Escape

Seudónimo: Rata Piscosa

Me encontraba dentro de lo que parecía ser un cajón de metal. Sentí que las paredes a mi alrededor se cerraban, y de pronto estaba afuera, todo era muy confuso y la oscura habitación me daba vueltas. Salí a toda velocidad pateando la puerta del cuarto, ahora me encontraba en un pasillo que parecía no tener fin. Divisé un elevador; sentí un miedo paralizante, el sudor me bajaba por la frente. Me eché a correr, algo me detuvo…

Desperté otra vez en el extraño cajón, después en la habitación. Ahora la puerta se abría sola, como si una fuerza sobrenatural la hubiera movido; el pasillo, el elevador, el miedo, algo me arrastraba, me impedía seguir… otra vez… y otra vez…

Finalmente abrí los ojos y la cálida luz del sol se colaba por la ventana de vidrio opaco. Pasaron unos segundos antes de que me diera cuenta de que estaba atado a una camilla.

En la vieja radio sonaba la canción Dear Mr. Fantasy de Traffic. Mientras la oía, pensaba en mi sueño. Había soñado con uno de esos cuartos en los que guardaban los cadáveres en cajones de metal, y el pasillo pertenecía a un viejo hospital. No tuve mucho tiempo para reflexionar, ya que unos hombres con largas batas blancas entraron en la habitación y me inyectaron en el brazo.

 

Todo se volvió muy confuso, recuerdo que había una chica de 16 años que parecía hablar sola y un chico de 18 que deambulaba por la habitación oscura.

Esa tarde nos enseñaron a coser botones sobre muñecos de trapo. Había memorizado ya nuestro horario, a las dos y media teníamos receso.

Reparé en que los hombres con batas llevaban las llaves en el bolsillo de la bata, alguien podría tomarlas y no se darían cuenta.

Sonó la campana.

 

Estaba de vuelta en mi habitación.

-¿En qué piensas? -Me preguntó Jackson, mi compañero de cuarto, quien tenía la mirada fija en la televisión. Sin embargo, no contesté.

 

Eran las 10:30 del siguiente día. En la radio sonaba otra vez Dear Mr. Fantasy y el sonido resonaba en las paredes del cuarto vacío. Me levanté de la cama lentamente y me puse los zapatos, agradeciendo que no era necesario amarrarme los cordones. Salí al pasillo por las escaleras, oí unos gritos que provenían del primer piso, miré hacia abajo. En el suelo estaba el cuerpo inerte de un adolescente, con los brazos y piernas apuntando en ángulos extraños, su cráneo partido en dos donde se alcanzaba a ver su cerebro.

“Un día como cualquier otro”, pensé.

Cuando llegué al primer piso ya se habían llevado el cadáver, pero la sangre color escarlata del adolescente permanecía en el suelo, intacta.

-Pobre niño… -dijo con tristeza un hombre que estaba parado a mi lado.

Seguí caminando.

 

Caminaba por un pasillo, mi instinto me dijo que corriera, así que lo hice, las luces parpadeaban, el corazón me latía a mil por hora.

Miré hacia atrás, alguien me perseguía. Sentí un escalofrío recorriendo mi columna. Aceleré el paso, mi atacante no se detuvo, el resplandor del cuchillo que llevaba en la mano me cegó. Cada vez avanzaba más rápido, yo no despegaba la vista de la extraña sombra con el cuchillo. En el segundo que volví la vista hacia el frente, el agresor se encontraba justo ahí, alzando el arma. Me detuve en seco.

Abrí los ojos, estaba cubierto por un sudor frío, solo escuchaba mis latidos frenéticos y mi respiración agitada.

“Sólo un sueño”, pensé, “solo un sueño…”

 

-Oye, ¿con qué soñabas anoche, eh? -preguntó Jackson al momento en el que abrí los ojos. Debí haber gritado porque cuando salí del dormitorio, las del cuarto de al lado tenían sus miradas fijas en mí, como si me tuvieran miedo. Fue bastante aterrador, soñar que te persiguen no es para nada reconfortante.

 

Llegué al comedor, como siempre la comida tenía mal aspecto. Las pocas personas que hablaban compartían sus pensamientos, pero solo con ellos mismos.

Me puse la comida en la boca de mala gana, tenía un sabor espantoso.

“Qué novedad”.

 

No recuerdo la última vez que estuve fuera del edificio. El viento ondeaba mi cabello, hacía que el pasto también se moviera ligeramente. Una niña que aparentaba la edad de cuatro años jugaba tranquilamente en el sube-y-baja, pero no había nadie del otro lado, era como si otro niño invisible estuviera en el juego de metal oxidado.

En un segundo el sube-y-baja desapareció y la niña estaba enfrente de mí, viéndome con sus ojos vacíos, directamente a los míos.

-¿Qué te pasa? -me preguntó.

-Estoy harto -le contesté.

-¿De tus sueños? -no tengo idea de cómo sabía lo de mis sueños, pero no me importó.

-De mis sueños, de este edificio, de esta gente -decía la pura verdad.- Solo quiero ir a casa.

La niña desapareció, estaba solo ahora…

 

Las cosas que dije eran ciertas, estaba harto.

Me recosté y comencé a llorar, no quería que nadie me viera, en especial Jackson, quien, por cierto, no sabía dónde estaba.

Lo único que quería era ir a casa, donde mi madre me esperaba.

Mi madre…

Estaba solo, completamente solo.

Sabía que jamás regresaría a mi hogar.

“Ya no quiero seguir…”

En eso, Jackson entró en la habitación.

-Debo hablar contigo…-dije.

 

Cada día que pasaba, la tortura aumentaba y yo cada vez me sentía más solo. En cuanto a Jackson… No sabía quién sería su nuevo compañero de cuarto, sabía que nunca más me volvería a ver.

 

Esa misma noche la niña del sube-y-baja me visitó en sueños.

-Sabes que es lo correcto- me dijo, y luego desapareció.

Abrí los ojos de golpe.

Sabía lo que tenía que hacer.

 

A la mañana siguiente, Jackson avisó a los doctores acerca de mi muerte, claro, no les importó. Simplemente quemaron mis registros, me borraron, como si nunca hubiera existido.

Desaparecí.

 

Lo cierto es que nunca hubiera logrado mi plan sin mi compañero de cuarto, sin él no hubiera podido fingir mi muerte y escapar de ese maldito hospital de locos.

¿A dónde iría?