Hooligans vs Boludos

Seudónimo: Arnulfo Bifurcado

Domingo 22 de junio de 1986, con 12 días terminado el ciclo escolar finalizando décimo grado, en el sur-californiano donde al fútbol se le llamaba “Soccer”, yo derramaba mi pasión por ser -aficionado universal-.

El béisbol era mi deporte predilecto en esos momentos, pero ya me corría sangre -azul crema- en las venas, gracias a la transmisión dominguera de la XEW. Con la llegada de Valenzuela en los ochentas y los tacos de Tijuana, entendía cada día más los colores mexicanos que me burbujeaban por dentro. Con éstas pasiones despertaba ese domingo regocijándome del partido que íbamos a disfrutar en el coloso de Santa Úrsula, sin saber que ese día se me terminaría la ingenuidad con la que mi acento –pocho- era recibido por los aficionados del América / Chivas. Mi maduración vendría al ver las madrizas intercaladas entre los famosos hooligans del otro lado del charco, disminuidos en número, pero no en agresiones contra los pibes albicelestes de mi compañera de clase, de melena larga, hipiosos y boludos y mucho más representados. Antes del partido era un concurso por ver quién subía su bandera más alta, quién cantaba más fuerte o quién tenía más tatuajes… pero al arranque del partido los australes sacaron la -Union Jack- y le prendieron fuego. ¡El partido empezaba, la sangre se calentaba y la guerra volvía!

Las peleas me llamaron más la atención que el partido. No podía creer que se estuvieran intercambiando ese tipo de agresiones entre aficionados del deporte más famoso del mundo, y aun no pitaba el árbitro la primera falta.

Vi como un inglés le azotaba la cabeza a un argentino sin piedad contra el asiento de concreto del Azteca, rodeados de otras docenas de involucrados, escupiendo sangre de la riña. Aunque estaba a más de 70 metros de lo ocurrido, sentía un agujero en el estómago digiriendo las escenas gráficas a mi alcance. Con gritos de “FUERA-FUERA” se movilizaron los granaderos para apagar el primero de muchos brotes surgidos de esta rivalidad.

El mundial de la ola Coca-Cola y la chiquitibum,  abrazó mi niño interno y me escupió un adolescente rebelde, aprendiendo con cada grito al cartero,  el contrabando de rollos de papel de baño, ollas ruidosas y los gritos de “Culeeeeeee-roooooo” (que aún me provocan sonrisa!). No aprendí a gritar en esta época, eso ya me lo había enseñado mi padre en las gradas del Jack Murphy viendo a los Cargadores ganarle a los Bengalíes, en un famoso MNF 50 – 34, pero esa es otra historia. Lo que aprendí en el Mundial del 86, fue como gritar en adulto, pedir chelas y “Viva México Cabrones”, y las ramificaciones de esto. Agradezco enormemente a mi héroe por haberme heredado la sangre de aficionado empedernido, y de colocarme en el ojo del huracán, adquiriendo una serie de cinco boletos para participar en todos los juegos en el majestuoso estadio de la inauguración y de la final; además de este memorable partido de cuartos de final, que nos alimentó con dos de los goles más mencionados históricamente, y un ángel libertador que se tropezaría con su fama en años futuros. Ambos goles a escasos 50 metros de mi trompeta que goteaba carta blanca.

Personalmente le iba a los de habla hispana, pero después de la sorpresa del primer intercambio de agresiones decidí ver más, que participar.

-¡La mano de dios- la vimos todos menos el árbitro, los ingleses no lo podían creer!!  Pero se les quitó cuando en menos de 5 minutos, Maradona los volvió a marear con su gambeta zurda, que valió por dos goles. El estadio explotaba de júbilo de parte de los futuros campeones. El grito de “vamo-vamo, Argentina, vamo-vamo a ganar” retumbaban por todas las gradas. Por el otro lado, los ingleses, borrachos de coraje, buscaban incitar más golpizas para canalizar su coraje. Un gol tardío de los británicos tensó el juego al final, pero el daño del astro portando el 10 fue suficiente para trasladar a su selección al próximo escalón del peldaño para volver a ganar y enfrentarse a los teutones en la gran final.

 

Nunca olvidaré este día donde aprendí que el ser humano ha avanzado mucho en su barbarismo, pero la rabia del fútbol destapa cicatrices profundas de un pasado bélico.