Blanco y Negro

Seudónimo: Cherry Blossom

Lina se encontraba en su salón de clases haciendo un examen de Matemáticas, habían aprendido las tablas de multiplicar y se sentía muy segura de lo que sabía. Le encantaban las Matemáticas y los juegos de estrategia mental como el ajedrez. Muchas personas creían que ese tipo de juegos no eran para niñas, pero Lina les demostró que se equivocaban. Cada grupo de su escuela tenía una mascota, en el caso del grupo de Lina, tenían dos peones en forma de peluche que se llamaban Peonín y Peonina, y se los había regalado su maestro de ajedrez. A Lina le encantaban.

Lina fue la primera en terminar su examen, así que se quedó quieta esperando a que los demás terminaran. Algo muy curioso pasó segundos después: creyó ver que los Peonines se habían movido.

 

––¡Maestra, Peonín y Peonina se movieron! ––dijo Lina muy sorprendida.

––¡Cómo crees, Lina! ––dijo su maestra sin creerle, pero con ternura––. Debes de estar cansada. Ve al baño a mojarte la cara y regresas.

Cuando Lina regresó del baño las cosas se pusieron aún más extrañas, pues no había nadie en el salón. Algo brillaba enfrente de los peluches; era una luz radiante y llamativa. Lina se acercó con curiosidad, tocó la luz y un portal se abrió para succionarla. Segundos después, la maestra de Lina entró al salón también; todo le resultaba extraño, vio la pulsera de Lina, la tomó y nuevamente se abrió el portal. Ambas cayeron en un inmenso tablero de ajedrez.

––¡Maestra! ––gritó Lina cuando la vio.

––¿Qué hacemos aquí? ¡Todo es muy extraño! ––dijo muy espantada la maestra, incluso más que Lina––. ¿Qué se escucha?

A unos cuantos metros de donde estaban, se escuchaba un llanto incontrolable. Era un figura del tamaño de Lina con forma de alfil que no podía detener sus lágrimas. Lina se acercó sin miedo.

––¿Qué te pasa? ––preguntó Lina.

––Es que el Rey y la Reina han desaparecido y sin ellos no podemos jugar, esto no tiene sentido ––dijo llorando el alfil.

––Tal vez yo te pueda ayudar, pero necesito que me digas qué es todo esto.

––Este es el Mundo del Ajedrez. Aquí se creó todo. Hay ajedreces de todo tipo, inventamos varias formas de jugarlo y también, cuando alguna pieza está enferma, la ayudamos a recuperarse, pero sin el Rey y la Reina podríamos desaparecer.

Mientras Lina hablaba con el alfil, la maestra daba un pequeño recorrido por el inmenso tablero, cuando de repente, tropezó con algo: era la corona del Rey.

––¡Lina, Lina! ––gritó con todas sus fuerzas la maestra.

––¿Qué es eso? ––dijo el alfil.

––La encontré tirada ––dijo la maestra que traía cargando la corona.

––¡Es la corona del Rey! ––dijo sorprendido el alfil––. Eso quiere decir que se llevaron al Rey justo de aquí, en el tablero principal. Fue alguien que quiere hacernos sentir mucho miedo, pues este tablero es el que más seguridad tiene para que nadie haga trampa. Lo cuidan muchos peones con el poder de coronarse y convertirse en las piezas que se necesitan para atacar cuando sea necesario.

––¡Ahhhhhhh! ––gritó Lina al darse cuenta que unos enormes gigantes con vestidura de caballeros medievales se acercaban a ellos.

––¡Corran, escóndanse! ––gritó el alfil.

Lina y su maestra corrieron lo más rápido que pudieron y se escondieron. El alfil no tuvo tanta suerte y fue capturado por los gigantes caballeros, quienes también se llevaron la corona del Rey.

––Tenemos que ir por él ––dijo Lina.

––Tengo mucho miedo ––comentó la maestra––. Pero creo que tienes razón.

Con mucho cuidado, Lina y su maestra fueron siguiendo las enormes pisadas de los gigantes, hasta que llegaron a una cueva. En dicha cueva había muchísimas piezas encarceladas: caballos, alfiles y peones. Sólo faltaban las torres y por supuesto, los reyes.

––Pst, pst ––hizo el alfil en cuanto las vio––. Niña, señorita, ¡acérquense!

Lina y su maestra al ver que no había nadie, se acercaron a los barrotes.

––Las torres son quienes se han llevado a los reyes. Me lo han contado mis compañeros del calabozo. Por eso ustedes no ven ninguna pieza de este tipo por aquí.

––¿Y por qué hicieron eso? ––preguntó la maestra.

––Porque tenían celos de que el Rey y la Reina tuvieran un valor mayor que ellos ­­––dijo un caballo que estaba cerca de la entrada.

––¿Pero qué no saben que cada pieza tiene una función especial en el tablero? ––dijo Lina––. ¡Todas son importantes!

––Ya se los han dicho, pero están cegadas por la soberbia ––respondió el alfil.

Se escuchó un ruido, Lina y su maestra se escondieron en donde pudieron.  Una de las torres entró al calabozo y dijo:

–– ¡Ahora yo voy a ser la pieza más importante!

––Te reto a una partida de ajedrez ––dijo sin miedo el alfil––. Si yo gano, nos dejas salir, y si tu ganas, te hacemos el rey, ¿aceptas?

––Trato hecho.

Todo estaba listo en el gran tablero de ajedrez. Lina y su maestra estaban en el equipo del alfil apoyando como piezas. Era una partida muy extraña, pues de un lado había puras torres y del otro bando, no tenían torres, Rey ni Reina. Llevaban horas jugando, pero nadie ganaba. Por fin, con mucho valor, Lina dijo:

––¿Qué no se dan cuenta de que todas las piezas son importantes?

––Me siento arrepentido de lo que hice ––dijo una de las torres al darse cuenta de que nadie ganaría–– creo que todas somos importantes en diferentes formas y sin alguna de las piezas no podríamos jugar.

Las torres, arrepentidas, dejaron salir a todas las piezas encarceladas y, cuando aparecieron el Rey y la Reina, todo el Mundo del Ajedrez aplaudió con mucha felicidad. Mágicamente aparecieron Peonin y Peonina:

––Gracias por salvar nuestro mundo ––dijo Peonina.

––Es momento de regresarlas a casa ––dijo Peonin.

Se abrió un portal y Lina y su maestra se teletransportaron a su salón de clases otra vez. Estaban muy alegres. Desde ese día, Lina no dejó de jugar ajedrez, se hizo muy popular pues fue una Maestra a nivel mundial. Y su maestra no dejó de contar esta historia a todos sus alumnos y también de presumir a Lina, la niña que le enseñó a las piezas de ajedrez que todas tenían un gran valor.  Obviamente, nunca nadie le creyó esta historia a la maestra.

 

Fin.