El hombre desalmado

Seudónimo: Rayuela

Poetas de diferentes naciones se habían embarcado para llegar a los puertos de Livander. Veía desde la proa de mi barco a otros más arribando a las costas, desde sus bordes se saludaban mutuamente alzando las manos, incluso las bocinas de las barcazas retumbaban en un gesto de bienvenida. ¿Para qué habían convocado a tal cantidad de poetas de diversos lugares en un mismo país? Resultaba peculiar el asunto, considerando que aquel trabajo era mal pagado y de poca relevancia política; sin embargo, aquella ocasión lo ameritaba. Se había hecho el anuncio ya hace unas semanas que el Primer Ministro de Livander, David Montes, había caído enfermo. Él era un hombre importante entre los altos cargos del gobierno livanderense. Los médicos de Livander, ni con sus mejores técnicas o terapias, habían logrado una mejoría. Desesperados, el pueblo Livander exigió intervención extranjera.

Se podría pensar que la situación de este relato no es más que ridícula, ¿por qué el resto de las naciones habría de intervenir en un asunto interno de un país? Sus asuntos eran los suyos, ¡y de nadie más! Lamentablemente, y me llena de vergüenza admitirlo, aquel que se haya ideado este pensamiento en su cabeza tiene la razón.  ¡Era exagerado!  Sin embargo, el gobierno de Livander había entrado en un completo pánico, pues aquella enfermedad se trataba de un “simple resfriado”. ¡Los síntomas se encontraban ahí! Un poco de fiebre y tos, nada más. Aun así, su estado empeoraba cada vez más, ya ni siquiera se movía.

Entonces, ¿por qué recurrir a unos simples poetas?

Reconozco que esta idea desde un inicio suena descabellada, pero permítame explicar la razón de ello. En una maniobra desesperada, los livanderenses habían optado por contratar teólogos y hombres y mujeres fieles pensadores de la astrología para explicar el suceso. Esto dio como resultado diferentes diálogos entre los magistrados:

—¡Un demonio le ha dado esta enfermedad! ¡Alguien lo ha maldecido! —decían algunos.

—Es un mal de ojo severo, un vudú extraño, quizá —exclamaban otros.

—Pero…, ¿qué podemos hacer ante esto? —respondía el Consejo Gubernamental de Livander.

—Este hombre ya está muerto por dentro, nada puedo yo hacer aquí —dijo una mujer una vez—. Su última opción se encuentra en la poesía.

El Consejo de Livander intentó con obras clásicas que eran leídas por los compañeros de David Montes y, al notar que estas tampoco daban resultado, al igual que obras contemporáneas, salió la convocatoria a poetas de todo el mundo a presentarse ante ellos para dar una demostración. Aquellos que resultasen seleccionados podrían hacer la lectura con el primer ministro en persona.

Cuando llegó el día me dirigí hacia la Cámara de Gobierno, donde los altos cargos de Livander esperaban mi llegada y la del resto de poetas. Cuando llegó mi turno, entré al gran vestíbulo de la Cámara del Gobierno de Livander, mirando a los altos cargos sentados en torno a la sala, como si fuesen grandes monumentos cuyos ojos me intimidaban con una fría mirada. Armándome de valor, recité mi poema.

Me niego a narrar el contenido de aquel manuscrito. Esas palabras que escribí jamás saldrán de Livander. Sin embargo, lo que aconteció después de recitarlo, es digno de ser descrito. Se hizo el silencio, no hubo suspiros,  ni palabras, ni siquiera la llamada para que el siguiente poeta se presentase. Ese vacío de sonidos fue interrumpido por un llanto; sin embargo, no fue uno de terror, sino uno proveniente de un sentimiento oculto en las íntimas y alegres emociones del hombre, uno que era exclamado por un alma llena de alegría y nostalgia.

Vi entonces que aquel chillido había provenido de una mujer entre los gobernantes, quien huyó de la sala como si estuviera asustada, aunque más bien parecía escapar de un incontrolable sentimiento de satisfacción que su corazón no pudo contener. Algunos llantos más se unieron después, pero no tardaron en desvanecerse de nuevo en el silencio. Uno de los hombres de alto rango se aproximó hacia mí, me agradeció por mi presentación, y me invitó a abandonar la sala.

No tuve durante días noticias de la decisión del gobierno para seleccionar el poema que sería narrado a David Montes, hasta que una llamada durante mi octavo día en Livander me hizo regresar a la Cámara. Había sido seleccionada.

Las siguientes horas que transcurrieron fueron más que tediosas, por lo que no encuentro razón para narrar los papeleos y trámites que realicé en las oficinas gubernamentales. Fue ya hasta la entrada de la noche cuando llegó el momento de presentarme ante David Montes.

La lectura de mi poema frente al ministro se llevó a cabo en una habitación privada con aquel hombre sobre silla de ruedas y yo sentada sobre un pequeño taburete. Comencé mi lectura, sin embargo, al terminar, no hubo reacción alguna en su rostro. Mis palabras no habían causado en él ni el más mínimo sentimiento. Me limité a observarlo y, paseando mi mirada en sus desorbitados ojos y sus labios sin expresión, vi aquello que escondía. Más allá de su grandeza, importancia, inteligencia y popularidad, había algo, que por más evidente que parezca a simple vista, permanecía oculto. Detrás de múltiples capas de títulos y honores se encontraba un hombre, y por ende un simple humano, un humano que a mi perspectiva había perdido esa naturalidad y simpleza, esas necesidades básicas. Dicho sea de otro modo, su humanidad había sido cubierta por cientos de deberes, títulos, privilegios, créditos y trabajos. Podría decir que David Montes se había vuelto una máquina de acciones de responsabilidad social y su energía se estaba acabando.

Sorprendida por mi propio descubrimiento, abandoné la sala, exigiendo regresar a la Cámara de Gobierno de inmediato.

—¿Qué la trae aquí de vuelta, señorita? —preguntó uno de los altos miembros del Gobierno—. Déjeme adivinar, la poesía tampoco dio resultado. ¡Oh, qué caos! Pobre David, al parecer vivirá en la melancolía para siempre.

Yo negué con la cabeza.

—¡No, no! ¡Lo he descubierto!

—¿Qué ha descubierto, señorita? —preguntó una mujer de la audiencia.

—¡He descubierto la razón por la que David Montes ha perdido su vida interna!  Oh, señores y señoras, lo han interpretado todo mal. Mi poema, evidentemente, no dio resultado con el Primer Ministro. Lo que sucede es que él no necesita que alguien le cuente poesía, ¡sino que necesita vivirla! Ha quedado exhausto por el trabajo y ahora nada lo conmueve. Necesita salir. Déjenme, por favor, darle un paseo.

La audiencia me interrogó con una penetrante mirada que no pudo hacer más que sentirme encogida por la responsabilidad que caía sobre mí. Pocos segundos después me ofrecieron salir de la sala para que el Consejo pudiera dar su veredicto.

—Tienes nuestro permiso. Es la última oportunidad que tenemos —me dijo el hombre con el que había hablado primero unos minutos después.

Fui llevada de vuelta a donde se encontraba David Montes y, ayudada por algunos miembros del cuerpo de protección, lo llevamos en silla de ruedas al exterior. Caminamos por las calles, atravesando puentes y descendiendo en algunos declives, llegando después al mismo lugar en el muelle donde había comenzado nuestro recorrido. Ahí donde el mar terminaba y se conectaba con el cielo, comenzaba a aparecerse un bello amanecer.

Me senté junto a él para también admirar el espectáculo y, cuando pude volver mi mirada hacia su rostro, David Montes había recuperado su sonrisa. El hombre tenía de vuelta su necesidad interior de vivir. Su humanidad regresaba junto con el sol, ascendiendo tras la noche.

—¿Se encuentra bien, señor?

Sin embargo, David no contestó, se limitó a estirar el dedo de su mano derecha y tocar con fuerza mi frente. Lo presionó, aún con la sonrisa en su rostro, me señalaba tocando repetidas veces. Con aquel tierno y noble gesto, en el que las palabras no encontraban el camino a sus labios al ser obstruidas por la felicidad, me dio a entender un mensaje; o estaba agradecido conmigo al haberle traído de vuelta la armonía que había perdido, o bien, yo, por mi curiosidad y entusiasmo, había sido la causa de su regreso a la vida. Quizá en la absoluta fatiga del hombre siempre se encuentran migajas de cariño y fascinación al verse reflejado a uno mismo sobre otra persona.