Mi vida en óleo

Seudónimo: Amistad Es

Yo, Lisa Gherardini, quedé plasmada en un retrato desde que Leonardo me pintó. Mi vida en este cuadro ha sido más emocionante que mi vida real porque ahora soy eterna. He pasado varias aventuras y he conocido a mucha gente importante. Viví en el castillo de Clos Lucé, viví con el rey Francisco I y también conocí íntimamente a Napoleón. Me enteré de secretos importantes que pudieron haber cambiado el mundo. He sido silenciosa testigo de la historia.

Era el año 1503 en Italia. Leonardo y yo éramos vecinos y buenos amigos, por lo que mi marido, un millonario de la alta sociedad, le pidió que hiciera un retrato de mí. Fue el último  retrato que hizo. Quedó tan bello que el mismo Leonardo se enamoró de su obra y me llevó a vivir con él hasta su muerte en 1517.

Cuando falleció Leonardo, el rey Francisco I me llevó a su castillo para hacerle  compañía. Conocí Fountainbleu y pasé por Versalles. Todo lo que me rodeaba era hermoso, fue una época feliz para mí. Algunos siglos después, en 1804, llegué a París, donde estuve hasta que fui secuestrada, un poco antes de la Primera Guerra Mundial. Aunque parezca difícil de creer, llegaron a culpar a Pablo Picasso de mi secuestro. Pobre hombre, nunca entendí por qué. Después de mi rescate pasé unos años en Italia, pero eventualmente regresé a París, donde pienso seguir viviendo para siempre.

A través del tiempo, he recibido visitas de todo el mundo. Han venido ministros, Reyes,  Zares, Shas, damas distinguidas, intelectuales, curiosos, y hasta niños en edad escolar.  Todos me miran desde diferentes ángulos y yo siempre les regreso la mirada, me parece un  acto cordial. Les sonrío porque sé que me vienen a ver desde muy lejos, con mi sonrisa enigmática, como lo fue mi vida.

Siempre me he mantenido en silencio y sonriendo; escuchando profundamente y leyendo las expresiones de quienes me visitan. Pero desde hace unos meses mi hogar ha estado vacío. Nadie ha venido a verme: ni a mí, ni a mis compañeros del palacio. Confundida por la repentina soledad, decidí investigar por qué ya nadie venía a visitarnos. Recorrí el palacio completo con mi mirada: vacío. Sólo estábamos los mismos de siempre, esperando pacientemente a que algo sucediera.

De repente y sin pensarlo dos veces, en este día soleado de verano, decido despegar las manos de mi regazo. Mis hombros están adoloridos por el paso de los años y rechinan, pero los muevo de arriba a abajo hasta aflojar a mis articulaciones. Poco a poco convenzo a mis piernas de moverse. Con gran esfuerzo pero mucha firmeza, me levanto y desgarro la tela que me mantenía guardada. Saco la cabeza y me asomo a un lado y al otro, para asegurarme de que nadie me vigile. Levanto la silla donde llevaba tantos siglos sentada y con ella rompo el vidrio que me aprisionaba.

Una vez afuera me sacudo el polvo y emprendo el viaje, deseosa de ver qué ha sido de mi querido París. Me asomo por la ventana para ver los hermosos jardines, pero lo que veo es otra cosa. Confundida, me pregunto: ¿Estoy en Egipto o por qué hay una pirámide? ¿Me trasladaron y no me di cuenta? Pero si estoy en el palacio de Louvre… No entiendo nada. ¿Nos conquistó Egipto? ¿Perdimos la batalla de Pavía y nos vendieron? ¿O trajeron una pirámide de Egipto para alguno de los reyes? Eso ha de ser, sí, seguramente es eso.

Pero algo más parece estar ocurriendo, algo muy raro. ¿Dónde está el guardia? ¿Dónde  están las personas? ¿Se acabó el mundo? ¿Se erradicaron los humanos por las guerras? Por lo que recuerdo, hubo muchas batallas entre católicos y protestantes. ¿Se murieron todos? ¿Ganaron los protestantes y mataron a los católicos? ¿Ganaron los católicos  y mataron a los protestantes? Perpleja y con todas estas preguntas en mi cabeza, sigo recorriendo el palacio hasta ver una puerta que parece ser la salida.

Estoy en París, me dije a mí misma, tiene que ser París. Tomé aire y respiré profundo. ¿Que habrá de nuevo? ¿Seguirá la tienda de croissants de Madame Levi? Quizá sus tataranietos siguieron la tradición. ¿Seguirán estacionando los caballos en el terreno de Monsieur Leblanc? ¿Cómo será  la gente de este siglo? O más bien ¿Seguirá habiendo gente en este mundo?

¡Cuántas preguntas, cuántos acertijos, cuánta incertidumbre! Por un momento, dudo en  seguir avanzando y tengo el impulso de regresar a mi lugar, a mi pared tranquila. Pero me doy cuenta de que si no salgo, no voy a entender por qué ya nadie viene a verme. Decido continuar mi viaje y hacer mi primera parada en el río Sena. No es como lo recordaba. Ahora tiene demasiados puentes y edificios a su alrededor.  En este río se llevó a cabo la coronación de Napoleón y también fue escenario de varios asesinatos. Ahora se ve una rara y enorme torre puntiaguda de hierro. Ya no veo caballos, en su lugar veo unas cajas metálicas con ruedas que pasan muy rápido, hacen ruido y sacan humo. Todo está lleno de construcciones hermosas, pero son demasiadas y muy pegadas unas con otras. Ya no hay tantos árboles como antes. Extraño el olor a campo y a pescado fresco. Ya tampoco hay montañas verdes, sino más construcciones. Pero ¿para quién son todas estas construcciones si la ciudad está vacía?. Los pocos humanos que veo tienen tapada la cara con una especie de mascada. Solo  se les ven los ojos. Supongo que no quieren ser reconocidos.

Sigo mi camino y veo que todos los comercios están cerrados. Veo edificios  enormes en cuya planta baja venden pan. Quisiera probar algo de pan o un pastel de los que se ven en las vitrinas, pero todo está cerrado. Sigo adelante observando mi alrededor, buscando a alguien que me explique, alguien que me cuente la historia que me perdí. La ciudad sigue siendo hermosa, pero cuánta soledad veo en este siglo: las pocas personas que hay tienen la sonrisa cubierta y pasean sin amigos, llevando perros amarrados con cuerdas que los obligan a caminar al  ritmo de sus amos. Quizás solo queda gente de la alta sociedad francesa, si no, no tendrían un perro.

Entre más camino más me pregunto a dónde fue toda la gente. Continúo mi recorrido mientras me imagino cómo sería vivir en uno de estos edificios enormes con panaderías abajo. Después de unas cuantas horas veo un edificio raro que no tiene panadería abajo. Al observarlo, descubro a una mujer dando vueltas en su balcón.

Nosotros en el año 1510 solíamos caminar por horas en el campo; ¿cómo es que esta  mujer solo camina en su balcón? Será una prisionera, pienso. Me acerco y me coloco debajo  de su balcón. Pienso que ella me puede explicar todo porque no trae la cara cubierta,  pero al verla de cerca me doy cuenta que tiene algún tipo de tapones blancos en las orejas  y trae una cajita rectangular del tamaño de su mano. Hago varias señales para llamar su atención y ella, al verme, me avienta una de esas telas que cubren los rostros. Será que es la moda o alguna nueva ley. Me la coloco, amarrando los estambre tras las orejas para cubrirme la boca y la nariz. Ahora parezco una mujer de esta época. Se retira sus tapones y me pregunta si tengo comida, me explica que no puede invitarme a pasar pero que me puede aventar algo de comer. Acepto gustosa porque quiero probar la comida de este  siglo y estoy algo hambrienta. La amable mujer me avienta una cosa redonda de metal que tiene pegado el dibujo de un pescado. Ahora me explico por qué desaparecieron los humanos. ¡Se acabó la comida y han tenido que comer metal! Al  tratar de morderla me rompí un diente. Todo tiene sentido ahora. ¡Ya entiendo porque usan algo para cubrir sus bocas, pues todos se han quedado sin dientes!

Entonces emprendo mi camino de regreso. Vuelvo al Louvre, a mi pared, a mi silla y a restaurar mi tela con la ayuda de La Encajera. Me siento tranquila porque ya entendí la razón por la que no han venido a verme los  humanos. Misión cumplida. Esperaré pacientemente a que regresen algún día. Mientras tanto sé que luzco hermosa con la nueva tela que me cubre la boca, de lo contrario, se vería mi sonrisa chimuela. Soy la Mona Lisa del siglo XXI.