar la casa de sus abuelos y había perdido el mapa de la certeza sobre hacia dónde caminar en un espacio que ya no le era familiar.

Por unos instantes, me puse en los tenis rosas de la pequeña Abigal, cuyo mundo también se había vuelto chiquito. Ubicarla de nuevo en la casa, fue fácil, pero ¿cómo explicarle que yo también me sentía desorientada, que llevaba meses tratando de encontrar un Waze que me diera indicaciones confiables y certeras, sin recalcular una y otra vez la ruta, antes de decirme que estaba en la calle correcta, a 100 metros de dar la vuelta para llegar a la avenida certidumbre?

Incertidumbre me guiñó un ojo desde el sofá, el cual, ahora, compartía con mis demás nietos.

Recobrada la certeza del camino, Abigal entró al baño, y yo me quedé pensando en que, como ella, no necesitaba un Waze, sino volver a familiarizarme con el mundo conforme volvía a su tamaño original, entendiendo que en él, chico o grande, las certezas solo llegan a ratos, en el presente, en el instante mismo en que toda la familia está sentada a la mesa, durante los minutos que disfrutamos un desayuno con las amigas, cuando arribamos al destino del viaje tan anhelado, cuando encontramos el camino al baño y en el momento que damos la bienvenida en nuestra casa a la certeza de la incerteza, a certidumbres e incertidumbres, ambas parte de la vida, con pandemia o sin pandemia.

Y aunque comprenderlo no nos brinda la certeza de que la visita “inesperada” de la incertidumbre no nos causará malestar, siempre podemos considerar tomarnos un tecito con ella, para calmar la ansiedad.

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