En el ático de la casa de los monstruos

Seudónimo: Pepinillos

Tick tack, tick tack. Un ratito más… ¡Cucú! El reloj de la sala anuncia la llegada de las doce. Me muevo lentamente por el piso de madera del ático hasta llegar a la trampilla. La abro. ¡Craj! La madera de la compuerta cruje. Pum pum. Mi corazón late de los nervios. Me quedo estático un segundo, espero. Porque si los monstruos me escuchan, estoy muerto.

¿Qué está pasando? Normalmente se cree que, aquí arriba, en los áticos, se esconden los monstruos. Aunque, en mi caso, yo vivo oculto en su ático. En el ático de la casa de los monstruos. Puede sonar como una frase linda para empezar un cuento. Pero no. ¡No, no! Estos no son monstruos de cuento. Son reales, con piel áspera, caras estiradas, con repugnantes dientes y estoy atrapado con ellos.

Ahora mismo estoy bajando por comida, por eso abrí la puerta del ático. Es de noche, la cena acabó. Los monstruos dejaron de tragar y de embutirse comida en sus gargantas. Se fueron a dormir. Es el único momento propicio del día para obtener alimento. Mis tripas se retuercen, llevo mucho tiempo sin comer. Aunque debo esperar un poco más, debo asegurarme de que estén dormidos.

¿Cómo terminé aquí? Estoy por necesidad. Allá afuera todo es difícil, encontrar comida es complicadísimo y las calles están repletas de monstruos que lo último que van a hacer es ayudarte. Si tan solo las cosas fueran diferentes… Pero aquí adentro puedo bajar al refrigerador en las noches para robar comida. ¡Aunque debo tener cuidado! ¡Mucho! Porque los monstruos de esta casa siempre están listos, atentos a cualquier sonido. Tienen hambre y si me escuchan… no quiero pensar qué pasaría si me escuchan.

Abro la compuerta en su totalidad. Con ella se despliegan unas escaleras, que por suerte son de metal. Delicadamente las bajo, prácticamente no hago ruido. Puf, el piso de tapete hace un leve ruido al posarme sobre éste. Pam, cierro las escaleras del ático. Me encuentro en el pasillo del piso de arriba, cerca de los cuartos de los monstruos. Necesito bajar a la cocina donde está el refrigerador. ¡Click! ¡Una luz se prende!

Rápidamente me escondo detrás de una de las paredes, sin hacer ruido. ¡Pum pum! ¡Mi corazón late mucho más fuerte! Mis ojos empiezan a lagrimear de los nervios. Mis dientes chocan. Mi respiración se agita. Me tapo la boca con una de mis manos. Con la otra me apoyo en la pared para asomarme… El monstruo pequeño. ¡Pum pum, pum pum!

En la casa hay tres monstruos. Uno gordo, triste, lento. Con la piel estirada, sobrante. Cara larga, actitud pasiva. Come mucho. Le gusta quedarse pegado al televisor para tratar de estar menos triste. Ese monstruo es el líder porque es el más grande. Cuando se enoja llega a pegarle a los otros dos monstruos que empiezan a gritar y a llorar. Pero no se apiaden, los otros dos monstruos también son malos.

La segunda monstruo es alta, con cabello largo, grasoso, despeinado. No come tanto como el primero, aunque también es triste. Lo que más da miedo de ella es que, para quitarse la tristeza, se pinta la cara y se pone cosas en el cuerpo. Pintura, artículos para ocultar su verdadero rostro y apariencia. Colores desordenados junto con pedazos de metal incrustados en su piel, otorgándole un aspecto horripilante.

El último es un monstruo más chiquito. El que ahora mismo está en el pasillo. Éste es algo más rápido, también más curioso. Él no está triste, está lleno de energía. Esbozando una sonrisa macabra todo el tiempo. Es especialmente horripilante, se mete cosas a la boca y su baba siempre se le está escurriendo, listo para comer.

Ahí estaba el pequeño monstruo, babeando. Rápidamente se mueve a través del pasillo con movimientos torpes. Tiene una capacidad motriz mala, eso lo hace más aterrador. «¡JUGUETE!», dice el monstruo con una voz horrible, una poco desarrollada. ¡Está hablando de mí! ¡Me pongo a temblar y a llorar en silencio! Pero no… está hablando del juguete en el pasillo. Por eso se había despertado, se le había olvidado su juguete. El pequeño monstruo recoge su peluche, regresa a su cuarto. ¡Click! Se apaga la luz.

Aguardo un minuto… regreso al pasillo. Me dirijo a las escaleras de madera que conducen a la planta baja de la casa. En estas necesito ser más cauteloso para no hacer ruido. Pam, pam, pam. Llego a la planta baja. Siento el frío suelo de mármol con mis pies descalzos. Debido al material del piso, puedo moverme sin preocuparme de hacer tanto ruido. Avanzo hasta llegar a la cocina y ahí está: el refrigerador.

¡Qué bonito es el refrigerador! ¡Tengo tanta hambre, llevo días sin comer! Mi boca empieza a salivar. No aguanto más, abro la puerta. ¡Hmmmmm! El sistema de refrigeración empieza a sonar. Queso, salchichas, yogurt, pan, huevos, frijoles, puré de papa, pollo, atún, carne, jitomate, pepino, pasta, mantequilla, aceitunas, leche, pastel y pepinillos. Qué rico, pepinillos. Con cuidado agarró la leche. La empiezo a beber directo del cartón. Glug, glug… ahhh. Termino y la regreso a su lugar, ahora medio vacía. Agarro las salchichas. Están frías, igual me como unas cuantas. No me acabo las cosas por completo, sino los monstruos se pueden dar cuenta. Sigo con el queso, parto un pedacito de pan. Poco a poco como más hasta saciarme. Aunque aún no he probado los pepinillos. Me encantan los pepinillos. Quizás si me los llevo no se den cuenta. Me pueden servir para comerlos en el ático sin necesidad de bajar. Entonces agarro el fras… ¡CUCÚ! Suena el reloj, espantándome. ¡CRACK! Se me cae el frasco del susto y se rompe. ¡PAM! Entre mi despiste no puedo evitar que la puerta del refrigerador se cierre de golpe. ¡CLICK! ¡Se prenden las luces de arriba! ¡Los monstruos se despertaron!

¡AY NO, AY NO, AY NO! ¡TODO MAL, TODO MAL! Empiezo a temblar y a llorar de la desesperación. ¡¿A dónde voy?! Me dirijo a las escaleras para regresar al ático, pero la puerta mal aceitada del cuarto del monstruo gordo suena al abrirse. ¡No puedo subir, los monstruos me bloquean el paso! Regreso a la cocina. ¡Ahhh! ¡Me agarro la cabeza con las manos! ¡Aprieto los dientes! ¡PAM, PAM, PAM! Se escucha como el monstruo gordo y la monstruo pintada bajan las escaleras. ¡Ya sé, ya sé! Corro, me agacho y me meto en el cajón de debajo del lavabo. Un momento después, los monstruos llegan a la cocina. ¡Click! Prenden la luz.

A través de la rendija del cajón, observo cómo ambos monstruos miran el desastre de la cocina. Pepinillos, cristales, jugo. Todos desparramados en el suelo. Aparte de eso, hay algo más… ¡Sangre! ¡Mi sangre! ¡Auch! Al darme cuenta, mis pies me empiezan a doler. Había pisado los cristales, la adrenalina me había bloqueado el dolor. Dejando huellas de sangre por el suelo, cuyo tramo terminaba justo en frente del cajón en donde estaba escondido… Se dieron cuenta.

¡AY NO, AY NO, AY NO! El monstruo gordo se acerca. ¡NO POR FAVOR, POR FAVOR, POR FAVOR! ¡Empiezo a llorar a cántaros! ¡Me tiembla muchísimo todo el cuerpo! ¡El monstruo está enfrente! ¡PUM PUM, PUM PUM, PUM PUM! Mi corazón va a mil por hora al ver cómo el monstruo se agacha para abrir el cajón. ¡ME VAN A COMER, ME VAN A COMER, ME VAN A COMER! El monstruo abre la puerta y nos miramos a los ojos… ¡AAAAAAAA, AAAAAAAA!

 

Las luces azul y rojo estaban interrumpiendo el sueño de todo el vecindario. Después de la llamada de emergencia, los policías llegaron a la casa de la familia. Los tres miembros de ella estaban afuera en el jardín. El marido, pasadísimo de peso, andaba entre enfurecido y asustado, aunque lo de enojón probablemente era su expresión de siempre. Su esposa, nerviosa, se empezó a poner aretes y se estaba maquillando. Los policías no llegaban a comprenderla, era la una y media de la mañana. Mientras, su hijo de cuatro años andaba en pijama. Lleno de baba, jugando con su peluche. «¡No me toquen monstruos!», gritó el vagabundo, mientras dos policías lo arrastraban fuera de la casa.

—No puedo creer que el tipo estuviera metido seis meses ahí —dijo uno de los policías.

—Qué te digo —respondió su compañero—. Pobrecito.

—¿Pobrecito? Se aprovechó de esa familia. Se lo merece.

—Nah, estás exagerando. Solo quería comida, lo hizo por necesidad. En fin… Otra situación sería si las cosas fueran diferentes.

Ambos se pusieron a llenar el reporte mientras sus otros dos compañeros metían al vagabundo en la patrulla. «¡Todos son unos monstruos!», seguía gritando. Quizás por su esquizofrenia. O quizás porque ahora se lo llevaban al mundo exterior. Cuyas calles, como el vagabundo bien había dicho, estaban repletas de monstruos los cuales no estaban dispuestos a ayudarlo en absolutamente nada. Puede que el vagabundo tuviera razón, tal vez sí estaba viviendo en el ático y también en el mundo de los monstruos.