Memoria y Humano

Seudónimo: Ende

Despertó solo. El aire frío pasaba sobre su flácido cuerpo, haciéndolo temblar. A su alrededor sólo podía observar árboles sin hojas en la profunda oscuridad de la noche. Su respiración se volvió rápida mientras se dió cuenta que se encontraba completamente solo, sin nadie que lo ayude, que lo apoye. Ya se lo han dicho antes: necesita compañía para sobrevivir en el mundo actual. Pero no había nadie.

 

Se quedó inmóvil donde estaba, analizando sus alrededores. La helada escarcha que cubría sus párpados le impidió percibir el lugar a donde se ubicaba con exactitud, pero él sabía. Su olfato y sus oídos eran más confiables, más precisos. Después de estudiar el entorno por un tiempo, advirtió pasos que se acercaban. Un paso, dos pasos, tres pasos, los cuales se hacían más resonantes a medida de que el extraño sujeto gana cercanía. Entonces lo olió. Era él. Lo había venido a salvar, a acoger y a cuidar por siempre. Con las pocas fuerzas que tenía, se levantó y se acercó, lentamente, hacia quien lo rescataría. Su vida estaría protegida, su redención asegurada…

 

Pero fue exactamente lo contrario. Al acercarse, por fin con verdadera felicidad en el corazón, sintió un agudo dolor en el estómago. Su alegría decayó y decayó hasta que se desplomó al suelo y, abrumado de decepción, cerró los ojos.

Sus sueños lo invadieron como flechas clavadas en las profundidades de su corazón. Recordó, desde los límites más obscuros de su alma, cómo llegó a donde se encontraba.

 

Era una tarde tranquila y cálida, mientras descansaba con Humano y los demás bajo la hermosa y acogedora luz del atardecer, cuando entraron. No lograba comprender lo que decían, pero notó que mostraban imágenes de Humano mientras hería a algunos de sus hermanos. Simplemente no lo podía creer. Debía de ser mentira. Él era inocente. Nunca lo había insultado, nunca le había hecho daño, nunca lo había maltratado. Pero, al ser continuamente ignorado a pesar de sus quejidos, se dio cuenta de que no podía hacer nada, sus esfuerzos eran inútiles. El miedo hacia la inseguridad se apoderó de él, haciendo que se esconda. Sus hermanos lo siguieron, también desconcertados sobre lo que pasaría en el futuro.

 

Poco después, Humano los hizo entrar en su espaciosa camioneta y arrancó. Lo que parecía un paseo terminó siendo un trauma.

Cada 5 cuadras bajaba a alguien e inmediatamente se alejaba. Los demás pudieron ver las caras inundadas en lágrimas de sus hermanos, sabiendo que probablemente nunca los volverían a ver.

 

Mientras se adaptaba a la nítida luz del cuarto a donde se encontraba, logró distinguir a muchas personas caminando alrededor.

Incluyendo a Humano.

 

“No es posible”, pensó para sí mismo. Lo habían descubierto. Ahora lo único que podía hacer era deshacerse de todos y cada uno de ellos, sea como sea.

 

La mezcla de múltiples voces siempre le había generado disturbios en los oídos. Al no poder comprender lo que pasaba, se incorporó lentamente e intentó acercarse a Humano, con una necesidad de aclarar sus dudas. Inmediatamente después de que se levantó, una horda de personas con trajes blancos lo sujetaron. Gritó. Gritó desde sus interiores; el dolor recorría su cuerpo. Gritó a Humano, a quien ahora odiaba. Gritó con el deseo de volver a su pasado, pues el sufrimiento ya empezaba a ser parte de él. Fue amarrado con cuerdas metálicas e irregulares que le hicieron sangrar cuando intentó liberarse. Los hombres con trajes blancos se hicieron de él, y logró ver una aguja de metal atravesando su cuerpo.

 

Los amaba como si fueran sus hijos. No podía abandonarlos de la nada. No podía dejarlos vagando en su soledad como vagabundos sin hogar. Pero de eso dependía su libertad. 

 

Cuando despertó, un par de linternas alumbraban sus ojos. El terror lo inundó otra vez. El dolor que percibía en su cuerpo era intenso, pero permaneció paralizado. Nunca volvió a ver la luz del sol. Nunca volvió a sentir felicidad.

 

Humano se volvió, sorprendido. “Memoria, mi memoria”, clamó entre lágrimas mientras lo tomaba cálidamente entre sus brazos.

En ese momento, la ira se apoderó de él.

Con rabia en los ojos, inyectó un sedante al que había sido su compañero por muchos años. Pero esta vez, sintió verdadero placer al hacerlo.

 

Durante los siguientes días, fue tratado como una rata. Lo encerraron durante días en lugares pequeños a donde apenas podía moverse. No lo alimentaron hasta que sus fuerzas no le permitían caminar, y luego lo alimentaron hasta que su enorme figura pesó como el plomo. Le causaron sufrimientos que jamás había sentido, y que, por alguna razón desconocida, su cuerpo resistió.

Dos meses después, hombres irrumpieron en el establecimiento y se llevaron a Humano y a sus acompañantes.

 

El juicio. Odiaba el juicio. No era posible que lo traten de esa manera cuando tenía tanto cariño por ellos, cuando su corazón velaba por su bienestar. 

Le dijeron que era completamente culpable, que estaría encerrado de por vida. 

 

Él los amaba tanto…

 

Pero no podía evitar satisfacer sus placeres.

 

Cuando recuperó la razón, se encontraba en un camión espacioso, con todos sus hermanos. En ese momento supo que no era sólo él. Humano los dañó a todos.

Desgraciado.

Los llevaron a un edificio pintado de blanco, a donde los tumbaron en camas acolchonadas y empezaron a checar todo su cuerpo. Fueron conectados a dispositivos extraños que no podía reconocer. Él entendió que estaba en libertad, que estaba recibiendo ayuda. Pero no resistiría. Su esencia lo abandonaba poco a poco. En pocos minutos, estaba rodeado de los hombres que lo liberaron, y pudo ver en ellos expresiones tristes y preocupadas. Su satisfacción era plena, pero no podía evitarlo.

 

“Memoria! No te vayas, memoria…”

 

Entonces, mientras veía a Humano sujetado con cadenas igual que como él lo sujetó, movió su cola y sus patas. Dió un último ladrido…

Y cerró los ojos. Para no volver a abrirlos;

jamás.