Los gatos de don Federico

Seudónimo: Juancito Mister Perez

Fuente de Flores #15 era la casa que llevaba tiempo en venta. Una casa linda, con excelente distribución por dentro, situada en el centro de Tecamachalco, cerca de todo, a muy buen precio; pero nadie entendía por qué no se vendía.

 

La familia Cocolevich vivió ahí con sus cinco hijos durante 30 años. Todos se fueron casando y les quedó muy grande el espacio a los padres. Llevaban mucho tiempo tratando de vender la casa y por alguna extraña razón no se vendía. Hasta que un día llegó una familia española y por fin compraron la casa.

 

¡¡Y OH SORPRESA!! La casa divina, preciosa, pero estaba habitada por una familia de cuatro gatos. Todos con sus collares que los identificaban: Shpilkes, Rugalaj, Babka y Kuguel. Don Federico y su familia no entendían esos nombres tan raros.  No podía negarse que los gatos eran bellos y estaban bien cuidados. Fueron adoptados por los Cocolevich y muy queridos por ellos. Pero el día que se mudaron de la casa, los gatos no quisieron irse. No entendían por qué tendrían que mudarse ellos también. En una ocasión intentaron llevárselos y se regresaron a su dirección anterior inmediatamente. Así que a diario les llevaban comida a esa casa.

 

Don Federico no fue advertido de ese detalle. ¡Y qué detalle!

Pelo de gato por todos lados, un arenero en el patio trasero para limpiar, platito de agua para rellenar y croquetas de gato que comprar.

 

Los hijos de Don Federico estaban fascinados con la nueva adquisición, no tardaron en aprenderse esos nombres raros que tenían. Era Soledad, la esposa de Federico, la que gritaba cada que preparaba la mesa para comer y salían disparados a robarse cualquier cosa que se ponía sobre la mesa. Ya sea fabada, paella, bocadillos, tortilla española; pero sus favoritos eran los boquerones y las sardinas. Les parecía muy atractiva la comida española.

 

La gota que derramó el vaso de la paciencia de Doña Soledad, fue cuando vio a Shpilkes trepado sobre la sartén del picadillo. ¡No es posible esto!, gritaba enojada.

Está bien que no hubiera ratones ni cucarachas rondando por la casa, pero cuatro gatos mal educados, era un reverendo caos.

 

Don Federico estuvo evaluando la situación y trataba de buscar una solución. Sus hijos le rogaban que no se deshiciera de los gatitos, pero su esposa no podía soportar más.

Un día decidió construirles en el patio trasero un área de juegos trepadores con estambres y cajas para que los gatos estuvieran entretenidos. Pensó que si no les faltaba comida y tenían un lugar para jugar, dejarían de entrar por la comida.

Poco a poco se fueron civilizando. Y Don Federico comenzó a quererlos, pero Soledad nunca pudo simpatizar con ellos. Siempre se escuchaban sus gritos:

-Quítate de acá.

-Hazte para allá.

-¡No puedes pasar!

 

Kuguel, Rugalaj, Shpilkes y Babka siempre esperaban su desayuno y su cena a las 7am y 7pm, puntuales. El día que salía Don Federico más tarde, buscaban cómo meterse a la cocina de Doña Soledad.

 

Un día, mientras jugaban en la terraza especial para ellos, de tanto brinco y brinco rompieron la funda de los muebles de jardín y se siguieron con el tapiz de los sillones. Doña Soledad salió a ver sus muebles y estaban deshechos. No sólo eran trepadores de mesas y de estufa, sino que también destrozaban muebles.

 

Don Federico llamó al Sr. Cocolevich para preguntar qué hacía con esos gatos y él le contestó: “Esos gatos están acostumbrados a vivir dentro de la casa.  Si ustedes los dejan pasar y no les restringen la entrada, todo estará normal”.

 

Así que no quedó más que aprender a convivir con los gatos. Su rebeldía era porque Don Federico insistía en mantenerlos fuera de casa.

La próxima vez que se mudaran, preguntarían antes si no vive ahí ¡una pandilla de gatos!