Los amantes

Pseudónimo: Magritte

Entré a su recámara. El olor a muerte seguía impregnado en cada esquina. El colchón mostraba manchas de orín, de sangre; las cortinas raídas dejaban entrar la poca luz que se escabullía de entre los edificios aledaños; los resortes de la mecedora la volvían una silla de tortura; el tapete emanaba olor a humedad; a los muebles solamente les faltaba ser protegidos por telarañas. Me acerqué lentamente a su mesa de noche, sacudiendo el polvo, abrí el cajón.

Recortes de revistas, facturas por pagar, pañuelos desechables usados, pedazos de caramelos pegados a más recortes de revistas, monedas, migajas de pan, hormigas… y un sobre abierto. Lo tomé y voltee para cerciorarme que estaba sola, aunque desde su muerte la casa estaba cerrada, y yo como única heredera tenía la llave. Solamente fantasmas podrían estar acompañándome. Respiré profundo y saqué la carta.

Estaba fechada una semana antes de que mi madre muriera. En una inhalación la leí de principio a fin. La persona que suscribía no estaba al tanto de que su corresponsal estuviera no solamente enferma, si no en su lecho de muerte. Cuando exhalé me di cuenta que mi madre tenía un amante.

Me levanté de la cama, abrí la ventana. Recargada en el marco, la releí. La primera frase era seguramente  la continuación de la última oración de la carta que mi madre le había enviado, donde plasmaban la forma en que hacían el amor.

Vergüenza, rabia, excitación y asombro me dejaron temblando. Me tomó varios minutos tranquilizarme y recobrar la fuerza para buscar los escritos anteriores. En el quinto cajón que esculqué, vi bajo una tela rosa sobres apilados y desacomodados. Los tomé amontonándolos bajo mi chamarra y, como si fuera una ladrona, bajé por la escalera a toda prisa, salí a la calle y corrí hasta quedarme sin aliento.

Me encontré frente a un parque donde busqué una banca para instalarme. Organicé la correspondencia por fecha y comencé a leer. Me tomó cinco horas terminar con la última carta que mi madre leyó.

Sin pensarlo, regresé a su casa. Subí a la recámara, me recosté en el colchón y sin notar la pestilencia, me dormí. A la mañana siguiente tomé una hoja y escribí mis hallazgos: sus encuentros eran esporádicos… una veintena en diez años; aunque habían unido sus cuerpos en lo que describían como una pasión incontenible, no conocían sus rostros por insistencia de ella; percibía yo una diferencia importante de edad, siendo mi madre mayor; él la adoraba, la idolatraba… ella tenía el control; fue ella quien empezó a seducirlo y provocarlo desde el anonimato; su último encuentro presencial había sido hace año y medio, antes de caer enferma;  lo tenía amarrado con su sexo epistolar.

Tomé unas tijeras. Mis manos trabajaban con ligereza, me sentía una espectadora ante toda la actividad que surgía frente a mis ojos. Logré crear una carta de media cuartilla compuesta de pedazos de papel. Fui a la biblioteca municipal para sacarle una fotocopia al rompecabezas que había formado. El resultado daba la impresión de ser una carta escrita por mi mamá. El mensaje era claro: llegó el momento de descubrir nuestros rostros.

Una semana más tarde estaba dispuesta a personificar a mi madre besando a su amante. Me vestí con su ropa, me puse tacones para tener su misma altura, me rocié de su perfume. Traté de seguir su “ritual” en cada uno de sus encuentros. Cubrí mi rostro dejando únicamente mis ojos descubiertos, tranquila que teníamos el mismo color marrón.

Llegué al hotel de “las Jacarandas”. Una joya de lugar. Empecé a buscar esa banca colonial debajo del árbol que entre dejaba ver una iglesia al fondo. Una señorita se me acercó y con mucha familiaridad me dio la bienvenida. Ya está abierto su cuarto con todo listo y las persianas bajadas, me dijo con una voz suave y un ligero tono de complicidad.  Le agradecí con un gesto.

Reconocí la banca de inmediato, me senté y esperé. Lo vi llegar, cuerpo atlético, cabello obscuro, dedos largos, andar jovial.  Como siempre, se acercó por atrás, me abrazó y sus labios empezaron a recorrer mi nuca mientras sus palabras encendían el corazón.  Su olor, su voz me paralizó. Me invadió el odio contra mi madre, qué si no estuviera muerta la hubiera ido a matar. Me levanté y salí corriendo. Subí las escaleras del campanario de la iglesia, llegué sin aire, me detuve del barandal.

El joven que mi madre había seducido durante los últimos diez años, que había poseído pasionalmente, engañándolo, era el primer y único hombre del que yo estuve y sigo enamorada. Ella me orilló a abandonarlo cuando decidimos casarnos, me metió ideas terribles sobre él, incluyendo de que era infiel y a ella le constaba, me empujó a insultarlo, y después a cortar toda comunicación. Nunca imaginé que mi propia madre fuera la “otra”.  Mis últimos diez años estuvieron invadidos de soledad, de arrepentimientos, de frustración, de ser el objeto de lástima de mi progenitora. Una década de atenderla, mantenerla, soportarla mientras ella vivía mi vida.

Decidí regresar al hotel, sin saber bien a bien si quería yo confrontarlo o pedirle perdón.  Antes de llegar me invadió la duda de si era él o no. Entré. Ya no estaba.