El niño Silve que es Álvarez

Pseudónimo: Pedro

Me avisaron que mi papá se había muerto en un choque, mi papá, mi héroe, el más valiente, el más bueno.  Siempre trabajando con caballos y haciéndolos a la rienda, caminando entre milpas y sembradíos para ver sus siembras, con las botas llenas de lodo se agachaba a recoger hasta la más mínima basura, le gustaba tanto el orden.

Lo recuerdo manejando en su camioneta e ir cantando a todo pulmón canciones de Pedro Infante. Yo iba paradito en el asiento de esos largos que abarcaban toda la cabina, tan inspirado iba mi papá, que al dar vuelta en una curva no se percató que mi má y mi hermana Leticia se habían salido porque la puerta no cerraba bien. Le dije: mi mamá y Leticia ¿aquí se bajan? Tardó en reaccionar y cuando volteamos sólo se veía una enorme barriga a lo lejos, con una chamaca flaca en su regazo, literal, cual lagartija en peña. Corrimos a ayudarlas a subirse y no tuvieron más que reírse por la enorme distracción de mi papá.

Siempre era tan bueno en las suertes de la Charrería, sabía todo lo referente a los caballos, vacas y animales de granja, tenía tanto por enseñar y yo tanto por aprender. Mis hermanos y yo sufrimos mucho su partida, y encima de todo el estigma que no acarreó, fue una maldición. Era horrible que siempre que me volteaban a ver era con lástima. Además de perder a la persona que se iba a encargar de mí, que me iba a enseñar todo de la vida, tenía que fletarme a la bola de viejas guangas que me agarraban la cara y me pellizcaban la nariz o los cachetes; odiaba con todo el corazón que me dijeran “pobrecito, tan chiquito y sin papá”.  Sentía que me hervía la sangre, por eso me decidí sacarle partido a mi situación de nuevo niño huérfano.

Aprovechando que andaba con gripa me acerqué con ojos llorosos a uno de mis tíos abuelos y le dije con toda la seriedad posible: “Tío, me puede dar cinco pesos para mandarle decir unas misas a mi papá, para que no se condene”. Obviamente el tío no me dio cinco, me dio diez pesotes para que fueran misas cantadas. Pues yo me fui corriendo al carrito de jícamas y lo compré completo y de paso también unos cuetes. Era mi cumpleaños y nadie se había acordado, así que me trepé a un poste y traía mi jícama con chile que me comía a mordidas, me imagino que con todo y mocos. Troné cuetes en las patas de los que pasaban, cuando le avisaron a mi tío, fue corriendo y me dijo: “bájate de allí, ¿y las misas?”. Contesté: “cada quién festeja su cumpleaños como quiere”.

A partir de allí me decidí pasarla muy bien, divertirme y vivir la vida al máximo: trepé árboles, brinqué bardas, jugué canicas, rayuela, burro castigado y todos los juegos que me divertían. Necesitaba más aventura, pero para eso se necesita dinero. Pues me acordé que había visto a Jesusa, la muchacha, guardar unas monedotas atrás de la cabecera de su cama, detrás del ladrillo las tenía apiladitas. Se me hizo fácil tomar sólo una y prestada, porque estaba claro que eso del hurto no es de gente de buen natural. En algún momento se las regresaría. Cuál va siendo mi sorpresa que cuando llegué a mi casa con una paleta de charamusca y una manzana de las cubiertas de dulce duro, mi mamá me estaba esperando con una chancla en la mano y me descontó de un golpazo. Cuando me desperté me dolían las manos, me quemaban, me las querían tatemar en el comal. Grité y me escabullí como pude.

El fin de semana llegaron unos tíos de México y estuvieron platicando mucho, y por más que me asomaba por los ventanales que daban al comedor, no había manera que yo me pudiera enterar de nada. Jesusa me ofreció un té, estaba muy azucarado, pero me lo tomé, porque no podía hacerle el feo después que había tomado prestada su moneda. Amanecí en el coche de mis tíos, llegando a la Ciudad de México; seguramente algo tenía el té.

Me llevaron al departamento de mi abuela Josefina, un departamento muy grande, por Avenida del Taller, allá por Chabacano, con 4 recámaras soleadas y con balcón. Se podían ver los volcanes desde mi cuarto. Pero desde allí comencé a sentir un piquetito en el corazón, algo como una astilla que me lo atravesaba; como que no esperaba que las personas que se supone me iban a cuidar, o se murieran o me dejaran solo.

Mi abuela era una señora famosa por su belleza, pequeña, menuda y con unos hermosos ojos azules. La llamaban “la liga de las Naciones”, porque sus hijos eran de un francés, un español y pues me figuro que un mexicano. Yo no entendía la broma, pero lo que sí entendí es que ella se enamoró perdidamente de su esposo Edouard Silve, y tuvieron varios hijos. Él viajó en un barco que se hundió, o eso decía el telegrama que le llegó; mi abuela se quería morir, quedar viuda y con una marimba de chamacos. Después llegó al pueblo un doctor a hacer su servicio social, español, radicado en Guadalajara. Fue ese mismo Dr. Álvarez, que cortejó a la hermosa viuda y pues fue engendrada mi mamá, que siguió siendo Silve a pesar que la viudez ya iba para el año. La última camada fue de un Sr. de apellido Alemán, que aunque era mexicano se prestó perfecto para el apodo que llevaría mi abuela. Con él tuvo un hijo y dos hijas.

Esta historia no vendría al caso si no les platico lo que le pasó a mi abuela cuando decidió irse a vivir a la capital. Llegó al edificio de Correos en Eje Central, y al estar haciendo fila le preguntó al caballero que estaba delante de ella en dónde se podrían adquirir las estampillas.  Cuando el hombre volteó se dui cuenta que era su marido, el francés, el ahogado, el muerto en el fondo del mar, Edouard. Al verla, se le llenaron los ojos de lágrimas y salió corriendo del lugar, ¡todo un caballero!  De más está decir, que a partir de entonces mi abuela Josefina se dedicó a fumar y a rezar, la comida únicamente la olía, y así logró vivir por muchos años.

Cuando llegaba el final de la quincena, o comíamos y entrabamos al cine o nos íbamos en tranvía. Las caminatas eran interminables, pero bien divertidas, como en el Mercado de San Juan de Di-s que me encantaba ver todos los manjares que vendían. Nosotros nos comíamos un caldo de indianilla con tortillas recién hechas. También nos gustaba ir al de Jamaica y comíamos unos huaraches con costilla, que ni en el mejor restaurante, con la salsa bien picosa. Mi abuela y mi tía Sara me trataban muy bonito, platicaba con mi prima Ana, me la pasaba con mi tía Lola que estaba recién casada viviendo con mi Tío Enrique, el hombre más bueno que recuerdo.  Él me quería mucho y me hacía sentir tranquilo, como si fuera mi papá; ellos vivían en un departamento de la planta baja. Me encantaba correr en la azotea, brincando los blocks de vidrio que asemejaban domos, hasta que los nervios de mi abuela estallaron y decidieron que lo mejor era internarme en el Colegio Williams.  Era una escuela enorme, de verdad, hasta tenía alberca y canchas de tenis; me obligaban a comer abundantemente, eran ingleses, la disciplina férrea pero bien encaminada. Era muy reconocida, allí estudiaba Cuauhtémoc Cárdenas, varios hijos de gobernadores y empresarios muy importantes. Todos estaban internos de medio tiempo, ósea de lunes a viernes, en cambio yo y otros dos muchachos de Michoacán nos dejaban hasta para Navidad y fin de año. Cada semana le escribía cartas a mi mamá, suplicándole al principio que viniera por mí, poco a poco rogándole que viniera para mi cumpleaños, pidiéndole que mandara lo de mi pasaje para ir en las vacaciones: siempre me dejó plantado, ya que estaba haciéndole pie de casa a un sacerdote y le era imposible dejarlo sin sus cuidados. Como que la astilla ya era estaca, me dolía el corazón de acordarme de mi mamá y mis hermanos.

Salí de la Ciudad de México y me llevaron a Morelia, a otro internado, donde había varios conciudadanos. Mandar a los hijos a los internados les daba algo de caché a las familias: “el pan ajeno, hace al hijo bueno”.  En mi caso lo llevaron al extremo, me depositaron y se olvidaron de mí. Mis hermanas también fueron internadas, pero ellas estaban juntas, en el internado de niñas. Leticia la mediana, era buena para los madrazos y gracias a que los recreos eran mixtos, cuando alguien me molestaba les decía: “Les voy a echar a la Ronca”.  Salían corriendo pues sabían que aquel torbellino de ojos azules les ponía unas buenas correteadas y patizas. Siempre me caractericé por saber a simple vista los atributos de cada quién y emplearlos de la mejor manera.

Mi mamá, había quedado cubierta por una liquidación extraordinaria y un seguro de vida exorbitante para esa época, $350,000 pesos, mismos que fueron desapareciendo poco a poco, por negocios que financió mi mamá a parientes vivales que la dejaron sin nada al pasar de los años.

Fui juntando mis domingos y ahorré para comprar el boleto de camión que me llevaría a mi pueblo. Nunca más regresé a los internados ya que mi madre ya no tenía dinero. Le dije a mi mamá que a partir de ese momento iba a trabajar, estudiar y ayudarle.  Pobrecita, siempre se ponía nerviosa cuando escuchaba gritos o nos veía jugar, pareciera que mi alegría le molestaba y de a poco comencé a hacerme huraño, gritón y malencarado. Esos momentos amargos se me pasaban cuando me tomaba una cerveza o un whiskey y mi “niño” travieso afloraba, mis puntadas, la simpatía y las bromas me delataban. Ya más grande comencé a beber porque me caía muy bien cuando andaba “a medios chiles” y así todos me sonreían y me animaban. Me di cuenta que siendo como era, bueno, no iba a llegar a ningún lado. Finalmente me convertí en un joven nervioso y temeroso que le molestaban los gritos y las risas estridentes, la alegría.  Aunque la daga ya no estaba, había dejado un hueco inmenso. Mi “niño” interno estaba profundamente lastimado.

La herida cicatrizó y se abrió varias veces, con la muerte de mi tío Florencio, mi madre y mi hermana, ambas Carolinas; pero sin duda, la que casi me deja sin corazón fue cuando murió mi hija Fabiola. No hay nombre para ese dolor, es más, ni existe.

Hoy ya en mi vejez, he comenzado a reír, a disfrutar lo que hemos trabajado mi esposa y yo, eso sí, me da miedo que mi hijo se tome unas copas, o vaya a comer al “mejor restaurante”, sin mencionar lo nervioso que me ponen que mis nietos brinquen a la alberca. Se me olvida lo que yo era a su edad.

Tal vez me quedó latente un miedo a ser feliz, oculto en el fondo del corazón, porque siempre que era feliz me pasaba algo terrible. Espero que la intolerancia haya terminado en mí. Es más, estoy seguro, ya que yo mandaría a mis hijas a un psiquiatra porque son tan escandalosas cuando se ríen y platican de bulto, que me ponen los nervios de punta. Siempre les digo: “Hagan las cosas como la gente decente: sin que se note”.  Por eso soy Luís Orozco Silve y no Luís Orozco Álvarez.