Vivir de espejos

Seudónimo: Alicia

Te ardían los ojos, toda la saliva que alguna vez produjo tu boca, se había esfumado, estaba seca; la cabeza te punzaba. Fuiste a verla, entraste a su recámara, te sentaste en su cama. Un olor a ceniza de cigarro reciente, mezclado con perfume de rosas y eucalipto. Tres espejos. Te recostaste en su cama mientras le platicabas y tus ojos se cerraron unos minutos, para después perderse en el interior de un dibujo entre abstracto y cubista que se te había quedado grabado de alguna exposición. Penetró tu mirada la textura del dibujo; el rosa, el azul, los contornos morados de las figuras, siluetas torcidas, que casi perfilaban un cuerpo, un bosque, animales, miradas…

Ella aparecía en aquel dibujo, estaba en silencio, entumecida, angustiada…

Le hablabas, rememorabas, ¿Te acuerdas de mis cinco años?

Sus tacones altos, sus uñas pintadas con barnices nacarados, su aroma a rosas; sus amigas que la visitaban, su sinceridad y su soltura; su sonrisa, su lozanía de cuarenta y tantos que parecía de treinta, su manera deliciosa de cocinar, sus platillos… Vuelves a ver su sonrisa, ahora no cínica, sino de complicidad, de ternura; la veías tan grande, tan poderosa; te preguntabas si serías como ella cuando crecieras.

 

Los paseos al salón de belleza siempre estaban rodeados de gente que la quería, siempre platicadora, espontánea, llena de anécdotas y temas para debatir. Te contaba de sus peinados extravagantes sesenteros, mientras ponía a remojar::: sus manos. Cuando te iban a cortar el pelo, te decía que no te cortaran mucho, porque ibas a llorar. Les platicaba a sus amigas que la primera vez que te lo cortaron, al taparte con la bata, lloraste, porque no encontrabas tus manos. Sus amigas se reían, como si fuera la primera vez que lo contaba. Eran todas tan altas, tan arregladas con sus uñas largas y pintadas; sus anillos y pulseras; sus aretes largos, columpiándose entre lamentos y risotadas; entre anécdotas y rutinas de señoras casadas; sus llaves en las manos, como con prisa; las revistas, el cafecito, las confidencias y las confianzas, los tacones, el olor a acetona, a tinte, a perfume; siempre las mismas… Malena, Adriana, Alicia. La señora Alicia, una viejita de cabello beige corto y esponjado como algodón de azúcar, quien siempre te llevaba una bolsa de estraza con galletas deliciosas hechas por ella misma.¿Te acuerdas? – Claro.

De pronto, tu mirada volvió a posarse en el dibujo y rápidamente en el espejo de en frente, cuyo reflejo era el de otro espejo, el de arriba de la cabecera, en el que estaba pegado el póster de la pintura «El psicoanalista» de Remedios Varo, donde una mujer con atuendo verde sale de un lugar con una máscara en la mano, su favorita.

Ibas con ella de la mano, atravesabas una calle. Seguías caminando, siempre aferrándote a su mano cálida, su voz conciliadora… Flotabas literalmente, mientras ella te alzaba de un hilo como un globo de helio; eras terriblemente ligera y sentías una felicidad que no te cabía en el pecho. Entonces platicaba contigo, su globo. Te mecía con su voz tierna de mazapán y azúcar. Pero sin preámbulo, llegaban los gritos, las malas palabras y sentías cómo te abofeteaba frente a una muchedumbre: al parecer habían llegado a un evento escolar. Hablaba ahora de tu padre con sorna y saña, descargaba en tu helio toda su rabia de plomo, hasta bajarte del cielo y pisotearte. Con tus pequeños pies en la tierra, querías correr, irte lejos y te deshacías de su mano hirviente, pesada, que ahora detestabas. Sentías las burlas de cien miradas y sí que corrías a 70 km/hora con todas tus fuerzas, como Matías, tu gato, cuando ella lo perseguía para sacarlo al frío y que no ensuciara su casa. De pronto se borraban las dimensiones y todo era plano y oscuro, como un cuadro negro en una exposición abstracta; no había sabores, ni sensaciones; sólo sonidos de sirenas de ambulancia, después, un parpadeo blanquinegro constante, eterno. «Se durmieron tus sentidos», te decía con la voz flaca. «Por eso hace rato no sentías nada», te seguía diciendo con un moco colgando y los ojos apelotados. Te inflabas nuevamente, hasta reponerte del todo, te llenabas los cachetes de rosa, turquesa y colorado; tu cabello ahora era plateado y naranja. Nuevamente eras feliz, un globo feliz que palpitaba y abastecía de brillo el cuarto blanco y triste en el que habías aterrizado luego del accidente; bajabas del techo y sentías su calor en tu rostro, sus labios apretándote incondicionalmente las mejillas, hasta que el reflejo de su rostro en tu brillo, era inminente, entonces observabas ese reflejo, como un tercer espejo y te reías en el silencio que ella traducía en un susurro: «tus ojos se parecen a los míos cuando tenía 36 años».

La absurdidad del parlamento te hace despertar con palpitaciones. Abajo se oyen parloteos, pequeñas carcajadas contenidas, susurros, choques de copas, cubiertos, frases que se entienden y otras que no tanto, comentarios aquí y allá; chismes soltados como sin querer a diestra y siniestra, una verdadera fiesta de indiscreciones, risas contenidas y de pronto, silencio, murmullos, susurros que no pretenden ser escuchados, carcajadas de algún indiscreto que se equivocó de fiesta… Una reunión resplandeciente que se pretende prolongar. Desciendes las escaleras y te encuentras en una exposición de mensajes deprimentes, de lamentaciones fingidas de un montón de desconocidos que ignoran para qué han sido convocados exactamente. Volteas a verla y te cercioras de que las dos están escuchando los mismos discursos surgidos de la imaginación y las convenciones, mientras con un hoyo en la panza, tus sentidos despiertan del todo, aterrizando en el piso de la sala disfrazada de aquella ceremonia surrealista, volteas a verla una vez más y le das un codazo solidario. Ella niega con la cabeza y esboza una sonrisa, como cuando algo no le cuadraba. – Es tu Shive, ma. Ella comienza a caminar con pasos firmes, despejando el sendero de tanto desconocido, mientras tú la sientes cerca, como cuando tenías cinco años, más cerca que nunca.