Lonewolf

Seudónimo: El fantasma negro

“El legado de mi abuelo, Simo Häyhä lo describe como uno de los francotiradores más letales del mundo, con aproximadamente 542 muertes confirmadas en la guerra de la Unión Soviética contra Finlandia entre 1939 y 1940. Yo quiero alcanzar su grandeza.”

Era lo que repetía en su mente Leo Häyhä, el nieto de Simo Häyhä. Él quería seguir los pasos de su abuelo y, por esta razón, se había unido a un club de tiradores en Regent ‘s Street llamado “One Shot One Kill”. Leo tenía 21 años, estaba cursando su servicio militar en el ejército británico y en tan solo tres años logró ascender al rango de sargento. Él era, al igual que su abuelo, de baja estatura, tez blanca y cabello marrón, al igual que sus ojos eran marrones también.

Leo tenía una gran habilidad, tanto con las armas de largo alcance, como para pasar desapercibido en el campo abierto; debido a que había crecido cazando, era un experto en rifles de cerrojo, como el Mosin-Nagant y otros más modernos del mismo estilo. Leo vivía a unas pocas cuadras del club, por lo que siempre caminaba hacia allí. Ese día ya había terminado de practicar en el club; mientras se dirigía hacia su casa, pasó por la tienda de televisiones, como siempre, pero esta vez estaban pasando noticias. Sintió curiosidad y se acercó a ver qué pasaba en el mundo. Lo que vio le hizo tomar una decisión que cambiaría su vida. Era un ataque terrorista en un supermercado en Canadá; murieron 30 civiles y 15 soldados; otros 20 resultaron gravemente heridos.  Sorprendido y furioso a la vez, se dijo a sí mismo:

-Esto debe parar, todas las vidas perdidas por nada.

Dicho eso se dirigió a su hogar. Nada más llegar, abrió su portátil y envió una solicitud para unirse a la SAS, la rama militar de operaciones especiales del ejército británico. Al día siguiente recibió la carta:

“Nos alegra comunicarle que su solicitud para formar parte de esta fuerza británica de operaciones especiales ha sido aceptada. Deberá presentarse el día de mañana a las 12:00 pm para que se le aplique un examen físico y psicológico. En caso de ser aceptado firmará un contrato por 4 años con nosotros y se le someterá a entrenamiento básico. Buena suerte”

Así que al día siguiente se presentó a las pruebas y aprobó con gran éxito. Se le ordenó ir a la base Alpha para iniciar su entrenamiento.

Seis meses después ya era un miembro de la SAS y lo enviaron a su primera misión en Winnipeg, Canadá, en pleno diciembre. La misión iniciaría aproximadamente a las 12:00 de la noche, era una misión furtiva. Llevarían armas con silenciador y lentes de visión nocturna para ser lo más discretos posible. 6 hombres asaltarían una casa segura de los terroristas. Leo se quedaría con los refuerzos, a unos 150 metros de la casa; en caso de necesitar apoyo, él, junto con otros cinco hombres, apoyarían al grupo de asalto. Una vez que los equipos estaban en posición, se escuchó por la radio:

-Manada en posición, buena cacería.

-Yo debería estar con ellos- le mencionó Leo a uno de sus acompañantes más experimentados. Su nombre era John, pero todos lo apodaban “Blackhawk”. Era un hombre alto y fornido, con barba oscura y ojos marrones. Ciertamente se veía un hombre curtido por la guerra.

-Créeme cuando te digo que los refuerzos son la parte más importante de una operación como esta- respondió su compañero-. Somos nosotros los que les damos la confianza a esos hombres allá afuera de que, si hay problemas, la ayuda llegará.

-Creo… que tienes razón – dijo Leo.

Pero su conversación fue interrumpida por una explosión y, cuando se dieron la vuelta, todo lo que vieron fue un destello naranja acompañado de humo negro que provenía de las instalaciones. Unos segundos después, se escuchó en la radio de nuevo:

-¡Auxilio! ¡Auxilio! ¿Alguien me recibe?

-Te recibimos- contestó Leo- ¿Qué ha pasado?

-Era una emboscada, una trampa.

-¿Cuál es tu posición?

– Estoy al sur del edificio, soy el único aquí, no sé si alguien más ha sobrevivido, Veo fuerzas enemigas dirigiéndose hacia ustedes…  ¡Cuida..!

Antes de que terminara la frase, se oyó un disparo, el zumbido de una bala y cómo el cuerpo del soldado caía al suelo.

-Enemigo a la vista, ¡todos a cubierto!- gritó John.

Leo tomó un fusil M40 con silenciador, también llevaba su arma secundaria, una Glock 19 con también con silenciador y mira láser incorporados.

Al llegar a un lugar con cobertura, empezaron a devolver el fuego al enemigo, pero los superaban 10 a uno, así que empezaron a retroceder. Eventualmente, empezaron a caer los compañeros de Leo, uno a uno, hasta que solo quedaron John y él. Un disparo alcanzó el abdomen de John. Leo trató de ayudarlo mientras pedía refuerzos y una extracción por la radio, pero cuando llegó hasta él, ya tosía sangre:

-Sálvate… hazlos.. pagar…

Leo observó cómo se le escapaba la vida a John. Con su rifle en mano, empezó a correr hacia una colina cubierta de nieve que estaba a unos 150. En su huida perdió de vista a sus perseguidores en el bosque; subió a la cima y desde ahí divisó un almacén abandonado. Allí encontró una especie de malla de tela; pensó que sería muy útil para protegerse. Se hizo un traje de camuflaje improvisado, con un poco de nieve y unas cuantas ramas. Se lo puso y se tumbó en el suelo. Desde esa colina distinguía perfectamente a los terroristas que ahora lo estaban buscando. Antes de empezar a disparar, se puso un poco de nieve en la boca para que el vapor de su aliento no delatara su posición; alineó el tiro, aguantó la respiración y disparó. El impacto dio justamente en la cabeza de un terrorista que estaba parado sobre una especie de arbusto que ocultaba su cuerpo. Sus compañeros solo escucharon el zumbido de la bala. Leo acabó con ocho más, mientras registraban un arbusto. Uno de ellos gritó:

-¡Francotirador!

-¿Dónde está? – preguntó otro desesperado.

-¡No lo sé, pero los disparos no pueden venir de la nada! ¡Todos a cubierto!

Pronto todos empezaron a disparar a diversos lugares al azar, pero ningún disparo pasó siquiera cerca de Leo, así que continuó con su estrategia. Eliminó a 25. Los demás huyeron.

Leo se levantó y alcanzó a escuchar el sonido de un helicóptero. Era un equipo de la SAS que venía a apoyarlos. Al aterrizar en la posición de Leo, un general que iba en el helicóptero se le acercó y le dijo:

-Has sido muy valiente- dijo-. Tengo entendido que has perdido a buenos hombres hoy.

– Sí, señor.

El general se percató de los casquillos de balas tirados en el suelo y le preguntó:

-¿Ese es el número de bajas?

-Sí, señor – respondió.

-¿Y dices que no fallaste una sola bala y que cada casquillo es una baja?

-Sí, señor.

El general desenfundó abruptamente una pistola 9mm, le apuntó en la cabeza y antes de que Leo pudiera decir algo, disparó, matándolo en el instante. Los demás trataron de neutralizar al general, francotiradores enemigos reaparecieron y los liquidaron a todos.