La dragona y su lazo de amistad perdido

Seudónimo: Manchitas

Hace mucho, pero mucho tiempo, en un bosque lleno de hermosos lagos y paisajes, vivía una dragona llamada Latifa. Ella era de color verde brillante, con escamas redondas y de aspecto muy amigable. En aquella época, los dragones eran amigos de los humanos y por eso Latifa tenía uno muy querido llamado Miguel, el rey del poblado en donde ella vivía. Este reinado tenía 3 hermosos castillos por donde Latifa y Miguel paseaban hablando de muchas cosas interesantes y divertidas.

Lo que más caracterizaba al rey Miguel era su gentileza y un lunar en la mejilla derecha con forma de corazón. Aunque Miguel era muy joven, estaba muy enfermo. Tenía un hijo recién nacido y una esposa a la que amaba con todo su corazón. Después de algunas semanas, murió; ningún doctor o curandero pudo hacer algo por él.

A uno de los seres a los que más le dolió su muerte, fue a Latifa. Ella no quería que los demás la vieran llorar y, aunque estaba muy desconsolada por la muerte de su amigo, no soltó una sola lágrima. Se creía que los dragones eran fuertes, que nada los perturbaba y que eso tenía que demostrar. Su corazón, al no soltar el dolor, se llenó de rencor y quisó tener todo lo que había sido de su amigo para recordarlo. Latifa decidió tomar todas las tierras del reinado incluyendo los tres castillos; empezó asustando a la esposa y al bebé y después a todo el pueblo; soltaba grandes bocanadas de fuego haciendo que todos salieran corriendo. Latifa  se quedó sola con todas las cosas que alguna vez fueron del rey Miguel. Nadie quería acercarse a esos territorios.

Pasaron los años y el corazón de Latifa se volvió más y más duro pues no convivía con nadie. Un día decidió quemar uno de los castillos de lo desesperada que estaba, y se llevó una gran sorpresa: esos castillos estaban construidos debajo de un gran lago.

Tiempo después, un hombre de tamaño mediano y de aspecto reconocible para Latifa, llegó a sus tierras. Te estarás preguntando por qué tenía un aspecto reconocible, pues bien, aquel hombre tenía un lunar en su mejilla derecha. Aún así, Latifa no estaba segura de quién era.

–¡Pero cómo se atreve a entrar a mis tierras! –gritó Latifa– Yo las agarré primero, si vuelve me voy a enfadar mucho.

El señor al ver el disgusto de la dragona, prefirió irse. Latifa pensó que no  regresaría, pero después de unas semanas, regresó con muchas palas y carretas; algunas tenían grandes trozos de madera y otras, rocas.

–No entiendo, ¿va a construir cosas en mi territorio? Si eso llega a pasar voy a intentar sabotearlo –dijo en voz alta Latifa muy enojada.

Latifa tenía razón, pero en lugar de construir, estaba sacando tierra de los castillos, parecía que buscaba algo debajo de ellos.

­–¿Qué haces en mis tierras? ­–le preguntó un día Latifa a ese hombre que parecía conocer.

–Mi madre me dijo que en algún momento estas tierras fueron mías y de mi familia –respondió el hombre.

Cuidadosamente, Latifa se acercó a él y lo entendió todo: tenía un lunar en forma de corazón en su mejilla derecha. Sin duda alguna era el hijo de su amigo el rey Miguel, el pequeño Cosio.

–¿Cómo es que regresas si yo asusté a todos?

–No quiero tener las tierras, sólo quiero recuperar algo que mi papá enterró aquí.

–¿No te doy miedo? –preguntó furiosa Latifa.

–Un poco, pero mi mamá me dijo que usted siempre tuvo un aspecto agradable, y yo creo que eso nunca cambia en las personas o criaturas.

Algo en el corazón de Latifa se rompió, algo así como un cascarón que no lo dejaba latir tranquilamente.

–¿Qué vienes a buscar? –preguntó Latifa.

–No lo sé, mi mamá me dijo que escarbara en el fondo de los castillos para encontrar un tesoro familiar.

Latifa soltó una gran bocanada de fuego que en un dos por tres destruyó los otros dos castillos que también estaban construidos sobre el lago. Rápidamente, Cosio nadó sobre las aguas de aquellos lagos para buscar, pero con el tamaño de Latifa, ella pudo reconocer más fácilmentente una caja brillante justo en medio del lugar. La sacó y la abrió junto con Cosio. Pensaron que encontrarían monedas de oro, pero no, eran cartas y cuadros de la familia del rey Miguel. Al ver todo eso, Latifa sintió que su corazón terminó de descongerlarse. Recordó todos los bellos momentos que vivió con su gran amigo y reconoció que ese era un gran tesoro. Latifa comenzó a llorar.

–Yo estaba muy angustiada y no quería perder a mi amigo, por eso decidí que nadie más me quitaría mi felicidad. Ahuyentar a todos haría que no me volviera a encariñar con alguien otra vez y así me protegería de no volver a sufrir.

–Aunque nadie esté contigo, se quedan los recuerdos –le dijo Cosio acercándose muy lentamente–. Yo puedo ser tu amigo.

–¿En serio me perdonarías lo que hice?

–Mi papá te quería mucho. Yo también puedo hacerlo.

Latifa lloró más y más, pero ahora no de miedo, sino de felicidad.

Y así, junto con Cosio, el príncipe heredero, Latifa volvió a sonreír. Juntos construyeron un solo castillo muy grande y hermoso, cuidando a todas las especies de plantas y animales que vivían en esos territorios. El reino volvió a poblarse y fue próspero nuevamente.

Cosio y Latifa salvaron un lazo de amistad perdido.

 

Fin.