El primer día del resto de tu vida

Seudónimo: E. H. Iceberg

Mis dedos hacían girar en círculos la pequeña taza de porcelana, formando remolinos ingrávidos de café expreso mientras miraba, ausente, la presentación de ventas en la pantalla, cuando sonó mi teléfono, el identificador indicaba que era Batia, salí y contesté aunque estaba ocupado, así lo hice durante todo el embarazo.

—Te pasó al doctor Tame —dijo apresurada.

—Hola doctor —respondí tranquilo.

—Mira, creo que deberías venir para acá, no es algo urgente pero sí van a nacer hoy, eso es un hecho.

—voy para allá —dije tibiamente.

—¿Ya vienes amor? —escuché de nuevo la voz de Batia en la bocina.

—Sí —dije casi sin aire—, pero no entiendo, apenas son treinta semanas.

—Mira ven y aquí te explico.

Conduje rápido, no había tráfico en la ciudad. Llegué al hospital y entré de inmediato al cuarto de Batia, la encontré acostada, en bata de hospital, varias máquinas se conectaban a su cuerpo en diversos puntos y emitían pitidos alucinantes que hablaban y se interrumpían constantemente. Algunos médicos entraban y salían de forma relajada de la habitación.

Conversé con Batia durante algunos minutos, en una mezcla de emoción y preocupación, hablábamos con cuidado, como quien cruza un campo minado y teme detonar una bomba, una explosión de miedo e incertidumbre que nos lanzaría a un vacío de angustia que se divisaba en la distancia.

Un golpeteo en la puerta nos rescató, entró un hombre vestido en bata verde, estaba completamente calvo, y en su pecho colgaba un dije dorado en forma de calavera.

—Soy el anestesiólogo —dijo con una voz grave—, vamos a iniciar con la epidural, por favor recuéstate sobre tu costado derecho.

Me quedé mirando un rato, mientras una serie de agujas, cada una más gruesa que la anterior penetraban la espalda de Batia, quien suspiraba y gemía a ritmo con los zumbidos insoportables de las máquinas.

Al cabo de poco tiempo llegó el camillero, sentí un nudo apretarse en mi garganta mientras lo seguía por una serie de pasillos laberínticos, hasta llegar a una sala donde me esperaba la bata quirúrgica, que impediría que metiera alguna impureza en el impecable quirófano.

La cirugía comenzó de inmediato, me vi rodeado de toda clase de médicos y ayudantes, con distintos colores de batas que significaban algo que no podía descodificar. Al cabo de pocos minutos nació la primera niña, un cuerpecito tan diminuto como perfecto, seguí a los doctores que vestían de azul hacia una esquina del cuarto donde realizaron maniobras indescifrables, pero que parecían indispensables para la supervivencia de la pequeña bebé.

Enseguida nació la segunda niña, y me vi caminando a la esquina contraria del quirófano, una bolsa de plástico grueso y transparente se unía mediante una máscara a la diminuta nariz de la bebé. El médico abría y cerraba la mano para inflar los pulmones de la niña con la calma de quien lo ha hecho mil veces.

Me pidieron que acompañara a las niñas, me acerqué a despedirme de Batia, besé su frente, y salí del cuarto por un pasillo angosto que conducía a otra sala. Al llegar me senté junto a una de las bebés y tomé su mano por primera vez, su puño se cerró enseguida y se aferró a mi índice, que sus pequeños dedos apenas alcanzaban a rodear con dificultad.

Un pensamiento rompió mi calma, nuestras familias aún estaban afuera esperando noticias, me despedí de las niñas y salí rumbo al área de espera. A lo lejos vi a un grupo de personas ponerse de pie y caminar con emoción hacia mí, sabía que anhelaban saber el sexo de las bebés, levanté mis brazos mostrando las muñecas, revelando las dos pulseras color rosa. Nos abrazamos y lloramos con alegría durante unos minutos, hasta que escuché una voz que parecía venir de otro mundo, un mundo sumergido bajo la tierra. —Señor, señor —dijo con impaciencia una mujer vestida en uniforme de personal de seguridad—, los doctores lo llaman de vuelta al quirófano.

Entré al área de quirófanos y comencé, como la primera vez, a vestirme con el equipo estéril, cuando escuché el grito del doctor Tame impaciente:

¡Necesito aquí al esposo ya!

—¡Ya métase así! —dijo una enfermera.

Entré al cuarto y el doctor comenzó a hablarme con velocidad, no podía escuchar lo que decía sobre el sonido de mi propio corazón que latía a todo volumen en mis oídos. Mi cerebro no procesaba más que algunas palabras sueltas que carecían de sentido y no podían hilarse de forma coherente: sangrado profuso, matriz, consentimiento, transfusiones.

—Haga lo que tenga que hacer —murmuré.

La enfermera me tiró del brazo y me sacó inmediatamente del quirófano.

Salí por el pasillo a la sala de espera donde los familiares seguían festejando. Al verlos me recargue sobre la pared, el hospital entero comenzó a girar en círculos a gran velocidad, mis piernas perdieron la fuerza y me desplomé sobre la baldosa fría del suelo. La guardia de seguridad acercó a mi nariz un algodón impregnado de alcohol que me llevó al borde del vómito. Sudor frío escurría por mi frente.

Unas horas más tarde vi a Batia, estaba inconsciente y su rostro tenía un color blanco y pálido que contrastaba sin sentido en mi memoria de su piel morena. Un tubo de tamaño ilógico salía de su boca, y cables de todo tipo rodeaban sus extremidades. Los pitidos incesantes de las máquinas ocuparon de nuevo la atmósfera. El cubículo de terapia intensiva tenía un aire frío y seco que no podía soportar. Me despedí de nuevo de ella y crucé dos alas del hospital, conectadas por puentes de cristal que miraban hacia la calle donde el tráfico nocturno de la ciudad se movía con lentitud.

Llegué a otra sala de terapia intensiva, era de menor tamaño que la anterior y no tenía cubículos formados por cortinas sino una serie de cunas diminutas cubiertas de burbujas de plástico transparente. Mire a las niñas que dormían tranquilamente; por primera vez en meses pasarían la noche sin sentir las extremidades de la otra enredadas en sus cuerpos, ni escuchar los latidos de corazones ajenos sin poder distinguirlo de los propios.

Un par de semanas más tarde empujé a Batia en una silla de ruedas a esa misma sala llena de cunas, nos sentamos junto a las bebés y nos miramos mutuamente, como dos niños tratando de actuar como adultos frente al mundo.

Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses, entrando y saliendo a deshoras de esa sala fría, alimentando y abrazando por turnos a esos seres maravillosos que luchaban por sobrevivir, con una convicción digna de un héroe de fantasía.

—Papá, queremos que nos lleves mañana a la escuela. —La voz de Lila me sacó de mi ensueño— ¡No sabemos cuál es nuestro salón!

Besé sus mejillas y las arropé con el grueso edredón. Recorrí el estrecho pasillo que separaba las camas y conducía a la puerta de la habitación. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

—Buenas noches —dije suavemente mientras cerraba la puerta.