Dos locos, una novela

Seudónimo: Degas

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...vivía un hidalgo de los de lanza en astillero”.

Alonso Quijano, un hombre viejo, alto y extremadamente delgado se encontraba al borde de la locura, pero se engañaba diciéndose que sólo era un exceso de imaginación. Terco, vivaz y valiente, abandonó la mayoría de sus actividades para pasarse la vida leyendo novelas de caballería, hasta volverse un aunténtico fanático de éstas. Su fantasía le permitía galopar sobre las páginas, vestido con su armadura viviendo las escenas de los libros en carne propia.

Fue un día como cualquier otro en el que su imaginación decidió abandonar su lugar en los libros, traspasó los límites e invadió la cabeza de Alonso con ideas locas y retorcidas. Poco después, Alonso Quijana se había bautizado como Don Quijote de la Mancha, su débil rocín se llamaba Rocinante y la moza labradora de la que estaba un poco enamorado se había convertido la dama Dulcinea del Toboso, a quien dedicaría sus victorias.

En un corto lapso de tiempo y acompañado de su escudero Sancho Panza, se encontraba luchando contra gigantes imaginarios, salvando mujeres ficticias y celebrando victorias irreales.

Tras un buen tiempo de andar por el mundo haciendo el ridículo y atesorando aventuras, Don Quijote volvió a casa en un momento de lucidez; reconoció que su fantasía lo había llevado a perder la cordura y que era momento de volver a la realidad. Salir del mundo de la ilusión y regresar a lo cotidiano no fue fácil para Alonso y, en su proceso de recuperación, otra brillante idea iluminó su mente, ahora un poco más sana y menos alocada. Su vida había sido tan extraña y fuera de lo común... Había sentido que tantas fantasías se volvían realidad... Había atravesado caminos, bosques y ríos; había luchado y había salido victorioso, pero también a veces había sido vencido; su vida parecía una novela de caballería...entonces, pensó, ¿por qué no convertirla en una? Este pensamiento que pasó velozmente por su cansado intelecto, logró sacarle una rejuvenecida sonrisa. Ya tenía un plan.

Algunos días después, Alonso ya estaba buscando un autor, alguien con talento que lograra escribir su historia, dándole vida. Era raro que un personaje buscara un autor; normalmente, según Quijano, era justo al revés, los autores buscaban crear personajes...pero si funcionaba de ese modo, tal vez a la inversa funcionaría también o, por lo menos, eso pensaba Alonso. Así que comenzó con la tarea de encontrar un autor para su historia.

Decidió que el lugar indicado para encontrar los nombres de los mejores autores de la época era la biblioteca, así que con pasos seguros y firmes se dirigió hacia allá.

Al entrar le pidió a la amable jovencita bibliotecaria que le trajera los libros más famosos de la época y, en poco tiempo, la mesa en la que estaba se convirtió en una base de altas torres de libros amontonados unos sobre otros. Se quedó ahí encerrado por horas hasta que terminó de leerlos todos y decidió que ninguno de esos era de su agrado. ¿Cuál de estos grandes maestros de la literatura querría contar la disparatada historia de Alonso Quijano?   

Así que cambió el rumbo de su búsqueda, dirigiéndose hacia jóvenes escritores que comenzaban su carrera. La pregunta ahora era…¿dónde encontrar a esos jóvenes? De pronto recordó que entre esas infinitas pilas de libros se encontraba el libro de Juan López de Hoyos, Historia y relación verdadera de la enfermedad, felicísimo tránsito y suntuosas exequias de la Serenísima Reina de España Doña Isabel de Valois, nuestra señora…En ese libro, López de Hoyos hablaba de un discípulo suyo diciendo: “nuestro caro y amado discípulo”.

Alonso corrió de vuelta a la biblioteca, tomó el libro con las dos manos y empezó a buscar esa frase. Le tomó un rato pero de pronto, se le iluminó el semblante y sus cansados ojos mostraron un brillo de felicidad. Lo había encontrado: “Miguel de Cervantes, nuestro caro y amado discípulo”. Quijano no sólo había encontrado un buen discípulo de la literatura, había encontrado una nueva luz en el camino.

Los siguientes meses estuvo tratando de ubicar a Miguel de Crevantes o de saber algo de su paradero; escuchó el rumor de que era recaudador de impuestos y que vivía en Sevilla, pero nada de eso lo ayudaba mucho.Todo cambió cuando las trágicas noticias llegaron a sus oídos; Cervantes estaba preso en la Cárcel Real de Sevilla. Al oír esto, Quijano estuvo a punto de rendirse, pero se le ocurrió que, lo que él creía tragedia, podía ser un golpe de fortuna, ya que si Cervantes estaba preso tal vez su aburrimiento sería una buena excusa para encargarle el trabajo de escritura que tanto quería conseguir.

A la semana siguiente, Quijano tomó sus pertenencias, viajó a Sevilla y se paró firme en la entrada de la cárcel exigiendo ver a Cervantes. Los guardias, un poco confundidos, le explicaron que eso no sería posible. Alonso no se movió. Esperó, esperó y esperó hasta que logró que lo dejaran pasar. Entró a la celda de Cervantes y, de pronto, su seguridad lo abandonó haciéndolo dudar de sí mismo y de la locura en la que nuevamente estaba metido. ¿Realmente era lógico perseguir a un cincuentón sin experiencia en literatura para que escribiera su historia? Pero Quijano, como era de esperar, se entercó con su idea y se apegó al plan. Comenzó a conversar con Cervantes y a contarle su maravillosa historia; Miguel simplemente estaba boquiabierto. Alonso tenía toda la razón, su vida parecía de novela. Aparte, estar en la cárcel no era muy divertido y tener algo que hacer sonaba a un buen trato.

Quijano, por su parte, mientras hablaba con él, se dio cuenta de algunas cosas. ¡Empezando porque Cervantes estaba loco! Había estado secuestrado en una prisión y había intentado escapar cinco veces, participó en la Batalla de Lepanto y, en resumen, su vida también parecía una novela. Al parecer dos locos se unirían para crear una novela.  

Luego de hablar sobre sus vidas, sobre la literatura y de temas en general, se centraron en los detalles técnicos y llegaron a algunos acuerdos.  Miguel se encargaría de la completa escritura, de la revisión y publicación de la novela, que se titularía  El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.  Tendría dos partes y  las ganancias de su venta (si es que algún día llegaban a tener ganancias) serían divididas por la mitad entre ellos,pero los derechos de autor serían completamente de Cervantes. Con estas condiciones ya escritas y firmadas en papel, salió Quijano con un aire triunfal de la celda y volvió a su hogar en La Mancha.

Mientras él hacía su camino de vuelta a casa, Cervantes, con pluma en mano, comenzaba a escribir:“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...vivía un hidalgo de los de lanza en astillero”.

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