El desván

Seudónimo: La Nena

Cuando mamá me dijo que íbamos a pasar el verano en casa de la abuela me enfadé muchísimo. “¡Mamá, jo, en Navarmosa no hay niños! ¡Todos tienen como mil años! ¡Qué voy a hacer todo el verano allí! ¿Con quién voy a jugar? ¿Por qué no me puedo quedar en casa de Marta?”

Pero cuando a mamá se le mete algo en la cabeza… No hubo forma. Lloré, pataleé, hasta prometí que comería bien y no dejaría nada en el plato, aunque fueran espinacas… Ni así, y mira que mamá está obsesionada con que coma y me obliga a tomar hierro porque dice que estoy anémica. Claro que mi otra abuela no ayuda, cuando peleo con mamá por la comida, siempre dice: “¡Ay, esta niña no llegará a pollita!”. Yo digo que mejor, porque, la verdad, yo no quiero que me salgan plumas, pero a mi mamá le cambia la cara cuando la abuela Cune dice esto.

Ay, que ya me perdí de lo que te estaba contando; no creas, me sucede muy seguido. No sé cómo pero empiezo contando una cosa y sin darme cuenta me voy por los cerros de Úbeda, como dice mi papá.

Bueno, total que aunque yo estaba convencida de que era una injusticia y me consideraba una total incomprendida, acabamos en el pueblo. Nada más llegar me esperaban otras sorpresas. La abuela Gregoria nos esperaba sentada en medio del patio, con su vestido negro y su moño blanco bien tirante. Después de recibir los obligados achuchones y ruidosos besos en el moflete, se me ocurrió preguntar por el baño.  Ni te imaginas qué me contestó la abuela.

“Mira, sales a la calle y al fondo está el pajar; ahí en un rinconcito puedes hacer”. ¡Te imaginas! En la casa de la abuela no hay baño, ni váter, ni bañera, no hay grifos… El agua hay que sacarla de un pozo que está en el patio. En la noche, hay que utilizar los orinales que están debajo de la cama y luego en la mañana hay que ir a vaciarlos  al corral. Yo muy digna, me prometí a mí misma aguantarme todo el verano, aunque reventara. Por supuesto, no aguanté.

Todo parecía ir de mal en peor. Qué crees, para bañarnos, teníamos que hacerlo en la pila de piedra que había para lavar la ropa o en unos barreños enormes de metal que mamá  llenaba con agua del pozo y ponía a calentar al sol en mitad del patio. Al principio, me negué; cómo me iba a bañar ahí, a la vista de todos. Luego, la verdad, le encontré el gusto; tengo que reconocer que era divertido salpicarnos y brincar dentro del barreño sin preocuparnos porque mamá nos regañara por mojar todo. Era un poco como ir a la piscina.

Un día que estaba aburrida, explorando la casa, descubrí unas escaleras que subían al desván. Estaba oscuro y lleno de polvo. Por todos lados había cajas y baúles. Era mi oportunidad de encontrar un tesoro. Revolviendo en un baúl encontré un muñeco viejo y sucio al que le faltaba un ojo y un bracito. Seguro era Duende, el juguete preferido de mamá de cuando era chica; siempre me decía era especial, aunque, la verdad, después de darle varias vueltas, no podía entender por qué; ojalá hubiera sido una Barbie, como la de Marta… Mamá dice que yo no puedo tener una porque son muy caras.

Sin embargo, pronto descubrí lo equivocada que estaba. Mientras me probaba los vestidos de la abuela y desfilaba delante de Duende, me pareció que me guiñaba un ojo. Ya sé que pensarás que estoy loca. Al principio, yo misma pensé que me lo había imaginado, pero Duende habló. Habló de verdad, te lo juro. Casi muero del susto.

A partir de ese momento todo cambió y el desván se convirtió en mi lugar favorito. Duende me enseñó los secretos del desván: el vestido de novia de la tía Mari era, en realidad, el vestido que una misteriosa princesa en fuga le había regalado a mi tatarabuela, en agradecimiento por haberla escondido de no sé qué peligrosos enemigos. Me contó que esos libros que papá me había dicho que estaban escritos en algo que se llama latín, en realidad eran libros de fórmulas mágicas; se los había olvidado el mago que llegó a rescatar a la princesa. En otro rincón del desván encontramos una lámpara maravillosa como la de Aladino; solo que ya no tenía poderes, porque algún antepasado le dio la libertad al genio cuando pidió su último deseo.  Y ni te imaginas qué más encontramos, ¡el zapato de cristal de Cenicienta! Nos costó reconocerlo; con el tiempo se había oscurecido y, por mucho que lo limpiamos, parecía de charol.

Cuando mamá me dijo que era tiempo de volver a casa, que la escuela ya iba a empezar, me enfadé muchísimo. “Mamá, pero en casa no hay desván. ¿Por qué no me puedo quedar con los abuelos?” Lloré, pataleé, pero de nada sirvió.  Me despedí de Duende y le dije que nos volveríamos a ver el siguiente verano, que no se podía venir conmigo, porque alguien tenía que quedarse a cuidar los tesoros del desván.

***

Hace unos días que papá fue a buscarme a la escuela; las clases no habían terminado, pero igual me llevó a casa. Enseguida supe que algo pasaba. Apenas habló en el camino, aunque eso no es tan raro; me pidió que cuando entráramos a casa le diera un beso y un abrazo a mamá, porque estaba muy triste. La encontré sentada en el sofá, vestida de negro y con la mirada ausente. Cuando me vio, me abrazó y se echó a llorar. Solo dijo, así muy quedito, “la abuela” y yo sentí un nudo en el estómago.

Hemos hecho el viaje a Navahermosa de noche, en silencio. Mamá quería que me despidiera de la abuela, pero no quiero verla así, tan quieta dentro de esa caja, así que me he escapado y me he escondido en el desván. Los escucho hablar, mamá y sus hermanos están junto a la escalera; van a hacer obras en la casa; está vieja y es incómoda, dicen; hablan de poner agua corriente, de hacer baños, de más habitaciones para que estemos más cómodos cuando coincidamos en los veranos, habrá que tirar el desván, total, solo guarda trastos, basura…

Quiero gritar, no es justo, por qué quieren cambiar la casa, si está bien como está; yo quiero que todo siga igual; para qué necesito que el agua salga del grifo si tenemos el pozo; para qué hace falta un baño si está el pajar y la pila de lavar; pero el desván… el desván no, no me pueden quitar el desván… Duende, el vestido de la princesa, los libros de magia, la lámpara maravillosa, los zapatos de Cenicienta… Algo se me quiebra por dentro y lloro.