El ruido

Seudónimo: Fini

Estaba por alcanzar los setenta, mi redonda panza ya no me dejaba ver la punta de mis pies y mi blanco cabello se confundía con la espuma de mar, simplemente era feliz. Aquella mañana salí a pescar como todos los días, era temprano y todavía no salía el sol en las calles de Sinaxca. Llegué al barco y junto con mis compañeros zarpamos. Era un día tranquilo, la pesca no había sido muy efectiva, era hora de volver. Uno de mis compañeros, Thanatos, decidió quedarse a ver el atardecer, lo acompañé, coincidimos en que era lo más bello al alcance de los ojos.

 

Miramos el hermoso desaparecer del sol tras las sábanas azules. Cuando íbamos de regreso, encontramos algo que sobresalía entre la delicada espuma blanca, me acerqué para mirarlo y comprobé que era una concha de mar, una muy grande; la tomé en mis manos con cuidado, la miré minuciosamente, tenía un delicado color crema por fuera y, por dentro, un tierno rosado con algo de naranja entre ella. Me recordó a los colores del atardecer cuando apenas empieza.

 

Con la concha entre mis arrugadas manos, sentí una extraña sensación, una que nunca había sentido, no sabía qué era, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Recordé, aferrandome a mi infancia, la historia que mi padre me contaba y la que mi abuelo le contó a él, pasando de generación en generación. Este relato hablaba de las fases de la existencia que tiene nuestra alma, antes y después de la vida.

 

La historia dice que al poner una de estas conchas sobre tu oído, logras comunicarte con las otras etapas de tu vida. Sin embargo, se contaba que todo aquel que lo hacía moría semanas después sin causa alguna; los doctores trataban de entenderlo, pero no encontraban explicación para estas muertes.

 

Por algún motivo no pude soltar el delicado objeto. Tratando de revivir el recuerdo de mi padre, lo coloqué sobre mi oreja derecha, cerré los ojos y presté atención al sonido, mas solo pude oír el oleaje tranquilo. Satisfecho volví a casa. La noche había caído, la actividad en las calles cesó, mi casa estaba vacía, oscura, y fría.  Como acostumbraba, dejé mi abrigo y me quité las botas; miré la foto de mi difunta esposa, tan joven y bella, el amor de mi vida…  Suspiré y me recosté en la cama, al instante, en mi lucha por conciliar el sueño noté que el murmullo de la concha seguía presente, supuse que ya pasaría.

 

IlusoA la mañana siguiente me desperté preocupado porque el murmullo seguía ahí, me preparé y salí de casa, como cada mañana. Repetí mi día como era habitual, sin embargo, el sonido de la caracola no cesó, al contrario, aumentó su volumen. Pasaron varios días y el ruido seguía aumentando e impidiendo escuchar mis propios pensamientos.

 

Era viernes y llegó la hora de descansar.  Los fines de semana no hacía más que pasarme por los tianguis de Sinaxca saludando a todos y haciendo las compras. En cambio, esta vez, no lo hice. Me quedé en mi casa, tratando de deshacerme de este extraño sonido que rondaba por mi cabeza.

 

El lunes llegó más rápido de lo que pude esperar. El ruido ya era insoportable, la molestia solo me dejaba permanecer en cama. Era de madrugada, no lograba conciliar el sueño, miré el reloj en mi mesa de noche: 4:16. Me puse de pie decidido a encontrar una solución, bajé las escaleras y caminé por la sala, el garage y la cocina, donde observé minuciosamente cada objeto de la casa, intentando encontrar una solución.

 

Mi mirada se cruzó con los cuchillos, una sonrisa perversa se posó en mi rostro, sabía lo que tenía que hacer si quería acabar con este tormento. Levanté el cuchillo más afilado, lo empuñé con firmeza y lo coloqué sobre mi garganta, tragué grueso, estaba determinado a hacerlo. Aunque por un instante tuve miedo, mis manos estaban firmes, mi mente decidida y mi corazón latía rápidamente. Solté una risita al notar la velocidad de mi corazón, probablemente sabía que era el fin.

 

El ruido permanecía, motivándome a seguir, quería hacerlo, necesitaba hacerlo…  Estaba por hacer el corte cuando el ruido cesó, me quedé inmóvil, no sabía por qué pero una gruesa lágrima se formó en mi ojo derecho. Alejé el cuchillo, el ruido comenzó de nuevo, con la misma intensidad que la última vez, haciéndome gruñir del disgusto.

 

Volví a acercar la afilada arma a mi garganta, el ruido cesó. Lo volví a hacer, mismo resultado. Una última vez lo intenté. El ruido ya no regresó. Una lágrima de alivio escurrió por mi mejilla. Pude descansar. Regresé a la cama, así me quedé dormido como hacía mucho no sucedía. A las ocho de la mañana me desperté para encontrarme con la desagradable sorpresa de que el ruido había regresado, esa chillante y ensordecedora miseria que llevaba aguantando ya un tiempo. Maldecí para mis adentros y supe lo que tenía que hacer.

 

Caminé por el cuarto deambulando hasta que mis ojos llenos de desesperación se encontraron con los de mi esposa dentro del marco, sonreí ligeramente, el brillo de mis ojos aumentaba, al igual que el ruido. Mi mirada se nubló de perversidad y locura, en un rápido movimiento tiré el cuadro hacia el piso, rompiendo el vidrio. Me incliné para levantarlo cuando un pedazo del filoso vidrio llamó mi atención, no estaba muy lejos…

 

Lo tomé, lo miré muy cerca y con cuidado, nuevamente sonreí, pero ahora con satisfacción. Levanté la manga de mi suéter, suspiré, lo coloqué sobre la parte anterior de mi muñeca y el ruido paró como lo predije. Hice el corte; mis ojos, llenos de miedo y mis piernas, inestables.

 

Exhalé y dije en voz alta: “La vida es solo una fase”.  Cerré los ojos, dejando la cruel y solitaria vida que llevaba, anhelando reencontrarme con mi amada.