La historia de Mónica

Seudónimo: Lejana

Hola, soy Mónica y hoy les contaré mi historia. Nací en una de las peores épocas. Seguro se imaginan cuál. Sí, durante el Holocausto; hay demasiados testimonios de esos sucesos, todos son iguales; bueno, no; me explicaré mejor. Cada testimonio comienza cuando Hitler sube al poder y acaban encontrándose con familiares, ya sean padres o tíos, o descubriendo que todos habían muerto. En cambio, yo sufrí de antisemitismo desde antes de la guerra y nunca pude reunirme con algún familiar, porque no sabía quiénes eran… Soy huérfana, eso es lo que deben saber, luego la historia se contará sola.

Mi nombre viene de la raíz de Monaca que, en griego, significa soledad. Bueno, mi nombre sí influyó en mi vida. Nací el 28 de junio de 1924, exactamente 5 años después de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial. Me crié en un orfanato en calle Rotenbleicher Weg #8; viví con 50 chicos y chicas más. Todos dormíamos en dos cuartos divididos en varones y mujeres; se volvieron mi familia. Éramos disfuncionales; no éramos perfectos, pero nos queríamos como hermanos, éramos lo único que teníamos. Había momentos en los que nos sentíamos solos y abandonados, pero ahí estábamos para lo que fuera. Nunca me pregunté quién era, por qué estaba ahí o qué me hacía diferente de los demás. De los 50 niños, 15 éramos judíos, aunque el orfanato era cristiano; todo se guiaba según sus costumbres: nos daban clases obligatorias de religión, aunque a los judíos nos traían un rabino para que nos enseñará algo sobre el judaísmo, aparte de las clases de religión cristiana, claro…

Yo nunca me topé con alguien antisemita hasta que a los 7 años me enviaron a una casa. Era una familia adinerada, pero no buscaban un hijo, sino una criada que hiciera de niñera y que realizara las compras. Al principio, me entusiasmó mucho estar en una familia; era capaz de cualquier cosa con tal de quedarme ahí. Comenzaron siendo muy amables conmigo, pero después me amenazaban con pegarme o dejarme a dormir fuera si no hacía a la perfección lo pedido. Se volvió normal oír cosas sobre “los sucios judíos” y que “machacamos una nación pura”.

Los vecinos se comenzaron a dar cuenta de esto y, al cabo de 8 meses, me devolvieron al orfanato. Esto sucedió en el año 1931. Después de esto estuve en varias casas donde me trataron de la misma manera o peor.  Así estuve hasta 1940; en ese momento todo estalló…

Al parecer, soy de Bélgica y ahí se es mayor de edad a los 16, así que, como técnicamente ya era mayor de edad, el orfanato ya no se hizo cargo de mí. Ya no podía seguir en Alemania por mucho tiempo; mi nacionalidad belga me protegía de algunas cosas, pero ser judía las reducía. Esto no duró mucho, porque el 28 de mayo 1940, mi país era invadido y conquistado por los alemanes.

Me la pasé un año sin rumbo: trabajaba como niñera o criada; ayudaba en el mercado, repartía leche y muchas otras cosas para poder sobrevivir. Comencé a ahorrar lo suficiente para conseguir documentos falsos y poder salir del país.

Antes de la guerra un carpintero del orfanato, también judío, se marchó a los Estados Unidos. Me ofreció conseguirme visado y un lugar en donde vivir; le dije que lo pensaría y que lo buscaría si lo necesitaba. Al principio, no sabía cómo contactarlo, pero pronto recordé que me había dicho que su hermano tenía su dirección: si la necesitaba solo habría que pedírsela.

Era difícil que las cartas salieran del país sin ser revisadas antes, así que la envié escrita en latín, un idioma que poca gente conocía. Lo aprendí en el orfanato; dijeron que era importante saberlo y ahora sé por qué. La respuesta tardó un par de meses en llegar, pero apareció. Por motivos de seguridad, puse la dirección del orfanato, así nadie sabría quién la había enviado. El carpintero decía poder ayudarme pero necesitaba dinero para conseguirlo; se lo envié y esperé su respuesta. Mientras más tiempo esperaba, más miedo me daba: la gente que me había contratado ya no podía pagarme; mis ingresos se agotaban. ¿Cómo conseguiría dinero para comer? No lo sé. El carpintero me ayudaba, pero eran pocas las cartas que llegaban, mientras menos me quedaba, más cerca de la frontera estaba.

Pero tenía muchas esperanzas; no duraron mucho. Una noche, mientras dormía bajo un puente, unos soldados me descubrieron. Desde ese momento, supe que ya no tenía esperanzas y que no llegaría muy lejos si escapaba. Los soldados me llevaron a un campo de trabajo. Pasé 3 días en un vagón hasta llegar al campo, no duré mucho ahí. Después acabé en un campo de concentración. Me estremeció saber que ya no saldría de ahí, pero logré sobrevivir hasta que llegaron unos soldados rusos.

Decidí regresar a Bélgica a buscar a alguien o algo ahí, pero descubrí que mi verdadera familia se había mudado a Estados Unidos antes de la guerra. Descubrí que, de bebé, me había secuestrado y por eso había acabado en el orfanato. Mi familia me había buscado inútilmente por años. Nunca creí que la vida me llevara hasta aquí. Hoy estamos en un mundo que se desintegra y debemos hacer lo mejor para cuidarlo.