Bajo mi techo

Seudónimo: Hoyz

Mi dueña salió por mi puerta de manera definitiva, fueron muchos años durante los cuales la alojé. Con el corazón apretado, se fue, dejándome sola, con las persianas cerradas, sombría y silenciosa. Se llevó algunas pertenencias personales y la cómoda donde guardaba sus fotos familiares. Dejó el resto, sus decoraciones, sus cuadros y tantos objetos a los que estaba apegada pero que no tendrán cabida en su nuevo hogar. Su nuevo hogar será más adecuado, dijeron para tranquilizarla; estarás más acompañada ahí, argumentaron. Tantas justificaciones que al final no engañaban a nadie.

En los últimos años, se aferró lo más que pudo; podía sentir su mano apretada a mi barandal y su mirada persistiendo en cada rincón que podría haber ocultado un recuerdo. Pero sus pies inciertos terminaban pisando los mismos lugares, y con el tiempo, los espacios quedaron desiertos y el polvo se acumuló. Finalmente, ella ya no tenía la energía para darme mantenimiento y, hay que decirlo, igual comencé a cansarme. Sin quererlo, me fui desmoronando… es cierto que mis tejas no aguantan el viento tan bien como antes, pero no las culpo, me han protegido valientemente durante tantos años. Mis ventanas rechinan al abrirse, pero no es su culpa, su madera se ha hinchado a lo largo de las estaciones. El piso cruje, a pesar de ser tan fuerte y tan sólido… él también resiente el peso de los años.

Me quedé así, cerrada y polvorienta, no sabría decir cuánto tiempo. Unos cuantos ratones vinieron a buscar refugio en mi ático, nada que ver con la animación de antaño: cuando los niños y adolescentes corrían por mis escaleras, cuando los ricos olores de la cocina llenaban todas mis habitaciones, cuando la llegada de un nuevo bebé traía nuevos colores a una habitación. Incluso llego a extrañar las peleas que me hacían temblar por completo…

De vez en cuando, alguien con un aire familiar venía con un poco de nostalgia, a veces incluso con un poco de duda. Probablemente se preguntaban qué iba a ser de mí y revisaban que no me degradara demasiado rápido. Mi tapiz ya no está de moda, es posible; mi bidé ya no tiene ningún uso, eso es seguro. Pero tengo encanto, bellas molduras, una hermosa chimenea de mármol, materiales de calidad. No tengo nada que envidiar a las nuevas construcciones llenas de hormigón, PVC y tan mal insonorizadas. ¿Qué me iba a pasar? ¿Qué se hace con las casas antiguas? ¿Soy buena para ser destruida? ¿Es tan fácil borrar totalmente el pasado?

Un día, alguien abrió mi cerradura. Noté que no estaba acostumbrado, pero no era un ladrón, estaba bien vestido y actuaba con cuidado. Dejó su portafolio y midió todas mis piezas. Levantó mi alfombra, giró mis grifos y luego abrió mis persianas dejando entrar una luz deslumbrante. Todavía estaba luchando por salir de mi sueño cuando comenzó a tomar fotos. Entendiendo que venía específicamente para mí, tuve que poner rápidamente buena cara, y eso no fue fácil. Luego se fue, insinuando que regresaría pronto. Y de hecho me visitó varias veces, cada una acompañado de gente nueva que me miraba desde todos los ángulos, a veces crítico, a veces entusiasta. Algunos hablaban de derribar muros, otros de expandirme, todos se proyectaban hacia horizontes desconocidos para mí y un poco aterradores, hay que decirlo.

Después las visitas cesaron y llegó el momento de vaciarme de todos mis muebles y pertenencias. ¿Qué sería de mis compañeros de tanto tiempo que se llevaron tan ruidosamente? Recogieron mis cuadros, mis cortinas… una parte de mí que se iba, me sentía tan desnuda e impotente al final del día, pero nadie estaba allí para reconfortarme.

Finalmente llegó el día en que llegaron mis nuevos dueños. Parecían felices, con los ojos muy abiertos, recorrieron todas mis habitaciones largamente y hablaron sobre de la obra que estaba a punto de comenzar. Bastante preocupada por lo que harían, pasé la noche tratando de tranquilizarme sobre mi futuro.

Luego llegaron los camiones, los trabajadores comenzaron a pulular desde la bodega hasta el ático. Me arrancaron los interruptores, los cables, le torcieron el cuello a mis tuberías, me despegaron la alfombra y rompieron los azulejos. Al final del primer día, una vez las herramientas guardadas y después de apagar el último cigarrillo, finalmente abrí un ojo. Apenas atreví a mirarme de las heridas que tenía. Quería gritar por la destrucción, estaba molesta con la tierra entera por ¡haberme entregado a tales destripadores! Al día siguiente todavía muy afectada y adolorida aquello se reanudó, sentía que mis paredes vibraban y mis tuberías tronaban, hasta la noche en que finalmente vi llegar a mis nuevos dueños. Tuve la esperanza que al ver tal desastre pondrían fin a mi asesinato… Nada de esto, su sonrisa y su mirada de admiración ante mi cuasi demolición me heló por completo. ¿Me habrían vendido a propietarios insensibles y tal vez incluso perversos? Habiendo perdido toda esperanza, pasaron los días siguientes. En mi medio estado en coma me dejaba ir y esperaba pacientemente el final.

Pero poco a poco, con taladros, pinzas y rodillos, empecé a adornarme con ropa nueva, más moderna, más funcional. Las ventanas de madera fueron reemplazadas por ventanas de piso a techo que se deslizaban perfectamente y ya no dejaban pasar las corrientes de aire. La vieja estufa de gas dio paso a una placa lisa que parpadeaba tan pronto alguien la tocaba. Todo esto fue extraño e incluso, tuve algo de dificultad en darle la bienvenida a tantas novedades. Finalmente pude alegrarme después de haber sido tan mal tratada. Incluso me divirtió ver a los instaladores sacando la lengua y entrecerrando los ojos, tomando su medidor y el nivel de burbuja para asegurarse que el trabajo estaba hecho al centímetro. El pintor, con la ropa manchada, se cuidó de no desbordarse y se horrorizó cuando una gota cayó en un color que no era el suyo. Los acabados tomaron tiempo, pero el resultado me dejó sin palabras.

¿Cómo había podido pasar de mis viejos trapos a este traje de luz a través de la cuasi-demolición? La chimenea misma ya no era reconocible, tanto la había despojado de su carbón y puesta en valor como un artículo de colección. Sentí que estaba renaciendo de las cenizas. Y mientras todavía estaba en el asombro, escuché la voz de un niño pequeño y sentí como sus piecitos pisaban mi nuevo piso. Atraído por las escaleras, todavía luchaba por subir mis escalones, bajo la mirada preocupada de su madre dándole todo tipo de recomendaciones. Lo seguí entonces para descubrir cada uno de mis cuartos y abrí los ojos tanto como él para disfrutar del espectáculo. Para él, al igual que para mí, fue el comienzo de una nueva vida feliz. Entonces, lo tomé bajo mi ala, o más bien bajo mi techo.