Luces de la fortuna

Seudónimo: Fortuna

Las luces del carnaval me cegaban, rebotaban de la Rueda de La Fortuna al patio con los

puestos de comida. Escuchaba a los niños gritando, aterrados sobre la montaña rusa o

felices tratando de ganar peluches. No podía pensar, el mundo a mi alrededor me tensaba

la cabeza con un dolor agudo y terrible, quería escapar y buscar refugio, pero todo lo que

veía me aterraba. Cada cara me rechazaba, sus ojos grandes mirándome profundamente y

juzgando cada aspecto mío.

Sentí una tela áspera, una tienda de campaña extraña. Una ráfaga de viento caliente tocó

mi piel y sin pensarlo entré. El interior era color guinda, cada esquina estaba decorada de

objetos como relojes antiguos, polvos de colores y botellas llenas de líquidos

fosforescentes. Una gota de sudor empezó a correr por mi frente. Tiré mi abrigo gris de lana

al piso de arena y seguí caminando. Por fin llegué a un cuarto que estaba completamente

oscuro excepto por una esfera de cristal sobre una mesa de madera. Los ruidos

abrumadores del exterior estaban completamente silenciados: “¿Qué quieres alma

perdida?” una voz hueca habló. “¿Quién habla?” pregunté. Esperé un segundo y alguien

dijo“¿Qué es lo que más deseas?” ,“¿Qué quieres?, ¿Qué está pasando?” , contesté. “Dilo,

abre tu boca y pide tu deseo. Deja que esas palabras se queden escritas en la eternidad y

deja que la fortuna decida”. “No te creo”, le dije confundido. “Trata” contestó, me esperé

antes de decir : “Quiero ser todo lo que no soy”, dije. Cerré mis ojos, esperando

precipitarme a una nueva realidad o ser deslumbrado por una luz potente. Pasó una

eternidad en silencio absoluto, ninguna moción brusca me sorprendió, sólo quedaron mis

pies en el piso estable. Mis párpados se separaron y revelaron al cuarto en el que estaba

hace un segundo, pero un poco más iluminado: “¡Hola!” Grité “¿A dónde te fuiste?”

Lo único que me contestó fue el silencio. “¡Qué dice tu fortuna!” una voz dijo, pero esta no

era la que había escuchado antes. Sonaba casi idéntica, pero tenía un tono mecánico. Dejé

un suspiro profundo escapar de mi boca, mi mente estaba jugando conmigo otra vez.

Busqué mi abrigo en el piso mientras caminaba hacia la salida, pero no lo pude encontrar.

El sol estaba brillando fuerte y besaba mi piel con un calor muy agradable. Fue en ese

momento que noté que mis brazos estaban descubiertos y traía puesto una camisa de seda

fina. El mundo estaba completamente mal, la noche se había convertido en día, el frío en

calor, mi ropa fachosa, en elegante. Me pellizque, empecé a leer todos los letreros,

“Algodón de azúcar”, “Tiro al blanco” y “Ponle la cola al burro”, todas las cosas que me

encantaban de niño. Entonces, no era un sueño, no había tomado nada ni comido, pero eso

no quitaba la opción de que me habían drogado.

“¡Amor, ahí estás!”

No sé por qué volteé al escuchar esas palabras, nunca nadie me había hablado así. La

rubia con ojos verdes me miró fijamente, sus labios brillantes con lipstick rosa cerrándose

lentamente al ubicarme. Era un poco más chaparra que yo, con una postura perfecta que la

hacía verse más alta que todos los demás. Era sin duda la chica de mis sueños: “Te estaba

buscando como loca, vamos”.

Ella tomó mi mano y me arrastró al estacionamiento. Metí una mano en el bolsillo donde

siempre ponía mis llaves, pero en vez de encontrar las llaves metálicas atadas unas a otras

para abrir el coche sentí un bloque plano de plástico. Al sacarlo sólo me podía quedar

mirando el logo plateado como bobo. Presioné uno de los botones de la llave desconocida y

por un momento no pasó nada. En la distancia, vi un coche de la misma marca al de la llave

saliendo de un lugar de estacionamiento, acercándose a nosotros, volteé a ver al conductor

del vehículo pero no había nadie. El coche obedientemente se paró en frente de nosotros.

El auto era un convertible clásico rojo con rines dorados. El interior era de piel en perfecta

condición. Me subí al lado del conductor aunque no tenía ninguna prueba de que este

vehículo funcionara así. Logré mover el coche parcialmente con su ayuda, y empecé a

manejar por las calles de la ciudad. Una canción empezó a sonar desde las bocinas que

cubrían todo el coche, mi canción favorita. La chica a mi lado empezó a cantar también.

La chica señaló a una salida de la autopista desconocida, pero con todo lo bizarro de este

sueño decidí mejor no cuestionarlo. El paisaje cambió rápidamente a mansiones gigantes

que sólo crecían pasando por cada calle. Las casas, todas eran bellas, pero no podía parar

de ver una en específico. Esta casa tenía una fachada blanca y metálica, con ventanas

gigantes que enseñaban el interior de una forma que hasta podías ver lo que estaban

viendo en la televisión. Seguí manejando hasta llegar a esta casa, hasta que me estacioné

enfrente del portón: “No entiendo por qué te estacionas afuera de la casa”, la rubia me

regañó. El portón se abrió y nos dejó pasar a mi casa. Ésta era mi casa, mía y de la rubia

misteriosa. Al entrar a la casa nos dio la bienvenida el olor más impresionante del mundo,

uno que no podía descifrar, y también un par de sirvientes que nos acomodaron: “Señor, ya

está lista la cena para ti y la señora Kati”, dijo uno de los sirvientes. Me llevaron al comedor

principal, que era un cuarto del tamaño de tres departamentos normales con una mesa de

madera de caoba y platos de porcelana. La rubia, llamada Kati, ahora tenía puesto un

vestido pegado de terciopelo con una cadena de oro colgando de su cintura. Se sentó junto

a mí y acarició mi mano. Empezaron a traer los platillos, empezando con una sopa de

hongos. Al principio no sabía qué decir, pero pensé que podía experimentar con esta

realidad: “Habló mi madre esta semana?” Le pregunté al mayordomo que se quedaba

parado detrás de mí en cada momento. Se quedó callado, entonces repetí la pregunta: “Ay

amor, no lo asustes”. La rubia dijo con un tono irónico, “Como si tu madre te marcara”.

“¿De qué hablas?” pregunté. “No te hagas” me dijo, “Tú no te hablas con tu mamá desde

que te dijo que no aprobaba cómo estabas ganando dinero”. No era cierto, mi madre me

hablaba todos los días para preguntarme sobre mi día. Esta mujer me estaba engañando

dentro de mi propia casa: “Bueno, ¿y qué tal de Jona? ¿me marcó hoy?”. Otra vez me

encontré con la misma reacción: “Como si hablaras con ese charlatán después de todo lo

que pasó”. No podía pensar en algo malo que hubiera pasado con Jona“¿Qué pasó?”

pregunté. “No te quería pagar, ¿te acuerdas?” me recordó. “Fue todo el drama que él dijo

que lo traicionaste, y toda la cosa. Simplemente porque querías quedarte con lo tuyo”. Me

quedé pensando “¿Y nati?”, “¿Estás bien, amor?” me preguntó, su tono relajado

desapareció por completo, “¿Quien es Nati?” , “Mi hija”, me dije a mí mismo “¿Y Juan?

¿Ángel? ¿Carla?”. Me vio con unos ojos de preocupación terrible, pero no podía entender

mi angustia. ¿Cómo podría ser que en este mundo tan perfecto nadie se había quedado en

mi vida? Una gota de sudor bajó por mis cachetes recién lavados. Sin pensarlo mi cuerpo

se levantó de la mesa. Empecé a correr, mis pies llevándome por sí solos. Pasé por la fila

de coches sin pensar en tomar uno y sólo me puse a correr. Dejé que mis pies me guiaran

por kilómetros hasta volver a llegar al carnaval.

Las luces del carnaval me cegaban, rebotaban de la Rueda de La Fortuna al patio con los

puestos de comida. Escuchaba a los niños gritando, aterrados sobre la montaña rusa o

felices tratando de ganar peluches. No podía pensar, el mundo a mi alrededor me tensaba

la cabeza con un dolor agudo y terrible, quería escapar y buscar refugio, pero todo lo que

veía me aterraba. Mi ropa fina estaba destrozada, cada parte de mi cuerpo estaba cubierto

de sudor. Un ruido agudo empezó a rebotar en mi cabeza. Solo podía tirarme al piso y dejar

que escapara un grito terrible de mi boca. Busqué la cabaña maldita que me había traído

aquí, pero se perdía en el mar de casas de campañas idénticas: “¡Sácame de aquí!” grité a

la nada. “Pero este era tu deseo, ser todo lo que no eres”, la voz hueca reapareció. Mi

cuerpo no se movía “¡No quería esto!” contesté. “¿No?” se burló. “Sin tu espíritu cobarde

tomaste la primera oportunidad para hacerte rico, nunca pensaste en los demás y lograste

todo lo que querías”. “¡Regrésame mi vida!” , “Esa no soy yo” dijo la voz, “Es tu fortuna”.

Dejé que las lágrimas regaran el piso. Lo único que podía hacer era rogar, esperar que el

mundo me diera una segunda oportunidad. Eventualmente subí mi cabeza, la voz me había

abandonado por última vez. Me paré y caminé con el corazón vacío a la salida. Pero vi algo

cerca de la puerta, una bola de tela en el piso. Acerqué mi mano y la tomé, el abrigo gris de

lana otra vez en mis manos. Pasé mis manos por las mangas, dejé que su calor familiar me

protegiera y las lágrimas se secaron. Tomé mi primer paso al exterior con una sonrisa en la

cara y acepté el frío como un viejo amigo.