Cosas buenas y cosas malas

Seudónimo: El Hijo

Mucha gente se pregunta por qué le pasan cosas malas a la gente buena, pensé, observando a mi madre y a mi padre, ya viejos, sentados en el comedor de su casa.   Siempre me lo he preguntado y debo decir que no encuentro respuesta.  Hay personas que obran siempre bien y que parece sucederles una desproporción de cosas malas.  ¿Cómo se puede explicar esto?  Los que creen en el llamado “karma”, difícil les queda darle explicación: si son gente buena debían encontrarse retribuidos positivamente por todas sus buenas acciones y no recibir cosas malas.  Los que creen en algún ser superior pensarán que su mala suerte tiene una razón que cumple con un plan supremo, o bien que no siempre se comprenden los planes de los dioses o, mejor aún, que esto les  servirá para tener mejor fortuna en la vida después de la muerte.  Los que no creen ni en karma ni en dioses, pensarán que nada tiene que ver si uno es gente buena o no, que la vida es azarosa y que simplemente les tocaron eventos de mala suerte aunque fuesen buenos.

Una vez más, observo a mis padres comiendo mientras cavilo.  Aquí es cuando también hay que preguntarse otra cosa: porqué a la gente mala le pasan cosas buenas.   ¿Cómo es que la suerte les ha sonreído a mis padres, y aún en los peores escenarios les ha ido bien?  Han sido gente codiciosa, envidiosa, y hasta podríamos decir que maliciosa.  Nunca hicieron el bien proactivamente. Tal vez dieron trabajo a mucha gente en sus haciendas, pero sus empleados pagaban tanto emocional como financieramente por ello.  Los presionaban y creaban ambientes tóxicos en cada uno de los ranchos así como en cada hacienda de su propiedad.  Cuando necesitaban correr a su gente la dejaban sin trabajo de un día para otro, siempre cubiertos mis padres legalmente, para que nadie pudiese ganarles ningún pleito laboral.  En fin, mejor ya no le sigo con la parte familiar, porque ahí fueron manipuladores, chantajistas y amarra-navajas. No podría contar cada evento porque sería hasta vergonzoso, por lo menos para mí.   Tanta maldad, que pensaría uno que seguramente en algún momento de su vida tuvieron algún traspié y se fueron a la quiebra, o que la familia los repudió y se alejó de ellos; tal vez que ahora en su vejez están solos y abandonados.  O tal vez, que por ser gente mala, hacia el final de su vida se acumularon y les sucedieron todas las cosas malas que faltaban por pasarles.  Pues no, al contrario, todos sus hijos y nietos están sanos y se puede decir que están bastante contentos con sus propias vidas, y ellos están bien acomodados y visitados por la familia.

Tal vez no hay respuesta a esos acertijos de a quién le pasan cosas buenas o malas.   Yo por mi parte, soy del grupo que cree que se debe todo al azar.   Así que un día, al azar, revisé todos los cajones del escritorio de mi padre.  Algunos, ni modo, como el azar no me los abrió y tuve que forzarlos con una cuña.  También un poco de casualidad encontré bajo los maderos del librero, la combinación de su caja fuerte.  Bueno, dio la coincidencia de que justo un día antes monitoreé los movimientos de mi padre para observar, de pura suerte, donde estaba el escondite de la libreta la combinación.  La caja era fea, negra y obscura, tal como el carácter de sus dueños y la dejé tan vacía como lo eran sus almas.  La verdad es que decidí que entre si hacía yo cosas buenas o malas, y entre que esperaba yo a ver si me sucedían cosas malas o buenas, había que darle un empujoncito al destino para que fuera más a mi favor.

Ahora los veo en el comedor tan contentos; mañana se van a Puerto Vallarta con uno de mis hermanos.  La van a pasar de lo lindo, como siempre la pasan, sin merecerlo, por ser gente tan mala.  Y cuando regresen, encontrarán que por fin los alcanzó el mal destino.

Los despido, les doy a cada uno su abrazo y se los lleva el chofer al aeropuerto.  No sé cómo es que gente mala cría gente buena, porque lo último que hice, antes de salir de su casa, fue regresar el dinero a su caja.