Ya soy vieja

Seudónimo: Pililín

Hacía mucho calor ese día. Estaba yo sentado en un café viendo a la gente pasar. Muchas mujeres, caminando felices con sus blusitas ligeras sin mangas, minifaldas y suecos de tacón bajo.

¡Qué envidia! Qué daría yo por vestirme así. Tener las piernas y los pies al aire, ni calzones me pondría.

Me levanté para irme a una entrevista de trabajo. Mientras caminaba, me puse a pensar en las otras cuatro que había tenido esa semana. En la primera me señalaron que para meseros sólo contrataban mujeres porque era bueno para el negocio. En la segunda, para maestro de kínder, sólo mujeres también. “Ya tuvimos suficientes quejas de papás que pretenden que los maestros les hacen cosas a las niñas” me dijeron. Y ¿es cierto eso?, pregunté.  No, para nada, pero para qué arriesgarse.

En la siguiente me dijeron que lamentablemente tenían que cumplir con una cuota, por la ley de igualdad de género, y ya no había espacio para hombres.

Finalmente, no me quisieron contratar en una gasolinera porque era su imagen de sólo tener mujeres. Además, me dijeron, les daba menos miedo a los clientes cargar muy tarde cuando los atendían mujeres.

En el camión no pude evitar ver a mi vecina de enfrente, cuya blusa entreabierta dejaba ver un brasier precioso de encaje que sostenía dos pechos espléndidos. Sólo la vi medio segundo porque sé lo que puede pasar si la mirada llegara a incomodarla. Desde #metoo eso ya lo lleva a uno a la cárcel. Manteniendo la mirada baja, tratando de no ver tampoco su minifalda (otra vez, ¡qué envidia!) y menos sus piernas, me deslice fuera del transporte público al llegar a mi destino.

Se trataba de un trabajo sólo para hombres. Después de tantas desavenencias, me pareció que ahí por lo menos no me iban a rechazar por mi sexo. El puesto requería fuerza física y un entrenamiento de una semana, pagado por la empresa: sacador en un centro nocturno, ése que interviene cuando hay broncas y saca a los desmadrosos.

La entrevista salió bien y me citaron el lunes siguiente para la preparación.

Nunca me imaginé cómo iba a ser eso. Desde mi llegada la entrenadora me recibió a gritos, como cabo del ejército. Nos pusieron a correr, saltar obstáculos, levantar pesas. Fue escogiendo a los más obedientes y capaces.

La parte esencial del curso era cómo lograr controlar y eventualmente sacar del antro a una mujer, sin nunca tocar ni su cuello, ni sus piernas arriba de las rodillas, ni sus nalgas y mucho menos sus pechos. A los hombres obviamente podíamos hacerles lo que fuera.

Cuando le pregunté a la maestra qué hacíamos si recibíamos golpes, me contestó que nada, sobre todo no devolverlos, y si nos llegaban a pegar en los testículos, mucho mejor porque rara vez una mujer que lo hacía los demandaba. Si recibíamos cualquier queja de parte de una clienta quedábamos despedidos inmediatamente. O sea que… ¡cuidado con sus manos!

El examen final consistió en lograr inmovilizarla sin tocar ninguna parte prohibida ni darle golpe alguno. Lo logré milagrosamente y quedé contratado.

En mi primer día de trabajo me percaté de lo que yo ya esperaba: la gerente del club nocturno era mujer, al igual que las supervisoras. Las primeras noches pasaron sin problema, aunque no me gustó que a las 4 a.m. que cerraba el club, nos quedábamos los hombres a limpiar y ordenar todo, según eso porque era peligroso para las mujeres salir tan tarde a la calle (!).

El sábado en la noche, con el lugar lleno, me llama la gerente y me pide que saque a un grupo de tres jóvenes borrachas.

Al acercarme, empiezan a burlarse de mí y se niegan a salir. Agarré a la más alocada por la muñeca, suplicándole que me siguiera afuera. Entonces, como unas locas, las otras dos se me echan encima. Con una trepada en la espalda y yo jalando a la otra, logro llegar hasta la puerta. A lo lejos oigo a mi jefa que me ordena sacarlas ¡ya! Recibo entonces cachetadas, golpes y patadas, a las que no respondo. Aprovechando la confusión, una de ellas ¡me muerde el antebrazo!

Gritando de dolor, las aviento finalmente fuera del antro. Llega la gerente y al ver que me retuerzo de dolor, me da una palmadita en el hombro y me dice riéndose que debo tener cuidado con esa arma femenina.

No regresé a trabajar el día siguiente. Me pasé dos días poniéndome hielo en los lugares donde me golpearon o mordieron, y lamentando mi suerte.

Al tercer día supe lo que tenía que hacer. Fui a la tienda de ropa, me compré una falda, una blusita y unas sandalias. Regresé a mi casa y me las puse. Salí a la calle feliz. Por primera vez ya no temía ser acusado de acoso.  A la par sentí la delicia que era el pasearse con esa vestimenta que nos es prohibida, y pensé que así, quizás, podría conseguir una chamba decente y sin peligro.

Estaba feliz atravesando un parque, cuando oí unos chiflidos detrás de mí. Rápidamente me rodearon cuatro tipos y empezaron: ¡mira ese vestido de vieja!  Maricón. ¿Ya te crees vieja? Y me agarran por atrás. Traté de zafarme sin éxito; uno se coloca frente a mí y me patea en los testículos. Me caigo al piso gritando desaforadamente.

Sólo oigo: ya pa’ qué los quieres si ¡ya eres vieja!